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Por muchas buenas críticas que haya recibido, muchos Critics Choice Awards y Globos de Oro que le hayan dado o muchos Bafta y Oscar que le den, Una batalla tras otra es un churro sobrevalorado. Sucedió lo mismo con The Brutalist hace dos años, pero la película de P. T. Anderson es aún peor. Que este director es uno de los mayores talentos creativos del cine estadounidense lo demuestran Sidney, Boogie Nigths, Magnolia y, sobre todo, Pozos de ambición. Al igual que mamarrachos pretenciosos como Puro vicio y Una batalla tras otra demuestran que alguna debilidad le hace parecer lo que no es: un mediocre endiosado con ínfulas de autor. Desconcertante. Porque la primera parte de su filmografía, a la que se podrían sumar con reparos The Master o El hilo invisible, no deja dudas sobre su talento. Quizás le afecte un mal creativo que se manifestó en el final en la bolera de la gigantesca, genial, deslumbrante y conmovedora Pozos de ambición.
Más allá de la subjetividad propia de lo que Kant llama el juicio del gusto, la facultad de juzgar acerca de lo bello, hay casos llamativos de juicios erróneos en los que dicha facultad parece alterada por elementos personales subjetivos y a la vez colectivos. Como una hipnosis masiva que hace ver lujosos ropajes vistiendo al rey que va desnudo.
La discrepancia en el juicio es tan normal como sana. Al igual que la coincidencia cuando el objeto enjuiciado es excelente (porque lo objetivamente excelente existe, por supuesto). O que el tiempo haga cambiar la apreciación crítica descubriendo valores que fueron ignorados o supercherías que fueron aclamadas. ¿Cómo fue posible que la crítica ignorara La noche del cazador? ¿Quién no se dejó engañar –yo, el primero– por Muerte en Venecia? Pero que cada vez sea más frecuente que casi unánimemente se encumbren mamarrachos es un síntoma preocupante de estulticia global.
Si según Chesterton la mediocridad es estar ante la grandeza y no darse cuenta, la imbecilidad sería estar ante un mamarracho y jalearlo como una obra maestra. En fin, habrá que resistir como el Berenguer de Ionesco, tarareando con Astaire I’ll go my way by myself. Afortunadamente no en soledad absoluta: como “una de las películas más tontas e insoportables del año” la calificó Carlos Boyero. Acompaña.
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