Juicio de la Manada La Manada de Pozoblanco, un caso de desmemoria en grupo

  • Por la sala desfila una quincena de testigos titubeantes y enmudecidos que apenas arrojan luz sobre lo ocurrido el 2 de mayo de 2016, cuando supuestamente se produjeron los abusos sexuales

Protesta de la Plataforma Cordobesa contra la Violencia sobre la Mujer. Protesta de la Plataforma Cordobesa contra la Violencia sobre la Mujer.

Protesta de la Plataforma Cordobesa contra la Violencia sobre la Mujer. / Lolo Agredano

El tiempo deposita una capa de polvo sobre la memoria, que algunos recuerdos logran traspasar y otros no. En el caso del juicio contra los cuatro miembros de la Manada acusados de supuestos abusos sexuales en Pozoblanco, la capa es tan gruesa que los datos importantes, de peso, no han logrado permear el presente, pero sí se han filtrado los irrelevantes, los insustanciales y accesorios. Hubo este martes en la sala de vistas un ejercicio de desmemoria selectiva global, con un desfile de testigos enmudecidos, titubeantes, otros rotundamente mentirosos y falsos, frases que apenas lograban salir de las bocas y detalles contradictorios que el juez tendrá que cribar y poner en orden.

La secuencia de los hechos arranca en la madrugada del 1 de mayo de 2016 en una discocaseta de la feria de Torrecampo, apenas un millar de habitantes, adonde la denunciante y su grupo de amigos llegó ya de noche tras pasar por las Cruces de Añora. “Pude haber bebido media botella entre uno y otro sitio”, calculó uno de los amigos de la chica, quien también habría participado en aquel botellón. Es el contexto en el que la joven conoció a los integrantes de la Manada y que los testigos deben recordar ahora, tres años más tarde, dando manotazos entre los efectos del alcohol o la complicidad.

Un testigo no supo explicar varias frases que se escribieron en el chat El peligro, al que José Ángel Prenda envió el vídeo que probaría los supuestos abusos. “Vino de follarse a la bella durmiente”. O “Perdimos la oportunidad de hacer algo histórico, tío”. “Si está escrito, está escrito”, es lo único que respondió, a la defensiva y entre dientes, al fiscal Jesús Aparicio. “Pero yo no lo recuerdo, hace tanto tiempo...”. El primo de Ángel Boza –quinto miembro de la Manada y preso en Granada por la violación de los Sanfermines– también participaba en el grupo de Whatsapp. Como los demás, fue incapaz de recordar si escribió la palabra “bukake” tras ver –o no– las imágenes. Los procesados, sentados a escasamente un metro de su colega, celebraron sus palabras con risas.

Buena parte del interrogatorio a la quincena de testigos intentó arrojar luz sobre el estado en que la denunciante se encontraba en la fiesta. Porque el vídeo grabado por el Prenda con su móvil aquella noche, donde a la chica se la ve inconsciente, es la principal prueba de cargo del caso.

Así que las partes se han afanado en clarificar por qué la denunciante parece un cadáver en el asiento de atrás del coche. Las acusaciones, por una parte, han querido demostrar que la víctima se valía por sí misma, que pese al alcohol se mantenía en pie y hablaba sin balbucear, con sus facultades plenas antes de montarse en el vehículo, donde por tanto tuvo que ocurrir algo para que ella quedara inerte; la defensa, en cambio, ha hecho hincapié en aquellos testigos que la retratan como a una joven embriagada, que en un momento dado no pudo tenerse en pie y cayó al suelo, lo que explicaría el moratón en la pierna que la Fiscalía asocia a una lesión causada supuestamente por el exmilitar de la Manada como respuesta a que ella se negara a hacerle una felación. La responsabilidad al final recae sobre la chica.

La sesión del martes apenas ha demostrado que el lenguaje y las palabras definen a las personas. En el arranque de la vista oral el lunes, el magistrado Luis Santos, quien deberá recomponer el rompecabezas al que algunos testigos han hurtado piezas fundamentales, habló de “presunta víctima”. Desde la severidad del estrado y con una voz grave que le brota del estómago, lo de “PRESUNTA” sonó a mayúsculas. Y este martes el fiscal Jesús Aparicio se refirió a José Ángel Prenda como el “señor Prenda”, el Prenda a secas para su público, quien lleva la barriga tatuada con su propio apellido en letras capitulares y debe tener las entrañas carcomidas por los 15 años de prisión que cumplirá por la violación grupal de los Sanfermines. El mismo fiscal le espetó al testigo más olvidadizo, cara desencajada y pálida, incapaz de pronunciar palabra alguna sobre la noche de autos, que lo tratara de usted. “¿Solo sabe tutear?”, le reprendió seco y agrio ante lo que consideró una humillante falta de respeto. El testigo, por supuesto, no aportó nada.

Fuera, a primera hora, la Plataforma Cordobesa contra la Violencia sobre la Mujer reunía a un centenar de personas para respaldar a la denunciante, cuya identidad ha logrado pasar inadvertida. Se sumaron algunos cargos públicos del PSOE, como la senadora María Ángeles Luna, la diputada Rafaela Crespín o la vicepresidenta primera de la Diputación, Dolores Amo. La intención del colectivo convocante era circundar la Ciudad de la Justicia, pero el número de asistentes apenas dio para hacer un paseíllo a las puertas y rodear al abogado de la defensa, Agustín Martínez Becerra, entre carteles y cánticos mientras atendía a los medios de comunicación; nadie habló de escrache.

Hubo quien, en apoyo a la chica, gritó de manera un tanto desafortunada: “Somos tu manada”. También: “No es abuso, es violación”. Y, sobre todo: “Yo sí te creo”. Varias de las asistentes sacaron un póster con los rostros de los procesados y lo despedazaron delante de las cámaras. Quedó por un lado el rostro mofletudo del Prenda tirado a las puertas del juzgado y por otro las caras arrugadas sobre el papel de sus tres compinches de correrías, que fueron pisoteados y pateados ante la mirada impávida de los agentes de Policía.

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