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Cultura

La belleza narrada durante mil años

  • La Fundación Godia expone hasta el 17 de septiembre en las salas del Palacio Episcopal de Málaga medio centenar de piezas de su colección desde los fondos medievales hasta el siglo XXI

La belleza en el rostro de una Virgen de la Leche, en la mirada de la primera Sagrada Familia que se conserva, en un paisaje burgués, en una reunión social en el hipódromo barcelonés de principios del siglo XX. La belleza en el semblante marginado de una gitana de Nonell, en los jardines de Joaquim Mir, en el trasiego parisino de la rue Lepic de Sunyer, en la muchacha de Picasso. La belleza como el elemento evocador de la pieza, como columna vertebral del arte en el que se funden mensaje y estética desde el principio de los tiempos. Narrada durante mil años, en las salas de Ars Málaga en el Palacio Episcopal se puede contemplar un recorrido por las joyas de la colección Godia, que se reúnen por primera vez en la selección más completa de sus fondos, desde el arte medieval hasta el siglo XXI. La muestra, compuesta por medio centenar de obras, se podrá visitar hasta el 17 de septiembre.

Bajo el sugerente título de La esencia de la belleza, la comisaria de la muestra, Mercé Obón, ha querido hacer una lectura completa del espíritu de esta colección privada que, por un lado, ha pretendido rescatar obra histórica y por otro, desde la creación de su fundación por Liliana Godia a finales de los 90, poner su mirada en la creación actual. Y todo esto rindiendo homenaje a su precursor, Francisco Godio Sales (Barcelona 1921-1990). "La colección histórica nació casi desde cero, heredó algunas piezas de su padre pero más bien de nivel decorativo", relata Obón. Él era empresario y piloto de carreras. Esta pasión le llevó a los grandes premios y fue fichado por Maserati durante dos años. En 1956 Francisco Godia obtuvo la sexta posición en el campeonato mundial pero tuvo que elegir entre sus negocios y su pasión y a medida que fue abandonando el motor se inició en el coleccionismo. En los años 60 comenzó sus adquisiciones y en una década consiguió reunir una de las colecciones más importantes de España, como explica la comisaria de la muestra.

La alta burguesía del siglo XIX quería emular a los fondos reales y tener sus Zurbarán y sus Murillos, pero para muchos de los que llegaron posteriormente lo principal fue "recuperar lo mejor del arte anterior", y el rescate del patrimonio románico y el gótico que se perdía en las iglesias y ermitas, muchas de ellas casi en abandono, fue clave en este periodo. "Todo el que se enriquecía quería tener su colección de arte y Godia quiso que la suya fuese espejo de las grandes colecciones de principios de siglo", comenta Obón. Para conseguirlo, compró en bloque los fondos de un mecenas de los años 40, Nacís Ricard, antes de que comenzara a desmembrarse. Hoy en día más de un millar de piezas conforman los fondos que visitan Málaga por primera vez.

En las salas el recorrido se ha articulado de forma cronológica y se inicia con una representación de dos tallas de Vírgenes policromadas datadas en el siglo XII y XIII, una de ellas de León y la otra del Pirineo catalán. Pero la primera sala está prácticamente dominada por la Virgen de la Leche, una tabla de grandes dimensiones procedente de la ermita de Santa Catalina de Torroella de Montgrí, en Gerona, y atribuida a Llorenç Saragossà. "Esta pieza nunca había salido de Cataluña", apunta Obón, y relata que su autor fue pintor de la corte de Pedro IV de Aragón y que salió a subasta por 4.500 pesetas. "Finalmente fue adjudicada por 5.650 pesetas con el compromiso escrito de que nunca saldría de España y de que se tendría que hacer una réplica de la obra para que se quedara en la cripta", agrega la comisaria. También apunta que la tabla de 1363-1373 mantiene el grosor original.

En la misma sala una Santa María Magdalena de Jaume Huguet llama la atención con su temple de colores rojos y su pan de oro. Y en la sala contigua Alegoría de la Iglesia y el Ángel supone un grupo escultórico del año 1300 que mantiene la vestimenta real de la época. Frente a ellos, se exhibe el más importante de los tres Cristos góticos de tamaño natural que posee la colección. También se muestran ejemplos de arte flamenco, la Piedad de Alejo de Vahía datada en 1500, retablos y relieves. Entre las estrellas de la colección destacan la primera Sagrada Familia que se conserva, pintada por Pedro Berruguete en 1500 y San José con el Niño de Zurbarán (1660). Ambas piezas son adquisiciones posteriores de Liliana Godia.

El barroco inicia diálogo en la muestra con los modernistas, "que se seguían inspirando en la pintura del Siglo de Oro español", según comenta la comisaria. Cantera de Montjuïc de Santiago Rusiñol supone una extraordinaria pieza que cohabita con las gitanas de Nonell. "Este artista quiso retratar otra realidad, la de los marginados, los enfermos, fue tremendamente moderno y mal entendido, no le dio tiempo a la celebridad, murió muy joven y se conserva poca obra", dice Obón, que destaca su carácter de "artista avanzadísimo para su época", principios del siglo XX.

De las pinturas al aire libre y los paisajes se pueden ver obras de Ricard Canals, Eliseu Meinfrèn, Segundo Matilla y destaca especialmente el fragmento de la decoración de la Casa Trinxet de Joaquim Mir, de 1903. El gran lienzo En el hipódromo (1899-1901) de Ramón Casas retrata una de las costumbres de la época para la gente adinerada, el día en el Hipódromo de Barcelona donde las señoras exhibían sus últimos vestidos traídos de París y los hombres cerraban asuntos de negocios.

La última sala de la muestra se dedica a las vanguardias, aquellos que quisieron entablar un lenguaje moderno al margen de los cánones sociales que imponía la alta burguesía. Mercado de la rue Lepic de Joaquim Sunyer, con el trasiego de la clase trabajadora del barrio de Montmartre, el Autorretrato y la Figura femenina de Torres-García, Mujer con libro de José de Togores, La mujer acostada de Óscar Domínguez y Rosa en el estudio del artista de Manolo Hugué son algunas de las piezas que se pueden ver en la parte final del recorrido. Frente a ellas, dos pequeñas obras de Pablo Picasso, Pere Romeu en un campo de lirios, fechado en 1900 para la primera individual que el malagueño hizo en Els Quatre Gats y Rostro de muchacha, de 1909. "De la primera en la que aún Picasso no tenía ni 20 años a esta segunda en la que ya anticipa el cubismo, en la que deja de lado rasgos personales para hacer un rostro universal han pasado muchas de sus épocas y nos resultaba interesantísimo mostrar este contraste", considera la comisaria.

De la parte más actual de la colección han viajado tres obras, dos de los artistas nacionales con mayor proyección internacional, como son Jaume Plensa y Miquel Barceló y la impactante pieza del chino Zhang Huan. "Este artista trabaja con cenizas de los templos budistas, en los que se queman los deseos, porque considera que en cierto modo es representar las aspiraciones del pueblo chino", dice Obón, y relata lo delicado de manipular este material que se fija con un espray.

La muestra se completa con la edición de un catálogo científico, "un proyecto riguroso y serio de estudio que es lo que permanece, es una publicación de referencia para la historia", considera la comisaria.

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