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Pensábamos que la popularidad del monumento entre los hijos del País del Centro se debía a alguna novela, serie o película de moda, como cuando se extendió desde Florencia a muchos otros destinos la epidemia de los candados en los puentes, pero al parecer fue un concurso de hace años en el que el premio para los ganadores era pasar la luna de miel en la ciudad, incluyendo visitas a los escenarios habituales, lo que disparó en China la predilección de las parejas de novios por la casi centenaria Plaza de España. Ya se sabe que pese a su relativa modernidad, por comparación con otros emplazamientos históricos, el legado más visible de la Exposición Iberoamericana del 29, tan unido a la memoria sentimental de los naturales, es también uno de los preferidos por los turistas, pero llama la atención la fama que ha alcanzado entre los chinos y su reciente vinculación a los viajes de novios, en el marco de lo que los turoperadores llaman ofertas tematizadas. De siempre han acudido al Parque las parejas y todos recordamos aquellos antiguos reportajes en los que los recién casados se miran o besan o pasean en cuidadas escenografías, de aire camp o convencionalmente romántico. Los que vemos a primerísima hora son muy jóvenes, casi adolescentes madrugadores. Ya antes de que amanezca aparecen los novios vestidos de novios, formales y ceremoniosos, para posar concentrados en las escaleras o las balaustradas o al pie de las torres, como actores mudos de una representación que a menudo se repite –cada par con su fotógrafo, también chino, seguramente contratado por la agencia– en varios lugares de la plaza al mismo tiempo. El modesto e innegable encanto del regionalismo, tan injustamente difamado, es indisociable del esplendor solar que enciende los azulejos y las cerámicas, pero el aire fantasmal del conjunto a esas deshoras, alumbrado tan sólo por las farolas, se extiende a la arquitectura y a los propios figurantes, que vistos de lejos parecen hologramas. Por una de esas asociaciones caprichosas, no del todo inmotivadas, recordamos la enigmática película de Alain Resnais, El año pasado en Marienbad, inspirada por la maravillosa novela de Bioy –La invención de Morel, primera de las suyas– que habla, entre otras cosas, de un amor que perdura o de un amor más allá del tiempo. Dejando de lado la impresión de irrealidad, decenas de novios chinos deben de desfilar todos los días por este rincón de Occidente. No sabemos nada de ellos ni de sus vidas, pero entran ganas de desearles suerte.
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