El mundo de ayer
Rafael Castaño
Orígenes
Martín, de niño, no andaba: corría. Sus carreras provocaban las quejas de los vecinos del piso inferior, molestos por el ruido constante. Pero eso fue hace muchos años. Ahora caminaba despacio por la acera empedrada, apoyándose en un bastón de madera gastada. Era uno más de esos viejos a quienes el tiempo ha transformado en algo distinto a lo que fueron, y cuya tarea principal consiste en matar el tiempo antes de que el tiempo los mate a ellos. Tras un breve periodo de resistencia, Martín había aceptado que sus mejores años habían quedado atrás. Vivía resignado, sin futuro, sin rutinas, sin recuerdos. Se limitaba a esperar a que el partido finalizara, consciente de que jugaba ya los “minutos basura” y que el resultado no cambiaría.
Aquel día lluvioso empujó la puerta de un local de empeños. Una campanilla anunció su llegada y el interior lo recibió con olor a polvo, madera envejecida y recuerdos prestados. Los estantes estaban repletos de objetos: relojes que ya no marcaban nada, cámaras que habían capturado sonrisas olvidadas, instrumentos musicales que aguardaban nuevas manos y cajas misteriosas cuyo pasado solo conocía quien las había dejado allí. Lo que más abundaba eran teléfonos móviles superados por los nuevos modelos capaces de llevar la vida entera de sus dueños en los bolsillos más pequeños. También había dos estanterías llenas de DVD de películas mil veces vistas, algún CD y muchos videojuegos. Martín se preguntó dónde se encontrarían las promesas incumplidas de tantos políticos que había votado, y qué habría sido de los regalos con los que intentó atraer el interés de quienes amó.
El dependiente le preguntó en qué podía ayudarle. Martín, en voz baja pero con la cabeza bien alta, quiso saber si podía decirle a dónde iba el tiempo cuando pasa. Le explicó que estaba intentando recuperarlo. El hombre respondió que no lo sabía, pero le sugirió buscar en museos, bibliotecas, basureros y cementerios. No en un lugar como aquel, añadió, porque allí solo vendían cosas que aún estaban en buen estado y funcionaban. Y remató diciendo que “sólo los relojes costosos de marcas prestigiosas se vendían muy bien”. Entonces Martín comprendió por qué en los museos solo hay espacio para lo sobresaliente, y que la vida de la mayoría de nosotros no deja más huellas que los gorriones al caminar sobre la nieve.
También te puede interesar
El mundo de ayer
Rafael Castaño
Orígenes
Quizás
Mikel Lejarza
Huellas de gorrión
Forma y fondo
Victoria Adame
Formato 1980
Envío
Rafael Sánchez Saus
Vista a la derecha en el PP