Crónica personal
Pilar Cernuda
Un partido antipático
En estos días a sangre y fuego, los periodistas se han hartado de preguntar al tal Trump las razones de esta guerra. Dependen del día y, además, a usted qué le importa. Hasta el momento –Steven Lukes en Power, a radical view lo explica bien– el poder sostenía un discurso público visible, que guarda en el doble fondo otras motivaciones menos confesables. Trump nos quiere hacer ver que no va a dar razones por las que secundarle. “Prefiero pegarme un tiro antes que dar explicaciones”, decía Humphrey Bogart en El sueño eterno. Pues eso. “Y ahora, ¿qué digo yo en casa?”, parecen preguntarse los que pretenden postularse de aliados, a quienes exige incondicionalidad.
Tampoco es tan difícil adivinar por nosotros mismos las motivaciones (no son exactamente las mismas) de este tratante y su homólogo en la zona. Lo que pasa es que no quedan bonitas. Así es que le toca a cada cual que justifica esta guerra –mientras hace cola para echar gasolina– la ingrata tarea de hacer contorsionismo argumental. Si el motivo está en las armas nucleares, resulta incomprensible que no entremos a saco en Rusia, Corea del Norte y China. Y que Estados Unidos se ataque a sí mismo. Si es por la situación de las mujeres en Irán (conmueve el apretón feminista que les entra en estos casos a los antifeministas de pro), habrá que atacar ¡ya! a Brunéi, Catar y Emiratos Árabes. Y que barrenen la isla de Epstein, con todos los que salen en los papeles dentro. Ídem, si la razón reside en acabar con los totalitarismos y sustituirlos por regímenes democráticos. Si la razón está en acabar con los estados teocráticos, que tiemblen Arabia Saudí y El Vaticano. La razón preventiva, la del “por lo que pueda pasar”, es un viejo chiste de Jaimito.
Y si la razón por las que hay quienes (estados, partidos, particulares…) apremian a estar del lado de un Trump que no da razones –y al que solo le falta que sus líderes religiosos le recen la erisipela del cogote– es el miedo a las represalias, económicas y de todo tipo, se dice y no pasa nada. El miedo es libre, y nos esclaviza. Lo que no se puede es ir de patriotas, morales y numantinos y, a la vez, hocicar ante los intereses de quien –ha advertido expresamente– no conoce más límite que sí mismo, y que nos aboca a abandonar toda racionalidad. Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate.
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