Crítica de Música

Didáctica ilustración flamenca

David Pino, durante su actuación. David Pino, durante su actuación.

David Pino, durante su actuación. / Juan Ayala

Todavía podemos saborear el recuerdo del original montaje Nazareno y Olivares, homenajeando a Fosforito, que asumió David Pino dentro de los espectáculos que se presentaron con motivo del pasado Concurso de Arte Flamenco en Córdoba. Porque este cantaor -con laureado palmarés de distinciones flamencas en los Concursos Nacionales cordobeses, Mención en 1998 y Premio Marchena 2007-, profesor del Conservatorio Superior de Música, no se da tregua para colaborar en continuos actos familiarizados con este hermoso arte. Es el caso que nos reclamó el pasado sábado al Teatro Góngora con la presentación de Mi largo caminar. Un recital donde repitió el estreno de su primer disco, en Puente Genil, en el mes de febrero.

Y a la sazón Pino, con una puesta en escena austera, pero íntima y acogedora, midiéndose como pedagogo e ilustrador con su personalísima voz en el repertorio de los palos anunciados. Todos con cuidados arreglos, que fueron sorprendiendo y agradando a la audiencia, emocionando sobre todo con la bella vidala, un cante de los ida y vuelta que, por cierto, para servidor fue una novedad ser la primera vez que la escuchaba en directo sobre el escenario, y además al alimón con Dénez.

Así, la soleá apolá, simbiosis de las diferentes versiones oídas, la rica petenera compendiando desde la de Pastora a la del maestro Fosforito pasando por la de Medina. Caso de la novedosa liviana, caracoles con Keko al baile, malagueña de Chacón, como también para concluir el recital por tangos de Triana y El Piyayo. Denotando los vastos conocimientos del cantaor pontanés con la variada propuesta para esta exposición registrada en el estudio y, a su vez, brillando la nómina de flamencos que reunió el espectáculo. Los así detallados en la ficha que incluyó David Pino, con el cante de Dénez, las ricas sonantas que se sumaron al acontecimiento encabezadas por las de los maestros Manolo Franco y Gabriel Expósito, todos ellos a su vez, aportando su personal arreglo al correspondiente palo, dejando cada uno y en gregario conjunto, la impronta de sus latidos y la maestría como artífices reluctantes. Sumando, en esta reseña, en la cuenta del resultado final de Mi largo caminar, con el manifiesto regusto del aforo, que no se dio tregua a la hora de aplaudir con espontaneidad.

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