David Pino. Cantaor “Mis maestros son todos los cantaores e incluso mis propios alumnos”

  • El artista cordobés acaba de ponerse al frente de la Cátedra de Flamencología de la UCO, un cargo que asume desde su larga experiencia profesional sobre el escenario y como docente

David Pino, en el auditorio del Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco. David Pino, en el auditorio del Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco.

David Pino, en el auditorio del Conservatorio Superior de Música Rafael Orozco. / Juan Ayala

El cantaor cordobés David Pino (Puente Genil, 1972) ha sido nombrado recientemente director de la Cátedra de Flamencología de la Universidad de Córdoba (UCO), un trabajo que afronta con una “entrega absoluta” y como un reto en su trayectoria, en la que conjuga su faceta como artista y profesor. Pino es licenciado en Estudios Superiores de Música y máster en Investigación y Análisis del Flamenco por la UCO y desde 2017 ocupa una plaza en la Cátedra de Cante Flamenco del Conservatorio Superior Rafael Orozco, centro donde desempeña labores docentes desde 2002. En el ámbito artístico destacan su Premio por Soleá en el Festival Internacional del Cante de las Minas de La Unión de 2003 y el Premio del Concurso Nacional de Arte Flamenco de Córdoba de 2007, entre otros galardones. En 2018 cumplió 30 años como profesional en el flamenco, una fecha que celebró con la publicación de su primer disco, Mi largo caminar.

–¿Cómo se plantea esta etapa al frente de la Cátedra de Flamencología de la UCO?

–Mi nombramiento aparece de manera absolutamente imprevista y, por tanto, a priori no podía tener ningún proyecto para este curso. De ahí que nos hemos tenido que poner a trabajar a contrarreloj. Mi prioridad era dar salida al primer trimestre, aunque el segundo ya lo tengo también casi completo. Las líneas a seguir se fundamentan en continuar la senda de quienes me han antecedido, sobre todo la que trazó Agustín Gómez y continuando con Luis de Córdoba. Es decir, dar cobertura a la parte más teórica y de debate, y dar un espacio también al flamenco en directo. Dentro del módulo de formación permanente daremos cobertura a artistas invitados.

–¿Le ha ayudado su experiencia como docente a averiguar en tan poco tiempo el programa?

–Desde el consejo asesor en ningún momento se me han marcado unas normas, he tenido libertad absoluta. Sí es cierto que se me ha sugerido que quien se hace responsable de la Cátedra tiene que tener un papel activo en la docencia. Es decir, no se trata solo de programar y coordinar actividades, sino que hay que dar clase. Cuando me reuní con ellos lo primero que pregunté es por qué habían recurrido a mí y me dijeron que el consejo asesor entiende que el perfil de dirección de la Cátedra debe ser el de un artista y, como Luis de Córdoba y luego Arcángel, cantaor. Todas las especialidades del flamenco emanan del cante y probablemente es el motivo por el que ellos entienden que la persona que tiene que estar ahí debe ser cantaor. Y mi trabajo es cantar y dar clase para enseñar flamenco, aunque el perfil del alumnado cambia del Conservatorio a la Cátedra, por lo tanto la enseñanza es diferente. Estoy muy feliz porque mi nombre estaba sobre la mesa por parte de muchos miembros del consejo asesor, por lo que me siento muy respaldado. En la docencia nuestro calendario es de octubre a junio y la verdad es que me descuadró todo porque esto me lo planteo con una entrega absoluta.

"Fui testigo de cómo se gestó la Cátedra porque tenía mucha relación con Agustín Gómez”

–¿Había tenido vinculación con la Cátedra?

–Claro, estuve en la inauguración y he sido testigo incluso de cómo se gestó porque yo tenía mucha relación con Agustín Gómez. Mi padre era muy amigo de él y nosotros siempre estábamos juntos. Recuerdo estar en conversaciones con Agustín en las que por parte de amigos relacionados con la Universidad se hablaba de la posibilidad de crear una Cátedra de Flamencología, así que la conozco incluso antes de que surgiera.

–¿La Cátedra debería mejorar en algún aspecto?

–He estado muchos años como alumno y también he participado como docente en la etapa de Agustín Gómez, pero por mi trabajo en el Conservatorio he estado más desconectado en los últimos tiempos. Aun así, no creo que a la Cátedra le falte nada, creo que está muy bien y si lleva 20 años funcionando será porque se ha llevado bien. Eso no quiere decir que se puedan hacer más cosas. Yo tengo ideas a corto y largo plazo y empezarán a tomar forma de acuerdo a como vea que puedan tener operatividad.

–Tiene como antecesores a Agustín Gómez, Luis de Córdoba y Arcángel. La responsabilidad debe ser muy grande...

