EL INGENIOSO HIDALGO DON QUIJOTE DE LA MANCHA | CRÍTICA

Donde hay música

Un momento del concierto en el Gran Teatro Un momento del concierto en el Gran Teatro

Un momento del concierto en el Gran Teatro / Juan Ayala

La figura de don Quijote fue el oportuno hilo argumental del muy trabajado concierto que, con motivo del Día de Andalucía, ofreció la Orquesta de Córdoba los pasados días 28 de febrero y 1 de marzo. Oportuno, por las evidentes conexiones andaluzas y musicales de Miguel de Cervantes. Trabajado, por las complejidades del repertorio y la excelencia evidente de los resultados.

Cervantes fue un hombre de mundo y, como tal, tenía una ingente cultura musical; disfrutaba de la amistad de músicos y, por haber trabajado en el mundo del teatro, había tenido que ocuparse de prever el aspecto musical de sus comedias y entremeses.

Pero, sobre todo, Cervantes era un gran observador; y sorprenden la variedad y exhaustividad de sus acercamientos al mundo de los sonidos: no hay aspecto de las músicas cultas y populares de su época, no hay función vital o social de este ejercicio que no encuentre un reflejo, a menudo atinado y brillante, en sus obras.

Hay un gusto por reflejar la maravilla de los sonidos, los paisajes sonoros: el canto de los pájaros (presente en los seis famosos amaneceres del Quijote), los sonidos tranquilizadores, amenazantes o enigmáticos, las voces que resuenan en los collados y los valles, el fragor de las batallas.

De entre las más de quinientas referencias musicales que pueden espigarse en toda la obra cervantina, se ha destacado muchas veces la admirativa y frecuente alusión al silencio, a veces adjetivado como "maravilloso" y comparado con realidades como "un monasterio de cartujos".

Y, por eso, ya fue cervantino el propio concierto del viernes desde su inicio, ya que Carlos Domínguez-Nieto, justo después de que sonara el Himno de Andalucía, comenzó hablando con mucho detalle de la necesidad de que la música pudiera disfrutarse sobre el más absoluto silencio.

Habló de los teléfonos móviles y de ciertos incidentes que habían ocurrido en la velada del mismo concierto el día anterior. Me hizo gracia su alusión al detalle costumbrista: nativos predigitales, muchos usuarios no saben apagarlo.

El concierto comenzó con una versión magistral del primer número de la divertida zarzuela de Ruperto Chapí (1851-1909) La venta de Don Quijote. Músicos y director sorprendieron por el vigor y la expresividad de una versión llena de optimismo.

Por cierto, esta zarzuela fue representada en el Teatro de la Zarzuela en 2005, con participación de dos personas importantes en la vida musical cordobesa: el director Lorenzo Ramos y una jovencísima -y aún estudiante por entonces- soprano Auxiliadora Toledano, quien también, como en la velada que comentamos, cantó en aquélla el Trujamán de El Retablo de Maese Pedro.

Al mismo buen nivel interpretativo estuvo la siguiente propuesta. Consistió en una selección de tres danzas de la ópera cómica Don Quijote en casa de la Duquesa, compuesta por Joseph Bodin de Boismortier (1689-1755) para el carnaval de 1743.

El argumento se inspira vagamente en las burlas que sufren don Quijote y Sancho por parte de los duques y su mayordomo. Domínguez-Nieto y sus músicos estuvieron impecables e hicieron un esfuerzo encomiable por mostrar las sutilezas rítmicas y de fraseo de las danzas del barroco francés. Muy destacable el bajo continuo al clave.

El punto de partida de Canción y danzas para Dulcinea de Antón Garcia Abril (1933) fue un encargo del canal Thames Television para la banda sonora de una serie sobre la novela Monsignor Quixote (1982) de Graham Greene. Posteriormente, la misma productora encargó al compositor turolense una obra de igual temática para un disco. Y de ahí surgieron tres canciones y tres danzas calificadas por el propio autor como "apuntes de ballet".

En mi opinión, la Orquesta de Córdoba y Carlos Domínguez-Nieto alcanzaron en la obra de García Abril los momentos cumbre de la estupenda primera parte del concierto.

