Cultura

No había masa para tanto pastel

Reino Unido-EEUU, 2010, Aventuras. 146 min. Dirección: David Yates. Intérpretes: Daniel Radcliffe, Rupert Grint, Emma Watson, Helena Bonham Carter, Alan Rickman. Guión: Steve Kloves. Fotografía: Eduard Serra. Cines: Al-Ándalus Bormujos, Ábaco, Alameda, Arcos, Cineápolis, Cineápolis Montequinto, Cinesa Plaza de Armas 3D, Cinesur Nervión Plaza 3D, Los Alcores, Metromar, CineZona.

Tal vez sea porque ya no hay infancia, esa invención victoriana que Inglaterra exportó al mundo y fue servida por escritores de primera fila como Scott, Dickens, Carroll, Verne, Stevenson, Salgari, May, D'Amici, London, Lofting, Wren, Mason, Travers, Blyton, Tolkien, Lewis, Dahl... Ya Angelo Nobile en su clásico ensayo sobre la literatura infantil y juvenil escribió: "La revolución inmediata y universal por obra de los medios de comunicación, y en particular de la televisión, de todo lo que pertenece al mundo de los adultos; la gran contaminación entre la vida del niño y la del adulto; la aceleración de las distintas fases de la edad evolutiva; el prematuro descubrimiento de intereses, incluso sentimentales y sexuales, propios de estadios posteriores de desarrollo; el alejamiento de la infancia de un mundo cándido e ingenuo (aún dentro de un orden, según los inquietantes descubrimientos freudianos) y la inmersión en una realidad adulta sórdida y brutal y el rápido desapego, sobre todo psicológico y afectivo, de la familia, parecen las consecuencias del fenómeno que ha llevado a Postman a anunciar el fin de la infancia".

Tal vez sea, decía, porque ya no hay infancia, que el universo de J. K. Rowling, heredera de los grandes creadores de libros (no sólo) para niños y jóvenes, ha tenido que adaptarse al videogusto imperante para poder prolongar su éxito en las pantallas. El cine, que comenzó a adaptar la heptalogía en 2001, no ha estado a la altura del fenómeno literario Harry Potter. La cosa empezó bien de la mano de Chris Columbus y Cuarón; pero la presión del videoconsumo juvenil ha ido ensombreciendo, agriando y privando de magia las secuelas. Y privar de magia unos relatos que tratan de ella es una grave cosa.

Es cierto que conforme los personajes crecen, y las fuerzas del mal comandadas por Lord Voldemort multiplican sus esfuerzos para dominar el mundo paralelo de la magia, el tono de las novelas se hace más sombrío. Pero unas son las sombras novelísticas, que tanto espacio dejan a la imaginación personal y tan silenciosas son, y otras las cinematográficas que, además de ruidosas (y las películas no han dejado de ascender en decibelios conforme descendían en encanto), son esclavas de unos efectos especiales que a su vez lo son de los videojuegos. David Yates, director de las dos últimas entregas y de la próxima que cerrará la serie, no es el director idóneo para filmar el universo literario de Rowling. Pero sí lo es para convertir las novelas en éxito de taquilla: su primera incursión en el universo Potter (H. P. y la orden del Fénix) es el segundo título más taquillero de la serie y esta penúltima entrega ha debutado arrasando. Es indudable que sabe hablar el videolenguaje que atrae a los jóvenes al cine.

Muy buen arranque, algún episodio notable (la toma del Ministerio de la Magia, escenográficamente deslumbrante), la mayor parte del metraje sin pulso mágico y demasiados guiños/plagios a Tolkien/Jackson. Tal vez porque lo que debía ser la última entrega se ha alargado para dividirla en dos partes (la segunda se estrenará el próximo verano) sin que hubiera masa para tanto estiramiento.

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