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Análisis

José Ignacio Rufino

La Europa desmaquillante

La Europa comunitaria ha propiciado una legislación medioambiental decente… y no cosméticaLa UE fuerza a Ribera a rectificar el plan de 'descombustión' para 2040

Luis Cernuda escribió un poemario cuyo título es La realidad y el deseo, y aunque no cabe duda de que ambos conceptos pueden dar mucho lugar al lirismo por su dialéctica y por su apelación a la emoción y la estética, la confusión entre realidad y deseo es uno de los males más extendidos entre los humanos: es una vía rápida a la frustración. Algunos padres llevan a júnior a una depresión de relojería haciéndoles creer -con todo cariño- que son superdotados o que nadie es tan brillante como ella, su pequeña. Ya en prosa y entre gente madura, decimos que la satisfacción de un cliente (turista, paciente, alumno, amante, votante, lector…) es la diferencia entre sus percepciones y sus expectativas, es decir, entre la realidad que recibe y lo que deseaba o esperaba: si la resta da negativo (mucha expectativa para tan poca cosa recibida, sea en un crucero o con un coche), la insatisfacción aflora. Y nadie aguanta mucho tiempo insatisfecho si tiene alternativa o escapatoria. Una versión de esta tensión entre extremos -realidad y deseo- se da en política, y sobre todo en las campañas electorales (preparados, listos…). La peculiaridad en este caso es que el deseo o expectativa que crea la promesa electoral suele estar frustrada en origen: quien prometió sabía que lo hacía en falso, sin tener capacidad de cumplir. Y, por tanto, el desengaño -la cruda realidad- estaba asegurado… lo que no quita para que reincida en su voto el fatiga militante, abnegado y masoca, si es que no tiene un interés personal poco confesable, y su fidelidad es de otra variedad.

Esta semana hemos asistido a una vuelta a la realidad y al realismo del Gobierno de España, que por boca del Presidente Sánchez no dudó en prometer grandes logros progresistas… que no estaban en su precaria mano. La lista es larga, y estaba sujeta a una continuidad que ha sido abortada: garantizar la independencia de RTVE, infraestructuras prometidas aquí y allá, igualdad salarial hombre-mujer, mejorar el Estado del bienestar, reconstruir el consenso del Pacto de Toledo, terminar con las listas de espera por Dependencia. Sí ha cumplido otras más cosméticas, como el Gobierno paritario, y otras sustanciales como derogar el "impuesto al Sol". También ha llevado a cabo su promesa de entablar un "diálogo" con el Govern catalán para volver a la "normalidad", y aunque el diálogo se ha roto, sí ha dejado frutos: 1.500 millones más algunos flecos extra para Cataluña: no es negociación, es negociazo. Centrémonos un minuto en una promesa de mucho impacto entre el creciente número de personas jóvenes que se asocian mentalmente con la defensa del medio ambiente y la negrísima sombra del Cambio Climático: la Ley de Cambio Climático y Transición Energética se ha quedado de momento en anteproyecto (Baleares sí se ha aprestado a aprobar una equivalente de rango autonómico). Entre sus objetivos, por cierto, había más de un desiderátum, o sea, alguna confusión propagandística entre realidad y deseo.

Antes de ayer, jueves, la ministra para la Transición Ecológica -gran nombre, convengan conmigo-, Teresa Ribera, reculó y confirmó que no cumplirá su promesa de prohibir la venta de vehículos de combustión a partir de 2040. Sin duda era bizarro y atrevido legislar a tan larguísimo plazo con tan precarísimo Gobierno y tan heterogéneo sistema de alianzas para el poder. También era un pequeño palo para un sector de primera importancia en el PIB y el empleo, ¡y el industrial, encima!: Renault, Mercedes, Ford, Iveco, Nissan y Seat cuentan con unas 20 factorías por todo el territorio español, todas de coches y camiones de combustión. ¿Qué ha propiciado tal cambio? Pues lo mismo por lo que en España contamos con una legislación medioambiental decente: porque la UE le ha mandado a parar y a rectificar.

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