–Es muy grande. La etapa de Agustín la viví de forma muy activa como alumno y como docente cuando yo era un simple estudiante. Confió en mí y contaba mucho conmigo, algo a lo que siempre estaré agradecido. Además, ya lo he dicho en alguna ocasión, a Agustín Gómez le debo algo y es que él, desde mi posición como cantaor y desde las características que viera en mí, siempre me dijo que en el cante se pueden hacer muchas más cosas además de cantar. Es algo de lo que siempre me acuerdo. Efectivamente, en mi trayectoria profesional he hecho más cosas aparte de estar en una silla y ser cantaor. Agustín era un maestro, tenía una gran capacidad de trabajo, elocuencia e inteligencia. Me daría vértigo establecer cualquier tipo de comparación porque salgo perdiendo. Luis igual, es un cantaor que no llegó a la Cátedra de manera casual. Aparte de ser un maestro del cante y ser una de las figuras que han mandado en esto, es una persona muy preparada y con muchas inquietudes. Creo que era la persona más indicada que pudiese haber en Córdoba para desempeñar esa función por su nivel de conocimiento. Lo único que puedo hacer yo es poner todo mi esfuerzo para estar a la altura y desempeñar el cargo desde el punto de singularidad que pueda tener.

David Pino, en una clase del Conservatorio Rafael Orozco. David Pino, en una clase del Conservatorio Rafael Orozco.

David Pino, en una clase del Conservatorio Rafael Orozco. / Juan Ayala

–Como le decía Agustín Gómez, hay algo más allá de cantar y estar sentado en una silla. Hay cada vez más flamencos ilustrados. Parece que algo está cambiando en este arte...

–Sí, claro. De hecho, en el mundo de la Universidad pertenezco a la primera promoción del Máster Universitario en Investigación y Análisis del Flamenco. Hay cátedra en las universidades dedicadas a él y también está en el conservatorio. Eso da lugar a que haya una mayor preocupación por la investigación y obviamente también hay mayores medios para ello gracias a las hemerotecas y a que los investigadores tienen una formación más transversal desde el punto de vista histórico, sociológico, antropológico y propiamente artístico. Es normal que haya una mayor preocupación y ocupación por parte del mundo académico hacia el flamenco.

–¿Esto incide de alguna forma en el arte en sí?

–Redunda en que pueda haber artistas que se puedan interesar en profundizar en el conocimiento teórico del flamenco. Obviamente, desde la práctica, quien estudie en el conservatorio seguramente tendrá unos conocimientos que a lo mejor no tendría fuera del ámbito académico, pero esos conocimientos no son imprescindibles. Cuando me preguntan si se puede ser artista sin pasar por un conservatorio respondo que sí, no es necesario para ser un buen intérprete. Sería bastante presuntuoso por nuestra parte decir lo contrario. Ahora, finalmente, creo que el mundo de la escena actúa en paralelo con el mundo académico.

–¿Cuáles son sus referentes artísticos?

–Son muchos porque he tenido la suerte de que mi padre tenía una conexión amplísima con el flamenco y con artistas de todas las estéticas. He escuchado desde pequeño de todo, aunque obviamente hay con quienes sintonizas más. Cierto es que hay maestros que de manera objetiva son quienes han colocado sobre la mesa su magisterio y a partir de ahí se han desarrollado las tendencias artísticas de cada momento. Y yo he sido un enamorado del cante de muchos de esos artistas. Para mí Antonio Mairena, Manolo Caracol, Fosforito, Enrique Morente y La Niña de los Peines, por citar solo a algunos, son gente que en su momento sirvió para darme luz y seguir escuchando a todo el mundo. Mis maestros son todos los cantaores y todas las cantaoras e incluso puedo decir que a veces mis maestros son mis propios alumnos cuando veo detalles en ellos en los que yo no había caído o había pasado de puntillas. Hay veces que doy clase y me llevo una enseñanza para casa; o sea, que mis propios alumnos son mis maestros.

"Fosforito siempre ha estado en mi casa; no de forma presencial, pero sí su mensaje artístico”

–Con Fosforito además tiene una relación especial.

–Sí. Fosforito es pontanés como yo y, aunque se fue de Puente Genil, nunca ha dejado de estar, como me pasa a mí. Mi padre era aficionado al flamenco y pontanés, por lo que estaba cantado que tenía que ser fosforero a muerte, y así fue. Aparte, tenía una amistad con él, por lo que para mí Fosforito es como si fuese mi padre porque siempre ha estado en casa. No digo de manera presencial, pero sí su mensaje artístico. Le hemos seguido siempre y con el tiempo nos hemos hecho amigos. Nunca pierdo de vista la grandeza que Antonio tiene como cantaor y como artista, pero a veces para mí pasa a un segundo plano porque puede más lo personal.

–¿Cree que Fosforito está lo suficientemente valorado?

