Crítica de Música

Intensidad de Mahler

La Orquesta, el pasado jueves, en el concierto. La Orquesta, el pasado jueves, en el concierto.

La Orquesta, el pasado jueves, en el concierto. / josé martínez

En su vuelta de tuerca al último Romanticismo musical, la personalidad de Gustav Mahler (1860-1911) tuvo mucho que ver con el advenimiento del Expresionismo. En su obra se plasma la dualidad de la Viena de aquellos tiempos: lo artificioso y lo espontáneo, lo trascendente y lo banal, el idealismo y el naturalismo, lo sublime y lo grotesco, la euforia y la depresión. La propia personalidad de Mahler, que él mismo reconocía como la base de su arte, encarna esa especie de trastorno ciclotímico de la época: "Si mi vida fluyese apaciblemente como un riachuelo, creo que no hubiese sido capaz de componer nada".

Esbozada en Kassel en 1885 y concluida en Leipzig tres años después, la primera sinfonía de Gustav Mahler fue recibida con frialdad y algún que otro abucheo en su estreno el 20 de noviembre de 1889. En esa ocasión, la obra fue anunciada como "poema sinfónico en dos partes". En la primera de ellas estaban los movimientos Introducción y Allegro comodo, Andante y Scherzo; y en la segunda, dos más, A la pompes funèbres [sic], attaca y Molto appasionato [sic]. En una revisión posterior, realizada a principios de 1893, el compositor eliminó el Andante, si bien lo reintrodujo unos meses después. Por entonces, la obra se adornaba de asociaciones programáticas: de los días de juventud, primavera sin fin, Blumine, a toda vela, commedia humana, Marcha fúnebre a la manera de Callot, dall' Inferno al Paradiso. A pesar de lo ilustrativo de estas denominaciones, Mahler, además de eliminar definitivamente el segundo movimiento tras la audición de Weimar en 1894, decidió suprimir todos los subtítulos antes de la ejecución en Berlín de 1896. Esa inestabilidad de sus propias decisiones con respecto a la estructura de la sinfonía está también en la esencia de la obra misma, pero es la base de muchos de sus aciertos y novedades expresivas. En especial, los de su movimiento más célebre: la irreverente marcha fúnebre, al parecer inspirada en un grabado que mostraba una comitiva de animales portando el ataúd del cazador. Musicalmente, es atrevido: una marcha en canon hecha sobre una melodía infantil cambiada de modo e interrumpida por episodios como de música callejera. El resto de la obra no es menos complejo y lleno de contrastes y sorpresas que todavía fascinan a la vez que desconciertan al oyente. La complejidad de alternar materiales musicales diversos, de apostar por orquestaciones densas y difíciles… La sorpresa de poner juntos el más acendrado romanticismo y su burla.

Lo dicho, conocido sobradamente por el aficionado al repertorio sinfónico, ponía en antecedentes al respetable del reto que suponía para Ramos y para la Orquesta de Córdoba el integrar a los 46 músicos de la Orquesta Joven de Córdoba. Con entusiasmo se sumaron a la plantilla habitual para completar el efectivo instrumental requerido por la obra. El resultado me pareció razonablemente bueno: junto a momentos justificadamente confusos hubo muchos de gran brillantez. Y la experiencia fue sobresaliente desde el punto de vista educativo. Para todos.

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