reloj de sol

Joaquín Pérez Azaústre

Curro Jiménez

SANCHO Gracia buscaba regresar. Quería volver a ser Curro Jiménez. Pero no exactamente en una continuación, sino en una especie de principio, en un nuevo comienzo. El proyecto, que como tantos otros también partió de él, tenía un resplandor crepuscular, una suerte de reivindicación de los tiempos pasados, una elegía sutil: un viejo, cansado y retirado Francisco Jiménez vive tranquilamente en una finca, rodeado de fantasmas que le cercan, que se aparecen cada noche cuando sueña, si consigue dormir. Ha conseguir que el mundo llegue a olvidarse de él, pero él no se ha olvidado todavía del mundo, de todas esas noches galopando por Sierra Morena, acompañado de El Algarrobo, El Estudiante, El Gitano, con la faca cerrada en el fajín y el trabuco cargado apoyado en el muslo, con ese aire frío y levantisco de la serranía bajo el cielo desnudo. En algún momento, recuerda: pero no las jornadas en la guerra contra los franceses, ni las traiciones de algunos de los suyos, ni la última mañana que cabalgó en España antes de partir para América, ni tampoco una vez, cuando volvió, después de haber perdido a un hijo que interpretó en su día Jorge Sanz, en una serie que se llamó Curro Jiménez. El regreso de una leyenda, y que mostraba al héroe ya algo mayor, pero todavía con arrestos para volver a los caminos, y reencontrarse así veinte años después.

En este último proyecto que acarició Sancho Gracia, un Curro Jiménez ya al borde de la ancianidad recuerda su primera juventud, cuando su padre seguía siendo el barquero de Cantillana y él podía soñar, aún, con la normalidad civil de una vida plena. Podría tratarse de una miniserie, de cuatro o seis capítulos, en la que se esbozaran los cimientos de una personalidad marcada por una honradez prístina, el amor a su madre y a su padre, esa necesidad natural de echar raíces, y poder esbozar una tranquilidad.

Ni a Curro Jiménez ni a su creador, Sancho Gracia -dejando a un lado los excelentes guiones de Antonio Larreta y los buenos directores que pasaron por la serie, como Pilar Miró-, les estaba reservada una tranquilidad, pero sí esa plenitud de haber vivido de acuerdo con los códigos más íntimos, esos que únicamente han de justificarse ante sí mismos. Sin embargo, este hombre fortísimo, de un encanto personal inigualable, ya sólo quería estar con su familia. El proyecto, de hecho, pasaba porque el personaje del Curro Jiménez jovencito lo interpretara su hijo, Rodolfo Sancho. Es comprensible: después de toda una vida sobre la carretera, los escenarios y los camerinos, como Curro o como Máscara negra, o a bordo de un camión en Los camioneros, produciendo y dirigiendo, hasta el gran Curro Jiménez quiere echar una última tarde con sus hijos. Pero eso sí: rodando, rodando hasta el final.

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