El mundo de ayer
Rafael Castaño
Orígenes
Nacimos a principios de los 80. Nuestra banda sonora sonaba analógica. Pequeños planetas negros ocupaban el salón y se colaban en la última parte de las conversaciones. Los vinilos no eran decoración: concentraban la atención. La música marcaba el volumen de la tarde y también el nuestro.
Convivían con casetes que se rebobinaban con un bolígrafo o con el propio dedo, como quien intenta detener el tiempo. La música no estaba a un clic: esperaba al final de una cara A o una cara B que alguien de clase había grabado para nosotros, con los títulos escritos a mano en aquel rectángulo de plástico. Encontrar esa cinta en la mochila era sentir que había algo esperándote.
En la adolescencia llegaron los CDs, brillantes y precisos, como si el futuro cupiera en un círculo plateado. Ir a una tienda de música era plan de viernes asegurado. Recorríamos estanterías, dudábamos. Ahorrábamos para elegir bien. A veces volvíamos con las manos vacías. Pagábamos por diez o doce canciones y cambiábamos con ellas. Las escuchábamos enteras, incluso las que al principio no entendíamos. El disco era nuestro cómplice. Lo poníamos una y otra vez hasta que cada tema encontraba su lugar en nuestra propia historia.
Después la música empezó a acelerarse. Primero viajó en archivos comprimidos; luego se volvió infinita. La espera desapareció. Hoy llevamos millones de canciones en nuestro bolsillo. La abundancia lo transformó todo y cambió nuestra manera de escuchar. Saltamos de una canción a otra, de un artista a otro. La canción dejó de ser recorrido para convertirse en impulso inmediato.
Pero quienes nacimos en los 80 sabemos algo que no cambia con los años. La música no era fondo: era la forma de entender lo que nos pasaba, incluso cuando no sabíamos explicarlo. Pasamos del vinilo al CD y después al streaming sin dejar de creer que una grabación podía contener una manera nueva de mirar el mundo.
Y cuando suena aquel tema que marcó nuestra adolescencia, no es nostalgia: es conexión. Porque antes que usuarios fuimos oyentes. Y antes que cualquier código o algoritmo, la música ya estaba ahí, ayudando a comprendernos mejor por dentro.
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