Semana Santa

Córdoba arropa a su singular Pasión

  • El tiempo acompaña al Nazareno, la Caridad, la Cena, el Caído, las Angustias y el Esparraguero

Una multitud espera en la plaza de San Agustín la salida de Nuestra Señora de las Angustias Coronada. Una multitud espera en la plaza de San Agustín la salida de Nuestra Señora de las Angustias Coronada.

Una multitud espera en la plaza de San Agustín la salida de Nuestra Señora de las Angustias Coronada. / Reportaje GRáfico: Juan Ayala / Jordi Vidal

Jornada solemne , multitudinaria y elegante la vivida ayer en un Jueves Santo perfecto donde el tiempo acompañó a las seis cofradías que salieron. A las puertas del día silencioso por antonomasia, sonaron marchas para las imponentes tallas, algunas, las más antiguas de esta Semana Santa. Se acerca el final, pero todavía queda mucho por contar.

Cristo de gracia

La de ayer no era una estación cualquiera para la Hermandad del Cristo de Gracia, era la del año en que se cumple el cuarto centenario de la llegada a Córdoba de su titular, el crucificado conocido también como El Esparraguero, que partió desde la parroquia de los Trinitarios al son de esa mítica Saeta que musicó Joan Manuel Serrat con poemas de Antonio Machado. Un poema musicado mítico para un Cristo de Gracia mítico cuya salida esperaban cientos y cientos de fieles en un ambiente en el que se respiraba muchísima devoción. Su estación de penitencia de ayer volvió a demostrar que, como bien relata una mítica canción de su país de origen -México-, El Esparraguero sigue siendo El Rey, para los miles de fieles que lo van acompañando por los distintos rincones de Córdoba, El Rey -el más cordobés de los cristos cordobeses pese a su ascendencia- al que acompañan María Santísima de los Dolores y Misericordia, San Juan Evangelista y Santa María Magdalena en un majestuoso paso de misterio que parece avanzar navegando y que volvió a componer instantes míticos en su difícil maniobra de entrada y salida de la Catedral gracias al buen hacer del capataz Luis Miguel Carrión y cuadrilla.

Caridad

La procesión de la Caridad es uno de los grandes espectáculos de la Semana Santa cordobesa. El Crucificado de San Francisco congrega cada año a miles de cordobeses, tanto devotos como no, y este Jueves Santo no ha sido diferente. Desde mucho antes de que la cruz de guía se pusiera en la calle, los asistentes llegaban cogiendo el mejor lugar para ver al Señor de San Francisco, sí, pero también para disfrutar de los legionarios del Tercio Gran Capitán Primero de Melilla. Los capirotes de raso negro y rojo iniciaron este cortejo al que pusieron sonido los legionarios, los primeros en llegar a carrera oficial. Así caminó la Caridad, con la Dolorosa a sus pies, para completar un recorrido corto, pero intenso (salió a las 17:00 y se encerró a las 22:15) ya que no hubo lugar por el que el Crucificado pasara en el que pudiera meterse un alfiler. Con tambores y cornetas legionarias se paseó la Caridad, haciendo las delicias de los presentes, y preparado el Cristo ya para el vía crucis de hoy que saldrá a las 11:00 y también pasará por carrera oficial.

Jesús Caído

En San Cayetano los Jueves Santo son especiales. La hermandad del Caído, de numerosos hermanos penitentes, pone en la calle a sus titulares, Nuestro Padre Jesús Caído y Nuestra Señora del Mayor Dolor en su Soledad, y lo hace rodeado de un barrio, de un colegio y del mundo del toreo. Los alumnos del Carmen, centro muy cercano a la iglesia de San José (San Cayetano), forman un gran porcentaje de este cortejo morado y negro que camina desde Ollerías hasta la Mezquita-Catedral; cortejo que, por otra parte, siempre se ha relacionado con el mundo del lidia, el cual aporta un séquito de toreros que acompañan al paso (reformado para esta Semana Santa) y al que sigue también un nutrido grupo de mujeres de mantilla. No le faltó al Caído este año todo ese grupo de diversos devotos que salieron de San Cayetano a las 17:00 y se recogieron cerca de la 1:00. No faltó, por supuesto, el lucimiento frente a la iglesia de Santa Marina donde se escucharon con más fuerza si cabe las marchas de la banda de cornetas y tambores Caído-Fuensanta, que tras cuatro días de acompañamientos a otras cofradías pudo ponerle el sonido cofrade a su Señor.