La Danza del camino (que el decir de su autor "nos sitúa en la senda espiritual de un recorrido que nos acercará al amor") transformó los rostros del público. Sus expresiones parecían decir: ¡qué bonito suena esto! Más, si cabe, lo sentimos en Canción de la noche blanca, "esa visión nocturnal que ofrecen las noches de La Mancha, esas noches en donde parece que el cielo y la tierra se tocan y confunden en una fusión expresiva del azul límpido del cielo con el blanco de las casas y molinos, creando unas visiones fascinantes" (García Abril).

La extensa primera parte del concierto concluyó con Una aventura de Don Quijote, poema sinfónico de Jesús Guridi (1886-1961) estrenado en el Circo Price de Madrid el 17 de noviembre de 1916.

La obra se inspira en el episodio del vizcaíno Sancho de Azpeitia, que sigue a la aventura de los molinos de viento en los capítulos 8 y 9. La obra, en la que hoy se perciben más sus conexiones con el sinfonismo programático de la época que con el Nacionalismo en el que se inscriben otras obras del autor, fue elogiada por Carlos Domínguez-Nieto en su introducción y brillantemente interpretada. Estupendo sabor de boca el que nos dejó la primera parte del concierto.

La segunda estuvo íntegramente dedicada a El Retablo de Maese Pedro de Manuel de Falla (1876-1946). Se cuenta que Falla jugaba de pequeño a representar con marionetas aventuras de Don Quijote para entretenimiento de su hermana.

Quizás por ello, cuando la princesa de Polignac le encargó en 1918 escribir una obra breve para sus conciertos privados, el gaditano le propuso este "retablo de la libertad de Melisendra" (Quijote, II, 26) y le sugirió montarla con títeres.

La acción tiene lugar en una venta donde Maese Pedro (Pablo García-López) y su ayudante, el joven Trujamán (Auxiliadora Toledano), ofrecen una función de títeres. Entre los espectadores se encuentran Don Quijote (Francisco Araiza) y Sancho Panza. La historia cuenta cómo Don Gayferos rescata a su esposa Melisendra, prisionera por los moros en la ciudad de Sansueña.

Don Quijote, al observar la escena, llevado de lleno por la acción y queriendo una vez más deshacer entuertos, desenvaina la espada, pero lo único que consigue es destruir el teatrillo y los muñecos.

Disfrutamos enormemente con esta obra singular y con las interpretaciones del trío vocal y de los solistas instrumentales, todos coordinados por una lectura sólida e inspirada de Domínguez-Nieto.

El gran Francisco Araiza estuvo estupendo en lo técnico y en lo expresivo. Auxiliadora Toledano, además de regalarnos la belleza de su timbre vocal, hizo maravillas para que se entendiera su exigente papel lleno de palabras. Y Pablo García-López supo también dar convicción y carácter a su personaje.

Es justo decir que el disfrute hubiera aumentado si, además de la explicación del director, se hubiera contado con algún recurso (texto, proyección…) que ayudara al respetable a recordar o contextualizar los pormenores de la historia.

En el Renacimiento y el Barroco era habitual incluir en la decoración de los instrumentos lemas o frases alusivas a la música o la filosofía. En los interiores de las tapas de los clavecines podían leerse mensajes sobre la vanidad de los empeños humanos (Sic transit gloria mundi) o sobre el consuelo que brinda la música: Musica laetitiae comes, medicina dolorum. A

lgunos constructores modernos de instrumentos antiguos siguen la antigua tradición y a veces actualizan esos mensajes. En la tapa del clave empleado en el concierto podía leerse una oportuna y muy conocida cita del Quijote: "Donde hay música no puede haber cosa mala".

Citemos, para terminar, el pasaje:

"Y pasó adelante. Poco desviados de allí hicieron alto estos tres carros, y cesó el enfadoso ruido de las ruedas, y luego se oyó otro, no ruido, sino un son de una suave y concertada música formado, con que Sancho se alegró, y lo tuvo a buena señal; y así, dijo a la duquesa, de quien un punto ni un paso se apartaba: —Señora, donde hay música no puede haber cosa mala. —Tampoco donde hay luces y claridad –respondió la duquesa. A lo que replicó Sancho: —Luz da el fuego, y la claridad las hogueras, como lo vemos en las que nos cercan, y bien podría ser que nos abrasasen; pero la música siempre es indicio de regocijos y de fiestas" (Quijote II, 34)

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