Crítica de Flamencone

La guitarra flamenca es parte de su anatomía

Francisco Prieto 'Currito', en el centro, el pasado viernes en la Magdalena. Francisco Prieto 'Currito', en el centro, el pasado viernes en la Magdalena.

Francisco Prieto 'Currito', en el centro, el pasado viernes en la Magdalena. / jordi vidal

Y para culminar el ciclo flamenco con la trilogía programada por la Fundación Cajasur con la organización de la Asociación de Artistas Flamencos de Córdoba, la sesión del pasado viernes en la antigua iglesia Magdalena estuvo protagonizada por Francisco Prieto Currito, guitarrista cordobés que en el último Concurso Nacional de Arte Flamenco de nuestra ciudad resultó distinguido con el premio que estaba destinado al mejor de los aspirantes con su sonanta. Y a fe que entonces lo mereció, como correspondía a quien durante mucho tiempo ha ido marcando la senda de triunfador. Con estos mimbres compareció ahora, repleto de ganas y deseos de mostrarse con la suficiencia de la que se puede preciar, aunque al entender de quien esto escribe no resultó tan completo.

Sí, una apretada exhibición, desde luego con vigor, nervio, dominio y fuerza -excesivos, estimo- para hacer el recortado y unidireccional repertorio que acometió. Palos que requerían de ritmo, es verdad, pero no necesariamente a tal velocidad, ya en los de concierto, como acompañando al cante y baile, caso del hecho por levante, uno muy personal, tangos y rumba. El interpretado por Romero; Alosno de la Conejilla, y otra rumba con la que finalizó su actuación. Admirable en todos ellos, comprobándose que tiene la música de su testa directamente conectada a su guitarra, virtuoso y solvente en el manejo de ella y un lujo en la Magdalena.

Lo demostrado por Currito, a su vez, para el baile de Jiménez en alegrías y bulerías gaditanas, respondiendo y protagonizando, siempre con la endiablada agilidad de sus dedos y manos, también en las siguientes bulerías de Utrera y Jerez, para lograr con la izquierda malabares movimientos por todos los trastes, respondiendo a su mano derecha que lograba acordes, arpegios, falsetas, fraseos imposibles para otros intérpretes, oportunos, y así hasta los rasgueos. Denotando brillantez y sentido de lo que representa ser tocaor de oficio, aun lo echado en falta, por parte del respetable también: la soleá, seguiriya y otros palos más reposados, amén de más transmisión.

No obstante, apreciado encuentro que el público aplaudió, desde el principio, con manifiesto agrado.

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