Reloj de sol

Joaquín Pérez Azaústre

Córdoba, en rebajas

En Córdoba, en rebajas, no hay piedad para los débiles, ni tampoco dolor, ni compasión. En Córdoba, en rebajas, como en cualquier ciudad de España, gana quien da primero, gana quien da más fuerte, gana quien pisa antes o quien escorza el hueco del costado mientras el codo abre paso, escueto y lateral, incisivo y huesudo. Esto es increíble, como el programa de televisión norteamericano de los años ochenta, en el que salían hombres capaces de aguantar el peso de un camión que les pasaba por encima del pecho o de parar una bala de aire comprimido con los dientes.

Esto es increíble como las caras de Bélmez, el espectro del Titanic y los archivos secretos de las Fuerzas Aéreas sobre platillos volantes. Es increíble, después de este aluvión de consumismo, después de la resaca doble y tremebunda de estas fiestas, que la gente, el día 7, se haya lanzado así a las rebajas, como fieras en celo de lo mínimo, del ofertón gregario, del ahorro del euro o del manojo de euros, comprando lo barato por barato, con una sobredosis de desesperación incauta, en ese anonimato de la calle como una masa informe, dislocada, que va a la yugular del superprecio en este vampirismo del ahorro. Este embrutecimiento de la compra es lo más opuesto al placer de comprar.

Hay un gozo íntimo en el gasto: en el gasto escogido, acariciado, que nace de un deseo de posesión, de disfrute o de ánimo. Sin embargo, esta turbamulta pastoril, esta jauría de gentes tan ajenas al gusto de lo íntimo, va de compras cuando le dicen que hay que ir de compras y lucha por la pieza codiciada, que no es, en realidad, ningún objeto en sí, sino su precio menor, disminuido. La gente, o la marea, va buscando cosas no por necesitarlas o sentirlas, sino por unas razones tan dudosas como el abaratamiento mismo. Cosa distinta es la razón legítima de encontrar lo querido más barato, quizá más asequible, con un preciso sensato y razonable: entonces, las rebajas son democratizadoras, y se puede encontrar lo deseado. Sin embargo, lo que yo vi ayer en las calles de Córdoba, en estas riadas turbias de gentes a codazos, a patadas, invadiendo la acera, coceándola, con la ansiedad en el corte de las caras, fue una soledad muy subterránea, que es una soledad moral, especialmente. En todo consumismo hay una frivolidad que puede ser sutil, pero que es también muy individual. Las rebajas, en cambio, tomadas por la gente en plan manada, son la negación de la individualidad misma. Hemos sustituido la compañía por este consumismo desatado, que ni siquiera es elegante.

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