Horizontes de Capitalidad
EL CAMINO HACIA 2016 Las consecuencias políticas de la primera criba
Córdoba se engancha al reto de 2016 como factor fundamental de su proceso de regeneración · La idoneidad de elegir a seis finalistas es, cuando menos, discutible
El 30-S dejó como legado en Córdoba un renovado depósito de ilusiones. El primer cómputo de indicios de una tímida dinámica de recuperación anímica es la ya apreciable herencia en la ciudad de la clasificación para la última fase en el proceso de designación de la Capital Cultural de Europa en 2016. No es logro menor. Una ciudadanía abonada a las derivas depresivas colectivas (provocadas por una singular fusión de derrotas presentes y melancolías históricas) encuentra ahora un enganche para invertir la inercia, un resorte motivador que cobra mayor fuerza a medida que se acortan los plazos. El proyecto ha ido venciendo a los robustos enemigos de los primeros años, el escepticismo y la indiferencia, ganando adeptos y conquistando territorios hasta posicionarse no sólo como el gran reto de la ciudad sino como un objetivo que articula su estrategia de desarrollo para los próximos lustros. La Capitalidad es la divisa de los afanes regeneradores de una ciudad que en su laborioso proceso de reinvención está diciendo adiós a grandes referentes del pasado reciente para abrirse a un nuevo horizonte de expectativas. La profundidad con que este mensaje ha calado en el ámbito institucional y entre los ciudadanos y la seguridad que una notoria mayoría muestra en las posibilidades cordobesas marca ya una saludable distancia respecto a otros desafíos.
LA PRIMERA CRIBA
Más allá de las sospechas sobre el peso que los aspectos políticos, los cupos de reparto geográfico o las ideas preconcebidas y afinidades previas han podido tener en las deliberaciones de los miembros del jurado (inevitables en procedimientos de este tipo), lo que parece indiscutible en un proceso como el que nos incumbe es que el tribunal no puede menoscabar la categoría del acontecimiento cuyos máximos valores se supone que representa. Si no ha pasado esto con la decisión de elevar a seis el número de finalistas, poco ha faltado. Si la calidad de los proyectos era tan alta, la reacción de los expertos debería haber sido subir más el nivel. La mayor exigencia en el proceso de selección es lo que garantiza la irrebatible autoridad de la ganadora. No es buena noticia que el jurado dé la sensación de hipotecar el rigor en beneficio de otros factores más dispersos y discutibles. Quizá lo más adecuado en tan nutrida competición hubiera sido realizar una primera criba a partir de los dosieres y una segunda tras las evaluaciones en Madrid, de tal manera que quedara una relación de tres o cuatro finalistas. Si la idea era situar a más ciudades en el escaparate, no sólo contiene en su cualidad reversible alguna partícula de perversión (promueve grandes esfuerzos en cinco candidatas que dentro de nueve meses serán eliminadas) sino que otorga al proceso un inopinado sesgo comercial. No estamos en una competición entre películas cuya máxima ambición es triunfar en la taquilla. La imprevista decisión del jurado (¿se les puede adjudicar a tan elevadas mentes la prosaica voluntad de cubrir cuotas?) sólo ha contentado, al parecer, a las ciudades finalistas que no partían como favoritas.
LO QUE QUEDA
Planteadas las bases, las argumentaciones, los desarrollos y la orientación del proyecto, el reto ahora es configurar una previsión de Capitalidad Cultural en términos de programación y financiación que responda a las exigencias de originalidad, viabilidad y sostenibilidad establecidas en las bases de la convocatoria. Las complejidades de la tarea no son pocas. Se trata de trazar un razonable panorama de propuestas sobre un acontecimiento para el que faltan cinco años. De la fase conceptual se pasa a la confección (pródiga en riesgos) de un indispensable índice de contenidos que debe concordar con los principios teóricos de la candidatura. En el caso de Córdoba, los epígrafes del proyecto están definidos: ahora hay que alimentarlos con programas que, además, deben ser presupuestados. La gerente de la Fundación Córdoba Ciudad Cultural, Carlota Álvarez Basso, trabaja ya en ello. La búsqueda de nuevos yacimientos de financiación se perfila como uno de los ejercicios más intensos de los próximos meses. El futuro de Córdoba 2016 depende en gran medida de la implicación que muestren la administración autonómica y la empresa privada.
La cuestión de las infraestructuras no parece tan acuciante. El mapa de equipamientos que la ciudad exhibirá en 2016 es suficiente para desarrollar una digna Capitalidad. Hay y habrá carencias, desde luego, y disciplinas poco atendidas, pero si Córdoba se queda sin nombramiento no será por esta causa. Además, cuenta a su favor con una capacidad ya demostrada de convertir casi cualquier espacio urbano es un potencial escenario para la cultura.
Si la Capitalidad no es un fin absoluto sino el principal factor de impulso y transformación en una ambiciosa estrategia de desarrollo global, resulta necesario habilitar plataformas de debate sobre el futuro de la ciudad que avancen paralelas al proyecto de 2016. Esta labor implica a los sectores políticos y económicos, empresariales y turísticos, culturales y vecinales. El objetivo es una mejora radical de la ciudad, un papel más relevante en el mapa europeo, una relación más fluida con la contemporaneidad, una superación de traumas, lastres y atrasos varios; no sólo una celebración distribuida en actividades diversas a lo largo de un año. El triunfo máximo de Córdoba no será lograr la Capitalidad sino, a través de ella, forjar un futuro constelado de estímulos que ahora sólo existen en los distritos inmensurables de la utopía.
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