Confabulario
Manuel Gregorio González
Un viejo principio
Hace de esto muchos años, al hilo de un concierto multitudinario de Mecano en Sevilla de esos que sólo ellos podían permitirse en su época dorada, uno de los hermanos Cano, no recuerdo cuál de los dos, cargó en la rueda de prensa contra los maestrantes por, al parecer, haberse negado a ceder su noble espacio para un concierto de rock, como si aquello, dijo, fuese poco menos que un convento de clausura. Ha pasado el tiempo para todos, y si al grupo madrileño le diera hoy por volver, no tendría ningún problema para hacerlo en la plaza de toros, desde hace unos años espacio idóneo para conciertos de todo tipo con ciclo anual en septiembre.
Me acordé de aquella anécdota lejana de Mecano (el más talentoso de ellos, José María, por cierto, buen aficionado) cuando tuvimos noticia de la ruptura definitiva de la ilustre corporación con la empresa Pagés, a la que, con más o menos resignación, todos teníamos como el típico inquilino de renta antigua, agradable, pacífico, pero que nunca termina de irse. Y cuando la mayoría apostaba por una tímida prolongación de la relación a modo de educada despedida, la nueva dirección de la Casa nos sorprendió con este inesperado cambio de rumbo, ejecutado además con una elegancia y una discreción que ya quisieran las más renombradas diplomacias vaticanas. En contra de lo que todavía piensan algunos, la tradición está de la modernidad más cerca de lo que parece.
Desde mi percepción de simple aficionado sin otro interés que el de la Fiesta misma, y sin entrar en detalles contractuales que desconozco, creo que ha acertado la Real Maestranza nombrando como nuevo empresario de la plaza a Lances de Futuro, o lo que es lo mismo, a José María (Pepe) Garzón. Si algo necesitan los toros, posicionados a la fuerza por el sectarismo imperante como una manifestación contracultural, son agentes nuevos e imaginativos que, sin desatender el lógico beneficio empresarial, acerquen la tauromaquia a todos los rincones con todos los medios a su alcance, empezando por la televisión. Desaparecida prácticamente la generación de aficionados que llenaban los tendidos en los lejanos ochenta y con una sociedad cada vez más líquida que ha virado en sus gustos y preferencias, cualquier gestión que no atienda los nuevos mensajes que marcan los tiempos está abocada al fracaso. Y no parece, por fortuna, que ese vaya a ser el caso.
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