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Juicio de la Manada La película de la Manada, entre Torrecampo y Pozoblanco

  • La Policía detalla con una minuciosidad que ni ‘The Wire’ la investigación sobre supuestos abusos

Jesús Escudero bromea con José Ángel Prenda. Jesús Escudero bromea con José Ángel Prenda.

Jesús Escudero bromea con José Ángel Prenda. / Rafa Alcaide / Efe

“Estamos paseando en círculo”. Lo ha soltado este miércoles el titular del Juzgado de lo Penal número 1, el magistrado Luis Santos, para detener el encontronazo interminable entre la Policía Foral de Navarra y el abogado defensor de la Manada, Agustín Martínez Becerra, que en la tercera sesión de la vista oral quemó las naves para tratar de convencer de que los dos vídeos que son la prueba fundamental de los supuestos abusos sexuales a una chica de Pozoblanco se obtuvieron de forma irregular, sin autorización judicial.

Comparecieron media docena de agentes de Navarra que parecieron uno. Rasgos similares, casi igual voz, entonación, estatura, corte de pelo, vestuario oscuro acorde a una mañana nublada y fría. Hubo un momento en que la agente judicial, con cientos de vistas orales a sus espaldas que la han inmunizado para mirar sin ver fotos y vídeos de expedientes que retratan décadas de delitos en Córdoba, tuvo que comprobar el guion para distinguir que el que acababa de entrar no era el mismo que el acababa de salir. El juez también tuvo sus dudas.

El primero en sentarse para declarar en calidad de testigo-perito, una figura que es un cajón de sastre para permitir todo tipo de preguntas, fue el instructor o, en palabras llanas, el jefe del grupo policial que investigó el caso. El café no había empezado a hacer su efecto cuando el agente, con una meticulosidad que ni The Wire, metió la sala en un coche.

Madrugada del 1 de mayo de 2016, a punto de amanecer. Un vehículo que circula por la carretera entre Torrecampo y Pozoblanco con cinco personas en su interior, cuatro hombres jóvenes y en el asiento de atrás, entre dos de ellos, una chica que parece sin vida. El conductor es Antonio Manuel Guerrero, entonces un guardia civil destinado en Los Pedroches, una persona supuestamente honorable. El copiloto, José Ángel Prenda, su amigo, saca el móvil para grabar la escena de aquella noche que inaugura un puente de fiesta.

Guerrero se gira entonces hacia atrás, suelta una mano del volante y le toca el pecho a la chica por encima de la ropa. El Prenda lo sigue: “Le mete la mano por el escote y le toca el pecho”, cuenta el agente, que en septiembre de 2016 supervisó la recuperación del vídeo –insiste que con permiso del juez– que abrió la causa. El siguiente es Jesús Escudero: “La besa y le pasa la lengua por la cara, le hace un tocamiento en el pecho por encima del mono”. El cuarto implicado, Alfonso Jesús Cabezuelo, expulsado ahora del Ejército, se suma con una actitud similar. “En los vídeos observo risas”, advierte entonces el policía antes de poner el punto y final a su relato con un detalle que hiere: la joven parece “inerte”. “No sabemos si está dormida, inconsciente, no reacciona, no hace ningún tipo de gesticulación, ningún movimiento corporal”. En su declaración no hay ni “presuntos” ni “supuestos”. Solo los hechos.

El vozarrón del juez, que no es un grito pero que suena igual de poderoso, recuerda que esto no es una película. “Ruego a los acusados que no gesticulen. Les hace mucha gracia lo que se está diciendo”, reprende a la Manada. En la foto que acompaña a esta líneas se ve a Jesús Escudero, que podría sumar siete años de prisión por estos hechos a la condena de 15 por la violación grupal de los Sanfermines, de risas con el Prenda. Al exmilitar y al exguardia civil se les notificó ayer mismo una nueva pena de dos años por grabar aquella agresión sexual, pero el Prenda y el peluquero se libraron. Tal vez lo celebraban.

La tercera sesión del juicio termina donde todo empieza en este caso, en el coche de la Manada. Es, como dice el juez, un paseo en círculo: aquella noche del 1 de mayo de 2016, un vehículo que circula por la carretera entre Torrecampo y Pozoblanco con cinco personas en su interior, el sol a punto de aparecer por el horizonte. A puerta cerrada, sin público para preservar la identidad de la chica, se proyectan las dos grabaciones. La funcionaria que lleva mascando chicle desde la mañana del lunes para contener los nervios y el aburrimiento enciende el reproductor y apaga las luces, con los cuatro procesados en primera fila, tal vez lo más cercano a una sala de cine que van a disfrutar en mucho tiempo. Empieza la película, una fracción de su propia vida a disposición de la Justicia. No ha trascendido si se escucharon risas en la primera fila, pero pudo haberlas.

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