Lola y Delfina Tapia, primeras mujeres Policías Locales "Volveríamos a ser policías, a pesar de todos los palos en las ruedas"

  • En 1970 se incorporaron a un cuerpo que todavía sigue masculinizado y aunque sus recuerdos están llenos de "zancadillas", son conscientes de que abrieron camino a muchas otras

Lola y Delfina Tapia, frente a un coche de la Policía Local de Córdoba. Lola y Delfina Tapia, frente a un coche de la Policía Local de Córdoba.

Lola y Delfina Tapia, frente a un coche de la Policía Local de Córdoba. / Juan Ayala

Era 27 de abril de 1970 cuando dos hermanas, Dolores (Lola) y Delfina Tapia, junto a otras ocho mujeres, empezaron a escribir una parte de la historia de este país. Ese día, Córdoba estrenaba sección femenina en su cuerpo de Policía Local y estas mujeres fueron los primeras en empezar a derribar barreras en un sector masculinizado a más no poder (algo que no ha cambiado del todo).

En la primavera del 70, Delfina y Lola entraron en la plaza de las Tendillas entre algunos aplausos y hace unos días se pasearon por allí para hacerse las fotos de esta entrevista. En ese segundo paseo se toparon con un coche de la Policía Local que sirvió de fondo perfecto para las instantáneas. "Nos hemos sentido como el primer día que entramos en las Tendillas", cuenta Lola por teléfono, un par de horas después de que la entrevista cara a cara ya hubiese terminado. "Tenía que decirlo, esto me ha quitado diez años de vida [en el buen sentido]".

Lola Tapia posa para 'el Día' con una gorra de un compañero de la Policía Local. Lola Tapia posa para 'el Día' con una gorra de un compañero de la Policía Local.

Lola Tapia posa para 'el Día' con una gorra de un compañero de la Policía Local. / Juan Ayala

Hace pocos días, el Ayuntamiento de Córdoba entregaba una de las medallas de la ciudad a la mujer policía local por el 50 aniversario de su incorporación. Delfina y Lola valoran este premio, aunque siguen teniendo clavada "la espinita" de que el reconocimiento personal todavía no les ha llegado. Delfina, unos años más joven que su hermana, deja claro que es "muy reivindicativa" y añade: "Con 72 años que tengo yo digo ya lo que pienso porque ya no tengo que ver con nadie". Y lo que piensa es un hecho constatable, no una opinión: "A nosotras, personalmente, que quedamos cuatro [la primera promoción era de diez mujeres], ni la Jefatura ni el Ayuntamiento nunca nos han dado ni la medalla de los 25 años de servicio".

"Abrimos camino no solo a la Policía Local de Córdoba, sino a la de toda España, a la Nacional, después vinieron la Guardia Civi y los militares. Hay miles de mujeres que están ya en los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad del Estado", ésta sí, dice la menor de las Tapia, es una forma de que se reconozca su labor.

Delfina y Lola, junto a sus compañeras, rompieron un grueso muro en el 70 construido a base de dictadura, machismo y muchísimos prejuicios. Sin embargo, ese muro está lejos de ser derribado por completo. "Después de los 50 años que se han cumplido, se ha avanzado muy poco", se lamenta Delfina, que añade que "todavía tenemos que intentar hacernos ver para que sepan que estamos, que existimos, que queremos romper el techo de cristal, está costando mucho trabajo y muchos palos en las ruedas". Lola define esos palos en las ruedas como "zancadillas", todas las que les pusieron "para que no avanzáramos" y que estaban ahí "desde el principio".

Y es que el hito lo marcaron ellas cuando dieron el paso para formar parte de la Policía, no quienes dejaron que lo dieran. La razón la explica muy bien Delfina: "Nosotras vinimos aquí como ellos querían, de mujer florero". Las primeras labores en las que se encomendaron las primeras policías locales de España fueron de control de tráfico. Lola reconoce que eso de "mujer florero" no le gusta mucho, pero no le queda otra que reconocer que, básicamente, ese era su papel en los primeros pasos que dieron dentro del cuerpo. "Si había toros nos llevaba el mando a la plaza de toros, si había fútbol, nos llevaban al fútbol. El mando entraba dentro y nosotras nos quedábamos fuera controlando el tráfico, para que nos vieran", recuerda.

