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Paloma Bautista. Trasplantada de riñón y páncreas

"De estar enganchada a una máquina de diálisis, con el trasplante he vuelto a vivir"

Paloma Bautista, durante un viaje. Paloma Bautista, durante un viaje.

Paloma Bautista, durante un viaje.

El pasado domingo hizo dos años que Paloma Bautista se sometió a un trasplante renal y pancreático en el Hospital Reina Sofía al que llegó por los problemas que acarreaba por la diabetes que le diagnosticaron con 12 años. Nunca había cuidado mucho su estilo de vida y alimentación, por lo que tenía muy descompensados los niveles de glucosa en el organismo.

Eso derivó en que los riñones, llegado un momento, dejaran de funcionar. En 2015, el nefrólogo le indicó que su función renal estaba "al mínimo", por lo que necesitaba "sí o sí" entrar en diálisis mientras llegaba un trasplante.

Un 30 de marzo entró en diálisis, una etapa que duró más de dos años. "Al principio, cuando te lo dicen reaccionas mal porque tener 30 años y estar enganchada en una máquina sin poder salir es duro", explica esta cordobesa.

Esto suponía que lunes, miércoles y viernes, e incluso algún día más entre semana, tenía que ir a diálisis, por lo que "han sido años en los que no he tenido vida, no he podido viajar y lo he pasado mal porque sobre todo al principio tenía muchos dolores de cabeza y de barriga", recuerda.

En el proceso "se pasa mal", pero el personal del centro de diálisis Perpetuo Socorro (al que acudía Paloma) lo hacía todo más llevadero. "Siempre te recibían con una sonrisa y te hacían reír", lo que hizo que conforme fue pasando el tiempo se lo tomara "mejor", explica.

Paloma Bautista (sentada al fondo), con sus padres y su hermana. Paloma Bautista (sentada al fondo), con sus padres y su hermana.

Paloma Bautista (sentada al fondo), con sus padres y su hermana.

Sus padres vivieron esos dos años con mucho sufrimiento "porque al ver que yo lo pasaba mal, lógicamente ellos también lo hacían". Sin embargo, poco a poco lo fueron asumiendo, en parte gracias a la actitud positiva de su hija. "En ningún momento me he venido abajo y si lo he hecho ha sido encerrada en mi habitación sin que nadie me viera; siempre he tenido una sonrisa en la cara, de hecho había gente que me decía que parecía mentira que estuviera en diálisis", apunta Paloma.

Ese dolor que vivía en silencio se acrecentaba al ver a compañeros en el centro de diálisis que no lo superaban y fallecían, "y eso para una persona con 30 años es muy duro". "Gracias a dios eso pasó y la verdad es que estamos mucho mejor", dice aliviada.

Esta cordobesa recibió dos llamadas del Hospital Reina Sofía por un posible trasplante antes de la que fue la definitiva. La primera fue poco después de entrar en diálisis, pero una vez que le hicieron las pruebas, había otra paciente que fue preferente al tener un estado de salud más delicado.

"Sentí nervios y alivio a la vez porque suponía que me iba a cambiar la vida 360 grados"

Al año, recibió la segunda, pero esta vez los órganos venían de otro hospital y no llegaron en condiciones de ser trasplantados.

La tercera "ya casi no nos lo creíamos", pero fue la definitiva y "no sé por qué tuve la sensación de que los órganos sí eran para mí, entonces me puse un poco más nerviosa, al igual que toda mi familia", confiesa.

La llamada fue el 30 de mayo de 2018 y la intervención fue el día 31. Esos nervios iban acompañados de alivio porque suponía que todo el sufrimiento "se acababa y que me iba a cambiar la vida 360 grados, como ha pasado".

Aunque la operación salió bien, después de estar casi un mes hospitalizada y volver a su casa le comenzaron unos dolores en el vientre. Así, regresó al hospital, donde la ingresaron porque no sabían lo que ocurría. A los tres días, con un ataque de tos se le abrieron los puntos, por lo que tuvo que entrar a quirófano y allí comprobaron que el páncreas no debió quedar bien colocado y la punta estaba algo doblada, lo que estaba creando una pancreatitis. Al final, se solucionó y por suerte "no derivó en una cosa más grave".

Ahora, Paloma tiene 36 años y "de estar en una máquina enganchada, con el trasplante he vuelto a vivir", manifiesta. "Puedo salir a la calle, comer absolutamente de todo, que antes mis comidas eran limitadas; puedo beber lo que quiera y los litros que quiera, cuando antes solo podía tomar medio vaso de agua al día; puedo viajar, hacer deporte y salir con mis amigos a tomarme una cerveza a un bar; y puedo trabajar porque con la diálisis era imposible", indica.

Después de su experiencia, solo puede decir que "con la donación se salvan vidas; he visto a gente que lo ha pasado realmente mal y que lo sigue pasando porque estar enganchado a una máquina es muy malo" "Donar órganos y sangre ayuda a muchas personas a vivir y, sobre todo, que tengan calidad de vida", incide.

Por último, agradece al personal del centro Perpetuo Socorro y del Reina Sofía el trato que ha recibido, incluso hay algunos profesionales que se han convertido "en parte de mi familia". "Si no hubiera sido por ellos, todo hubiera sido muchos peor", finaliza.

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