NOTAS AL MARGEN
David Fernández
Menos ideología y más criterio
Una de las experiencias más enriquecedoras de mi profesión me la proporcionó un periodo en el que ejercí la medicina rural. En ese tiempo, en las visitas domiciliarias tenía el privilegio de entrar en las casas de mis pacientes donde ellos y ellas compartían conmigo, no solo su forma de vida, sino también historias y experiencias íntimas, que yo custodio celosamente en mi memoria y que me han ayudado de una manera providencial a ponerme “en la piel” de las personas a las que intento curar o aliviar. Aquella mañana yo terminé sobre las dos mi consulta. No tenía avisos domiciliarios pendientes, pero Rosa me pidió expresamente que visitara cuando pudiera a su vecina María. Ella tenía 92 años y vivía sola. Dos meses antes había sido ingresada por una neumonía y desde entonces no se había recuperado totalmente. María me recibió con una alegría inusitada. Tenía pocas visitas, como posteriormente me confesó. Su profunda mirada de grandes ojos azules dejaba constancia de lo que fue y seguía siendo un bello rostro femenino. Su andar era torpe. Balanceaba las caderas por la artrosis, haciendo algo difícil su deambular. En pocos minutos me puso al día de toda su historia vital, desde su juventud trabajando en los campos de un cortijo, hasta su posterior periplo laboral con múltiples trabajos. Quedó viuda con 35 años; teniendo que sacar adelante a cuatro hijos varones, los cuales hoy viven fuera, bastante lejos. Yo escuchaba con atención y cariño y ella alababa mi juventud y mi discreta sonrisa. No recuerdo si le solucioné algún problema médico, pero sí que agradeció sobremanera mi visita y me apretó la mano con fuerza cuando me despedía. “Vuelva pronto”, me dijo. Nuestros ancianos, al igual que María, no siempre están solos voluntariamente. Por el contrario, la mayor parte de las veces esta soledad es no deseada. Numerosos estudios han demostrado que las personas mayores que se sienten solas tienen mayor riesgo de sufrir depresión, ansiedad y deterioro cognitivo, además de cierta propensión a sufrir enfermedades cardiovasculares y peor control de sus patologías crónicas preexistentes. Nosotros como sociedad tenemos la obligación de combatir esta soledad, para recuperar el valor de la cercanía, del tiempo compartido y de la escucha. Una llamada telefónica, una visita, un saludo o incluirlos en actividades comunitarias puede ser suficiente. Yo seguí visitando a María durante los meses siguientes.
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