Gafas de cerca
Tacho Rufino
Mi boda, la ‘mejón’
Me cae bien Santiago Segura. Habla claro. Es inteligente. Aporta caudales a sus arcas y a las del cine español moviéndose entre la comedia voluntariamente friki-grosera y el cine familiar. Cuando su coproductora María Luisa Gutiérrez recibió el Goya por La infiltrada, dijo: “Quiero compartir mi trocito de Goya con Santiago Segura porque nuestra empresa hace comedias familiares que hacen mucha taquilla y gracias a ellas podemos hacer películas arriesgadas como esta. En una industria sana se necesitan los dos cines”. Muy cierto.
Siempre me he sentido incómodo con la oposición, peyorativa para el primero, entre cine comercial y de autor. Por eso agradecí a los críticos/cineastas de Cahiers… que consideraran autores a Ford, Hitchcock o Hawks. Hay obras maestras comerciales y trullos de autor, al igual que hay películas comerciales magistrales y horribles. Las impresiones más fuertes y distintas que he sentido en un cine me las produjeron Mamma Roma o West Side Story, Fellini ocho y medio o las coreografías de Busby Berkeley, Cuentos de Tokio o Petulia, El silencio de un hombre o Volando a Río de Janeiro. Sin olvidar la gran corriente del cine comercial digno. El radical Godard dijo: “Antes, había películas medianas de calidad. A veces de calidad superior, como Lo que el viento se llevó… Ya no hay quinientas películas medianas por año, no hay cincuenta, hay dos o tres que funcionan, gracias a una explotación extraordinaria. Resultado, entre La venganza de Manon [un gran éxito comercial] y yo, no hay nada que haga de puente”.
Lo que diferencia al cine de otras formas de creación o entretenimiento es que daba dinero antes de haber creado un lenguaje normativo propio. Este se fue desarrollando mientras el artefacto capaz de registrar y proyectar imágenes en movimiento daba dinero, para que siguiera dándolo cuando el primer público se cansó de ver trenes llegando a estaciones, partidas de cartas o efectos mágicos, en un arco que, simplificando, iría de Lumière y Méliès a Griffith, de 1895/1896 a 1915/1916. Sin olvidar la creación de los colosos de la producción como Gaumont (1895) o Universal (1912), por citar dos que aún viven. Es algo asombroso y único. Como si la industria editorial o musical preexistieran a la escritura y la música. No debería olvidarse.
También te puede interesar
Gafas de cerca
Tacho Rufino
Mi boda, la ‘mejón’
La ciudad y los días
Carlos Colón
Malos tiempos para la moderación
Su propio afán
Enrique García-Máiquez
La gran colisión
Postrimerías
Ignacio F. Garmendia
Letras humanas
Lo último