El parqué
Jornada de correcciones
Inevitablemente, ha muerto Raúl del Pozo. Hace ya muchos años que leí su Noche de tahúres, que le presentó Cela; o aquella otra novela, también confesional a medias, La novia, donde se relataba su vida de mozo airado en París, cuando en España la vida era ejercicio ascético. El poeta Antonio Hernández me contó muchas veces cuando ambos, Del Pozo y él, hacían Sabor a Lolas en el Teatriz de Claudio Coello esquina Hermosilla; y donde Lola Flores era la faraona catódica que acaudillaba, con solemne arbitrio, a poetas, regidores y escribas. No es eso, sin embargo, lo que uno quisiera destacar de Raúl del Pozo. Hay una forma de escribir artículos que muere con este señor de Cuenca. No es una cuestión menor, porque es un mundo que se perfecciona en Larra, pero que ya estaba en Torres Villarroel, y que en Del Pozo halla su última cima. O para no mentir, penúltima, ya que ignoramos cuanto el futuro abriga o desordena.
Del Pozo, como Umbral, como Antonio Burgos, como Manuel Alcántara, como muchos otros que no cabe nombrar aquí, fueron escritores en prensa, cuyo oficio fue el de hacer gran literatura con la cominería y el barato de lo cotidiano. La mejor página de la prensa española, allá por los finales de los noventa, era la contraportada de El Independiente donde figuraron, en apretada hermandad, Cela, Raúl del Pozo, la viñeta del Roto, y un faldón apaisado, con firma de Álvaro Quirós, tras la que se escondían Pablo Sebastián y Antonio Hernández. Con las salvedades y excepciones que ustedes crean oportunas, no ha vuelto a existir una página así en ninguna de las cabeceras nacionales. Titulo estas líneas como un pastor de Cuenca porque así se definió Del Pozo en no pocas ocasiones. Del Pozo fue un hombre de extracción humilde cuyo talento le facultó para sublimar su pobreza, ligándola al linaje de Homero y a toda una tradición arcádica, de Virgilio a Watteau, en la que el individuo es hijo natural del paisaje. Es en este mismo sentido, en el sentido que se desprende de Apuleyo y El asno de oro, en el que cabe entender aquel obsequio irónico de Cela, cuando le invitó a apadrinar un burrillo sureño en Marbella. Sobre su literatura, vertiginosa y acre, en Del Pozo siempre hubo un lirismo ancilar de indiscutida estirpe mediterránea.
Digamos, por ello mismo, que en los artículos de Raúl del Pozo existe una ambición solar, un escrúpulo pagano, una doctrina socrática e impar, que ningún otro autor español ha practicado así, ni en libro ni en prensa. Su escritura quiso incardinarse en un democratismo ático, de grave y acusada emoción lírica, que hoy acaso no tenga la relevancia ni la comprensión debidas. Es un escritor mayúsculo (un escritor de más de veinticinco siglos), quien hoy –por anteayer– nos deja.
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