La tribuna

Trenes rigurosamente vigilados

Trenes rigurosamente vigilados
Rosell

Periodista Y Escritora

Todos podíamos haber estado en ese tren. Por eso nos ha llegado tanto la tragedia del accidente ferroviario. ¿Cuántas veces habremos pasado por allí? Contemplando atardeceres sobre los hermosos paisajes de olivares al bajar de Sierra Morena, regresando de algún acto en Madrid, volviendo a nuestro Sur que siempre parece esquinado para tantas cosas. Sí, podíamos haber estado en ese tren.

Nuestros viajes en tren ya no serán inocentes. Nos montábamos con tranquilidad, despreocupados y ajenos a los abismos del riesgo. Acaso estresados por las urgencias, el maltrato de los últimos años, los retrasos, la incertidumbre de saber si el tren llegaría a su destino. Éramos, como decía García Márquez en su juventud, felices e indocumentados. Cuando éramos “felices e indocumentados” viajábamos con la fuerza de la costumbre, cansados de las esperas, siguiendo las placenteras rutinas de lo cotidiano. Pero los paisajes del tren eran tan nuestros…

En estos días trágicos hemos asumido una cantidad de información insoportable. Todo ese vocabulario incorporado a nuestra realidad nos seguirá siempre: bogies, balastros, pantógrafos… Un léxico más propio de ingenieros industriales o de caminos que de simples viajeros. No, no volveremos a viajar en tren de la misma forma. Seremos conscientes de los vaivenes, de los cambios de agujas, de los materiales de los raíles, del estado de los vagones. Nunca más seremos felices e indocumentados.

Hubo un tiempo en el que viajábamos tranquilos y orgullosos de nuestra red ferroviaria. Al viajar al extranjero comparábamos el servicio, la puntualidad, la calidad del mobiliario, la velocidad y era asombroso. Los trenes españoles siempre ganaban. Era la edad de oro. El tiempo en el que las botellas de agua o los cafés no se movían en las bandejas del asiento. No existía ese inquietante movimiento que venimos sufriendo desde hace tiempo. Ese temblor que parecía anunciar las tragedias que no sucedieron. Hasta que ocurrió la de esa noche del 18 de enero, cuando la mala fortuna, el azar macabro y las coordenadas de un servicio deteriorado desde hace mucho se cruzaron en un punto a la altura de Adamuz.

He pensado en ese traqueteo de los trenes en los últimos tiempos y he recordado una crónica de Gustavo Adolfo Bécquer. Bécquer fue pionero describiendo los viajes de la modernidad, porque el tren en aquel tiempo era lo novedoso. El poeta sevillano describía las sensaciones psicológicas de terror que provocaba la modernísima máquina, “el rechinar de ejes”, “el crujir de vidrios estremecidos”, “un fragor de ferretería ambulante”. Eran miedos recién estrenados: “De cuando en cuando, una pequeña oscilación hacía crujir las coyunturas de acero del monstruo; (…) el coche hizo un brusco movimiento de adelante a atrás y de atrás adelante, y aquella especie de culebra negra y monstruosa partió arrastrándose por el suelo a lo largo de los raíles y arrojando silbidos estridentes que resonaban de una manera particular en el silencio de la noche”.

También pienso en el silencio de esa noche. Tras el choque brutal, los vidrios estremecidos, el fragor de hierros, la ferretería ambulante… Quizás los móviles sonando desesperados en medio de la noche. En ese paisaje de olivares –tan machadiano–, hermosísimo de día e inhóspito en la oscuridad viscosa de la madrugada.

Pienso sobre todo en la grandísima mala suerte del tren Alvia que se dirigía a Huelva y que arrastraba en sus vagones todos los malos azares encadenados. Un tren que durante algunos momentos fue un tren fantasma porque no aparecía en las pantallas digitales del centro de control de Atocha ni en el radar de los servicios de emergencias. Nunca fue uno de esos “trenes rigurosamente vigilados” de la novela de Bohumil Hrabal. Allí, en mitad de la noche y la nada, agonizaba ese tren que quería llegar a Huelva y nunca llegó. Y duele pensar que una provincia tan maltratada en el sistema ferroviario nacional haya sido especialmente golpeada en la peor tragedia. Porque todos podríamos haber viajado en ese tren con las mismas historias humanas y sus estremecedores azares.

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