Delfina Tapia, durante la entrevista con 'el Día'. Delfina Tapia, durante la entrevista con 'el Día'.

Delfina Tapia, durante la entrevista con 'el Día'. / Juan Ayala

Cinco años después de empezar ambas pidieron una excedencia tras quedarse embarazadas. Pero incluso aquí tuvieron problemas. "Hasta los cinco meses de embarazo yo estuve en la calle regulando el tráfico, eso hoy es impensable", rememora Delfina, que puntualiza que "ahora llegas diciendo que estás de dos semanas y al momento estás en una oficina". A ella no la mandaron a una oficina porque, manifiesta, "ni la Jefatura ni el Ayuntamiento sabían dónde ponerme" y después de estar regulando el tráfico en la Espartería hasta el quinto mes de su embarazo, le dijeron que se diera de baja porque ni sabían dónde podría trabajar y, además, "el uniforme no me quedaba bien".

Las dificultades de ascenso dentro del cuerpo tampoco eran pocas, tanto es así que ni Delfina ni Lola lucharon por subir escalafones porque estaban seguras de que no las iban a dejar. Lola explica que esas zancadillas estaban por todas partes, también "a la hora de los exámenes, de querer ser cabo, yo ni me presenté". Delfina le toma la palabra: "Yo no me presenté nunca para mando porque sabía que no iba a salir nunca. Por mucha preparación que tuviera". Para entrar en la Policía Local en aquellos momentos hacían falta los estudios primarios, ellas los tenían, "podíamos haber subido escalafones con los mismos estudios que llevaban los hombres, pero no nos dieron la oportunidad", insiste la menor de las hermanas.

"Podíamos haber subido escalafones con los mismos estudios que llevaban los hombres, pero no nos dieron la oportunidad"

Tras estar de excedencia 13 años, Delfina y Lola piden reincorporarse, algo a lo que tenían derecho. Nada de lo que ocurrió entonces puede sorprender a nadie: "Solicitamos el reingreso y nos lo rechazaron", y no está de mal recordar que ya había democracia. La razón que les dieron es que no había plazas vacantes porque la cantidad de plazas era inferior a la de la gente que había aprobado, "pero nosotras teníamos preferencia", recuerda Lola. Hasta año y medio tuvieron que esperar para su reincorporación tras haberla solicitado por primera vez y los juzgados tuvieron que intervenir para darles la razón.

El Ayuntamiento se enteró antes de la sentencia que ellas mismas y recibieron una llamada pidiéndoles que retiraran la denuncia y las incorporaban de inmediato. "Le dijimos que no y ellos sabían que tenían que pagar", comenta Delfina, que critica que no les reconocieron la antigüedad, aunque finalmente la consiguieron cuando ya iniciaron la jubilación.

Vuelta al trabajo

Tras una nueva lucha, volvieron al trabajo. Escuchaban los mismos comentarios que años antes, los mismos que hoy siguen sonando. "A coser calcetines, a cocinar", relata Lola, que sentencia con resignación: "Lo que se dice siempre". Aún así, la mayor de las Tapia le saca el lado positivo a todo y apunta que "ahora recuerdas nada más que lo bueno", tanto como cuando trabajaba. "Nunca pensé en dejarlo porque llegabas a la casa y veías tu ambiente y lo otro se te olvidaba", apostilla Lola, que, al igual que Delfina, tiene claro que "volvería a ser de nuevo policía", a pesar de todo lo que han tenido que pasar.

Delfina y Lola Tapia. Delfina y Lola Tapia.

Delfina y Lola Tapia. / Juan Ayala

Hay varias lecturas positivas en toda esta historia y la familia es responsable de gran parte de ellas. Lola y Delfina comentan que tanto su padre como su madre tenían "una mente adelantada a aquella época". Además, tenían algo adelantado, porque su padre era guardia civil. "Mi padre ingresó en la Guardia Civil cuando yo tenía cuatro años, en mi casa solo se ha visto el uniforme, limpiar los tricornios, limpiar los botones dorados y vivir en el cuartel", recuerda Lola y Delfina añade que ella misma nació en un acuartelamiento. Cuando le contaron que iban a presentarse para las plazas de policía, fue su padre quien vino a Córdoba a recoger los impresos, Lola tenía 25 años y Delfina, 21, y su padre "tan contento", rememoran entre sonrisas.

