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La ciudad y los días

Carlos Colón

ccolon@grupojoly.com

Cada ayatolá tiene su Buda

Los ayatolás de la corrección cargan a la vez contra Colón, Cervantes, Washington, Lee o Lincoln

Hay dos categorías de atacantes a estatuas. La primera, justificada por los hechos, es la de quienes tras haber sufrido en sus carnes a un dictador derriban sus estatuas. Recuerden la azarosa vida de la de Fernando VII que, en un arco de justo un siglo, primero estuvo en Barcelona, después en Francia acompañando a la regente María Cristina en su exilio, posteriormente en los jardines de San Telmo cuando residió allí la infanta María Luisa Fernanda y finalmente, durante la Segunda República, fue recluida en el antiguo Arqueológico Municipal -convento de Santa Clara- donde desde entonces reside. Lo mismo sucedió con las de Hitler y Mussolini, ha sucedido con las de Franco y, tras la caída de la URSS, con muchas de Lenin y Stalin.

La segunda categoría es la de las malas bestias iconoclastas (destrucción de los Budas de Bamiyan por los islamistas) y las supuestamente progresistas que juzgan el pasado (del que todo desconocen) con criterios del presente, metiendo en el mismo saco a descubridores, religiosos, esclavistas, defensores de los indígenas, políticos o escritores. Estatuas de Colón, Fray Junípero Serra, Theodore Roosevelt, el general Lee -¡o Washington y Lincoln!- están siendo atacadas o retiradas en Estados Unidos, mientras en Londres se ataca la de Churchill y en Barcelona la de Colón. Se mezclan siglos, personalidades y hechos.

Un caso aparentemente claro sería el del general Lee, que mandó las tropas sudistas en la Guerra de Secesión. Esclavista, pues. Pero hay matices. Lee era respetado por Grant. El período conocido como la reconstrucción (1865-1877) humilló y esquilmó a los estados rebeldes descartando el proyecto de reconciliación de Lincoln tras su asesinato en 1865. El funeral del antiguo oficial sudista degradado a soldado raso yanqui en La legión invencible, la nobleza del mutilado coronel sudista de Misión de audaces o el complejo tratamiento del personaje de la dama y espía sudista Hannah Hunter y su esclava Lukey en esta película son grandes momentos del cine de Ford, admirador de Lincoln, a quien dedicó su admirable Young Mr. Lincoln, y partidario del norte frente al sur en sus referencias a la guerra civil, que forman parte de una larga historia, no de absolución, pero sí de reconciliación. A ella se han opuesto siempre los racistas. Y ahora, por lo visto, también los progresistas. Y ya me dirán que pintan Colón, Fray Junípero o Cervantes en estas batallas.

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