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En el feminismo español triunfa una consigna -"El amor romántico mata"- según la cual, partiendo de los dos pilares básicos de éste (la eternidad y la exclusividad), acaba considerándosele un potente generador de violencia. Debo discrepar. De entrada, esa afirmación niega la ancestral naturaleza de las relaciones humanas: el amor existe desde los orígenes y el calificativo de romántico, desde que tal movimiento le añadiera un componente de libertad. Dígase, además, que el presunto hallazgo carece de respaldo científico fuera de nuestro país: la sección contra la violencia de género (en adelante VdG) de la ONU no menciona en ningún momento dicha crítica; no existe, tampoco, ninguna revista internacional feminista de prestigio que avale ese argumento. En su formulación olvida, y sería mi tercer reproche, que el concepto español de VdG es bastante más restrictivo que el del resto del mundo: según nuestra ley, la VdG puede ser perpetrada solamente por la pareja o la ex pareja; es comúnmente aceptado, en cambio, que por supuesto engloba a aquellos casos en los que, sin amor ni romanticismo, aparece en relaciones esporádicas o cuando el agresor es un desconocido. Así, educar a nuestras hijas en la idea de que el amor es el causante del maltrato, señala el experto Gontzal Uriarte, puede inculcarles la errónea y peligrosa convicción de que fuera de él no lo habrá.

Por otra parte, la tesis también choca con un obstáculo temporal: la VdG es anterior al modelo romántico. De hecho, éste representó un gran avance frente a los matrimonios impuestos, mucho más tóxicos, y, aún hoy, sigue siéndolo en sociedades en las que subsisten prácticas que obvian las libertades afectivo-sexuales. No hay, pues, una relación manifiesta de causa a efecto entre ambos.

No, el amor romántico no mata. Matan los canallas que, bajo su coartada, imponen esquemas de dominación a sus parejas, a las que, desde luego, no aman. Es el falso amor el que hay que enseñar a detectar, denunciar y, cuanto antes, abandonar. En esa lucha, que ha de ser global, se necesitan hombres y mujeres aliados, dispuestos a combatir una infamia que, por desgracia, crece. Simplificaciones como esta, o como aquella otra que predica que "todos los hombres son iguales", aunque renten políticamente, complican la solución del problema. Y, si me apuran, en la medida en que disgregan más que cohesionan, paradójicamente alargan el ominoso imperio de las bestias.

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