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El futuro del campo no sólo se juega en Bruselas

Un recorte drástico de la PAC supondría un auténtico problema para el campo andaluz, pero no sería el único

Mientras los agricultores se manifiestan por toda España y Andalucía debido a la imparable decadencia de un sector tradicionalmente abandonado por los diferentes gobiernos, las negociaciones en Bruselas para aprobar los nuevos presupuestos de la Unión Europea no presagian nada bueno para el campo. Aunque el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y otros líderes de los países denominados "amigos de la cohesión" se están esforzando para que no se produzcan recortes en dichos presupuestos, las naciones más ricas y con peso de la UE reclaman que se aplique la tijera tanto en los fondos regionales como en la Política Agrícola Común (PAC), y rechazan elevar el montante total del presupuesto comunitario. No es exagerado afirmar que un recorte drástico de la PAC supondría un auténtico problema para el campo andaluz. Esta bajada podría llegar al 14%, según los planes del presidente del Consejo Europeo, Charles Michel, lo que supondría una pérdida de unos 1.600 millones de euros para la comunidad. El Gobierno central, con Sánchez a la cabeza, tiene la obligación de poner toda la carne en el asador para evitar un descenso presupuestario que es una auténtica agresión al sector agropecuario.

Los agricultores que durante estos días están cortando numerosas vías de comunicación con sus tractores no sólo se movilizan por el más que posible recorte de la PAC. Cuestiones como el dramático desplome de los precios y la alarmante subida de los costes de producción (laborales, energéticos, etcétera) han colocado al campo español y andaluz al borde del precipicio. Esta situación, sin embargo, contrasta con el discurso político de moda de ayudar a la "España vaciada", que ante todo vive del sector agropecuario. Si el Gobierno de España quiere ayudar al campo debe, por supuesto, emplearse a fondo en Bruselas para evitar una merma de la PAC, pero también debe tomar otras iniciativas a escala nacional que permitan que los hombres y mujeres que sobreviven gracias a la agricultura y la ganadería puedan tener un futuro en su propia tierra, desarrollando el trabajo que saben hacer. De no lograrse, el drama no sólo sería económico (lo cual ya es mucho), sino también cultural, demográfico y paisajístico. Una España sin agricultura acentuaría aún más el vaciamiento del interior para engordar unas grandes urbes que ya están saturadas, un escenario en absoluto deseable.

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