Sagrada Cena

La mirada de Nuestro Padre Jesús de la Fe en su Sagrada Cena parece apuntar al cielo y pedir un futuro histórico, ese en el que cada Jueves Santo sus pasos puedan ser seguidos por los de María Santísima de la Esperanza del Valle. La cofradía de Poniente trabaja en incorporar ese segundo paso a su cortejo, pero todavía no ha llegado el momento en el que el Señor de la Fe pueda enfrentarse acompañado a su momento final. Ayer volvió a hacerlo solo, pero acompañado de sus penitentes, los que cada Jueves Santo dejan Poniente atrás para enfrentarse a la carrera oficial en un recorrido que le lleva por Ciudad Jardín y el Casco Histórico. La parroquia del Beato Álvaro de Córdoba aporta a la Pasión cordobesa un aire distinto. Iglesia de barrio, con portón grande para que el imponente y enorme paso de la Cena no tenga problemas a la hora de salir. Así marchó el Señor de la Fe, con los 12 apóstoles, su propia banda y su hermanos para soñar con un futuro donde el manto verde de su Madre lo arrope de camino a un momento inevitable.

El Nazareno

Las puertas de la iglesia hospital de Jesús Nazareno se abren a la hora anunciada para que el Señor de los Señores avance sobre su peana de plata en un caminar costalero entre una larguísima hilera de nazarenos de riguroso luto. Lo recibe -y lo despide a la vez- tallado en piedra en la plaza ubicada frente a la puerta del templo el padre Cristóbal de Santa Catalina, aquel sacerdote eremita que vivió su vida en la práctica de la oración y el silencio, que fundó la congregación de Franciscanas Hospitalaria de Jesús Nazareno y que murió por infección de la epidemia del cólera en 1690. En la comitiva, una representación de la Hermandad de La Entrada Triunfal y de la Hermandad de Villaviciosa, unidas a la Hermandad del Nazareno por el padre Cristóbal. Cristo continúa su doloroso caminar entre el luto y una multitud silenciosa no se atreve a hacer ruido porque sabe que su condena a muerte es injusta. El Nazareno recorre esas calles cordobesas de la Amargura mientras la sangre que brota de su frente atravesada por la absurda corona de espinas no se atreve a manchar su túnica de cola bordada en oro sobre cárdeno terciopelo de seda, confeccionada por las hermanas franciscanas e inspirada en una antigua túnica que lucía anteriormente -francesa de la casa Recamiers y Compañía y fechada en 1773-. Detrás, la más cordobesa de las vírgenes, aunque de ascendencia napolitana. María Santísima Nazarena, camina rota de dolor, sin entender por qué su Hijo tiene que morir por una humanidad que como Pilatos se lava las manos, pero repitiendo lo que aquel día le dijo a Dios: no lo entiendo, pero "hágase en mí según tu palabra". Madre e hijo muestran una vez más que no hay vida sin sufrimiento y que no se alcanza la gloria sin sufrimiento.

Las Angustias

La tradición manda que cada Jueves Santo se citen cientos y cientos de cordobeses en la plaza de San Agustín para dar la bienvenida a Nuestra Señora de las Angustias Coronada, a ese conjunto escultórico de Juan de Mesa -de principios del siglo XVII, restaurada en 1976 por Peláez del Espino y entre 2010 y 2011 por el Instituto Andaluz del Patrimonio Histórico-. Un paso que compone una imagen impactante que provoca la admiración tanto de los cofrades como del público menos devoto; una obra de arte que conmueve por lo que significa al dar vida a esa Madre contemplando el cuerpo de su Hijo ya muerto, recién descendido de la cruz. Ni siquiera los sones de la Banda de Cornetas y Tambores de la Coronación de Espinas consiguen calmar el desconsuelo de la Madre. Por delante, casi nueve horas de dolor por las calles de Córdoba. Ella con sus lágrimas y su espina -como si la acabara de sacar del cuerpo del Hijo-, Él con su vientre hundido al que se le ha arrebatado la vida. La plaza asiste a una conmoción. Se escucha a cada poco "siempre adelante, valientes" del capataz Ángel Muñoz González. Nazarenos de túnica negra, cubrerrostro con orla morada y galones de oro acompañan a la Madre en su dolor. Poco a poco desfilan mientras el día se convierte en noche y la noche en madrugada y todo, como gritó Jesús en la cruz, se habrá cumplido.

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