Y aunque ellas heredaron esto de su padre, no lo han hecho así sus hijos. Lola reconoce que le hubiese gustado que hubiera sido así, aunque tampoco es algo necesario. Una de las hijas de Delfina sí intentó entrar en la Policía Local y luego en la Guardia Civil, aunque lo segundo se lo impidió una lesión durante las pruebas físicas. Lo primero, de nuevo nada sorprendente: otra piedra en el camino. Delfina cuenta que su hija se estaba preparando para policía en Córdoba cuando uno de los mandos (que además era su profesor en la academia) le dijo: "Tu hija que no se presente porque tu hija no va a aprobar". "Le llegó a negar el temario porque decía que no traía dinero, cuando al día siguiente me iba a ver", lamenta Delfina, que se resigna al afirmar que su hija "podía ser hoy en día policía local, pero la vetaron".

Historias como ésta tienen unas cuantas. Como aquella en la que el marido de Delfina, ferroviario, le pagó las vacaciones a un compañero para poder coincidir con ella e irse juntos de viaje. El jefe de ella le cambió sus vacaciones sin previo aviso diciéndole: "Esto es un problema que tienes tú, si no trabajaras te podrías ir de vacaciones con tu marido siempre como hago yo con la mía".

Pero nada de lo que hayan vivido Lola y Delfina se asemeja al día que la primera define como "el peor de nuestra vida". El tema no sale en la entrevista, aunque Lola lo nombra en esa llamada posterior y no es otro que el asesinato, en 1996, de sus compañeras María de los Ángeles García y María Soledad Muñoz a manos de unos atracadores.

Una entrevista con Lola y Delfina podría durar semanas enteras si relataran cada una de esas zancadillas que tuvieron que padecer durante su carrera como policías locales, no como policías locales al uso, sino como las primeras policías locales mujeres de España. Todavía siguen viviendo en Córdoba Dolores Romero y Paquita Serrano, de la misma promoción.

Sus recuerdos precisarían de un amplio papel en blanco si se trasladaran a palabras, pero no solo los malos. Delfina y Lola señalan también algunos pasajes felices, de esos imposibles de olvidar. Son recuerdos muy similares, de cuando ambas estaban trabajando ya en la sala del 092. Lola llegó a esta sección en la última noche del año 1999, Delfina tardó algo más porque estuvo en la calle hasta los 55. Su trabajo en esta sala es algo que ambas señalan como gratificante, "estresante, pero muy satisfactorio".

Lola y Delfina posan frente a un coche de la Policía Local de Córdoba. Lola y Delfina posan frente a un coche de la Policía Local de Córdoba.

Lola y Delfina posan frente a un coche de la Policía Local de Córdoba. / Juan Ayala

Delfina recuerda cómo durante algún día de la crisis originada en 2008 llamó un joven diciendo que "se iba a tirar con el coche por un barranco". Delfina estuvo hablando con él durante un largo rato, mientras pedía a una compañera que le pinchara el teléfono para dar aviso a la Guardia Civil, ya que el joven estaba cerca de Lucena, fuera de la zona de actuación de la Policía Local de Córdoba. Finalmente, consiguieron detener sus intenciones. Muy parecido es el recuerdo que reseña Lola, que cuenta cómo recibió una llamada de otro joven de 28 años, "no se me olvidará", que estaba en la cornisa del edificio de Cajasur en la plaza de Andalucía y que tenía las mismas intenciones. También consiguieron llegar a tiempo.

Porque llegaron a tiempo, no solo en estas llamadas. Todavía son pesimistas en cuanto a una igualdad real entre la mujer y el hombre en el cuerpo, aunque el camino que ellas comenzaron a andar en 1970 y el muro que empezaron nadie (ni un alto mando) se los podrá arrebatar.

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