Tip-EX

16 de enero 2026 - 03:05

Ysi la vida admitiera correcciones visibles e imperfectas como las de un cuaderno usado? Un simple objeto pequeño, de pincel blanco y espeso, para cubrir lo que no supimos decir, lo que dijimos mal o cuando no tocaba. Corregir sería una forma de higiene moral, un modo rápido de seguir adelante sin mirar atrás. Pero la vida, con su pedagogía silenciosa, no suele aceptar correctores.

El error aquí no desaparece: se seca, se cuartea, se levanta del papel como una pequeña cordillera íntima, árida y desquebrajada. Igual que el TipEx mal aplicado y con prisa, deja relieve. Y ese relieve lo expresa todo. Lo tocas y ahí está, como una cicatriz sobre la piel. El relieve del cuaderno es bello porque es honesto. Y ese relieve es la memoria: la prueba de que algo falló, sí, pero también de que alguien se atrevió a escribir sin plantillas, sin moldes, sin red.

Nos enseñaron a confundir equivocarse con fracasar, a esconder la falta como si fuera una culpa, a borrar antes de comprender. Sin embargo, toda conciencia adulta se construye sobre tachones visibles. Nadie aprende a escribir con pulso firme sin haber temblado antes. Nadie piensa con hondura sin haberse puesto en duda a sí mismo. El error no es un desvío del camino: es el trayecto cuando todavía no teníamos mapa, rumbo ni objetivo claro.

Hoy basta una tecla para eliminar sin rastro. “Delete” promete inocencia instantánea, pero lo borrado sin huella no enseña nada. El papel, en cambio, obliga a convivir con lo corregido, a aprender de ello. Enseña como una página usada: mostrando dónde apretamos demasiado, dónde incluso rompimos el papel –como a veces quebramos algo de nuestra vida–, dónde dudamos y dónde aprendimos a ir más despacio.

Existe además un juego revelador en su nombre: TipEx. “Tip”, en inglés, es el consejo rápido, el atajo. “Ex” es lo que fue, el pasado que pesó pero pasó. ¿Cuántas veces quisimos pasar TipEx sobre una promesa, una relación, un “para siempre” mal concebido? No para negar lo vivido, sino para poder seguir escribiendo sin repetirlo.

Quizá la verdadera madurez no consista en borrar mejor, sino en corregir con honestidad: aceptar el tachón, leerlo sin rencor y continuar la frase con más cuidado. Porque una vida perfecta sería ilegible, y una vida legible inevitablemente está hecha de márgenes usados, exceso de relieve y blanco espeso acumulado. Tal vez por eso escribimos: no para borrar lo que fuimos, sino para dejar constancia de que aprendimos a escribirnos mejor.

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