–Sí, lo que pasa es que Antonio lleva bastantes años retirado y la vida sigue y aparecen otras propuestas. También es verdad que por modas o determinados lobbies se pondera más la obra de ciertos artistas. Esto no quiere decir que la de otros se discrimine, pero no se pondera de la misma manera. O a lo mejor sí es una forma de discriminar... Probablemente, la obra de Fosforito no se está postulando de la misma manera que la de otros artistas y sin embargo a él lo tenemos ahí como testigo. Hace años escribí una obra de teatro sobre él, Nazareno y olivares, precisamente para poner en valor su obra. Todo esto no quiere decir que Antonio no haya sido reconocido. De hecho, creo que ha sido uno de los artistas más laureados en el flamenco. Y él está muy feliz con eso porque se siente reconocido por los aficionados. Es un artista que tiene una propuesta muy personal y eso hace que haya a quien no le guste, sin embargo, es curioso que es respetado por todos y reconocido como un maestro. Por algo será.

–Llegó al flamenco por su padre, pero ¿cómo descubrió que cantaba bien?

–Nunca he descubierto que canto bien, de hecho estoy en ello (ríe). Mi padre era aficionado y pertenecía a una peña, El Rincón del Cante, que aún continúa aunque creo que no quedan socios de aquella época. Estaba en la carretera de Palma del Río número 10, en la casa de Paco Ruiz, que era el presidente. Era la peña más activa de aquel momento, a primeros de los 80. Era otra época y allí vi actuar, para 100 personas, a Camarón de la Isla, Enrique Morente, El Lebrijano, Juan Varea, Rafael Romero Gallina, Chato de La Isla... Y a esa peña pertenecían cantaores de Córdoba a quienes admiré y sigo admirando como El Pele o Chaparro, que estaban allí todos los fines de semana cantando. Tenía entonces nueve años y para mí aquello fue un revolcón, un descubrimiento. Los artistas a quienes escuchaba hacían el repertorio de determinados maestros, como Antonio Mairena, y entonces me empapaba de ese legado a través de un transmisor, como en ese caso era Chaparro. Cuando uno avanza en sus inquietudes va a las fuentes de las que bebe ese transmisor y de esa forma tan natural surgió mi afición. Para mí al principio era una especie de juego porque yo jugaba con mis amigos a ser cantaor y a ser peñista. Iba a cada acontecimiento que había en Córdoba porque me enteraba por el programa de radio de Agustín Gómez, que todos los días daba una agenda flamenca. Recuerdo perfectamente que cuando murió Antonio Mairena se hizo una misa flamenca, y allí que fui yo. Como bien decía Agustín, el flamenco es vida, y yo me enamoré no solo de lo que escuchaba, sino de todo lo que rodeaba al flamenco: de la manera de ser de los flamencos, del arte, del lenguaje propio que tenemos... Aquello me impactó y aquí estamos.

El cantaor David Pino. El cantaor David Pino.

El cantaor David Pino. / Juan Ayala

–¿Han cambiado con los años esas relaciones tan estrechas y ese ambiente flamenco? ¿Se daba antes de forma más natural?

–No creo que haya cambiado. Hemos cambiado nosotros, las costumbres, la forma de vida... Ahora una juerga la montamos en un rato por un grupo de WhatsApp, lo que hace que las reuniones sean más previsibles. Antes se hacía de otra manera; se ponía una fecha y por allí aparecía quien aparecía. Por eso muchas veces estábamos reunidos y llegaba Beni de Cádiz, otro día venía Enrique Morente... Sin embargo, la vida flamenca se sigue haciendo y en Córdoba tenemos una programación bastante activa tanto a nivel institucional como por iniciativa privada. Hay otros artistas y otros gustos, pero el interés por el flamenco sigue estando ahí.

–¿El flamenco sigue siendo juerguista?

–Siempre fue así. Los artistas –excepto los que estaban de gira por teatros, que no se podían permitir estar de juerga porque actuaban al día siguiente– se buscaban la vida en las fiestas privadas y en los tablaos; eso era un modo de vida. Pero esto sigue ocurriendo hoy en día. No sé si ha resurgido o en realidad nunca se extinguió. Yo creo que siempre ha existido y seguirá existiendo porque la música, para el público que la degusta, tiene ese perfil de divertimento. Por ejemplo, en mi caso, como mejor me lo paso es degustando el flamenco y cantando, por eso para mí las mejores juergas son las de flamenco, no irme a una discoteca.

–Ahora se está celebrando el Concurso Nacional. ¿Cómo lo ve de salud?

–Tenemos suficiente recorrido para saber que la funcionalidad del Concurso corresponde a la realidad de cada momento. El Concurso de Córdoba ha sido un referente durante muchos años porque la sociedad flamenca necesitaba un espacio o un foco de salida de nuevos valores. Entonces el concurso de La Unión todavía no tenía fuerza y todo el mundo estaba pendiente de lo que pasaba en Córdoba. Con el tiempo se va perdiendo solidez, hay otras propuestas de promoción y eso hace que el Concurso de Córdoba no sea tan necesario para la promoción de un artista. Ante eso, la organización tiene que hacer, como hace, seguir procurando que haya un buen jurado, que haya mecanismos de difusión y que sea atractivo para los concursantes. A partir de ahí, quienes concursan son quienes concursan.

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