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"El humor permite tratar temas que de otra manera no se podrían tratar"

Ginebra Huertas. Ilustradora y escritora

Ginebra Huertas durante la presentación de 'Cómo perder el pelo en 10 días' en Sevilla. / Juan Carlos Muñoz
Cristina Valdivieso

12 de marzo 2026 - 05:59

A los 18 años, Ginebra Huertas (Madrid, 2000) vivió lo que nadie espera al comenzar la vida adulta, un diagnóstico de linfoma de Hodgkin que puso en pausa sus planes, sus estudios y hasta su propia imagen. Hoy, varios años después, y con el tratamiento superado, convierte aquella experiencia en un relato vivo lleno de humor y sensibilidad, en su libro Cómo perder el pelo en 10 días. Entre ilustraciones, consejos prácticos y recuerdos íntimos, Ginebra comparte no sólo la historia de su enfermedad, sino también las lecciones que la acompañan al reconstruirse, al mirar el mundo y a sí misma desde otra perspectiva.

Pregunta.Han pasado varios años desde su diagnóstico. Cuando mira atrás, ¿qué recuerda con más intensidad de aquella etapa?

Respuesta.Recuerdo esa etapa como una mezcla de cosas positivas y negativas. Por un lado, mucha incertidumbre y miedos, muy ligados al ámbito médico. Pero también recuerdos muy bonitos, de sentir mucha felicidad, algo que suele sorprender a la gente. En el libro digo que es como si se dilatara el barómetro de las emociones. Todo se vive con más intensidad. Hay momentos muy duros, pero también momentos muy felices. No eran cosas extraordinarias, no podía viajar ni hacer nada muy atípico, pero sí recuerdo sentir mucha felicidad en momentos cotidianos con amigos o familia.

P.En 'Cómo perder el pelo en 10 días' mezcla relato y dibujos realizados tras la enfermedad. ¿Qué le permitió el dibujo que quizá no podía expresar con palabras?

R.El dibujo me ha ayudado a entender y a plasmar cosas que son difíciles de explicar con palabras. Mientras escribía, muchas escenas me venían a la cabeza en forma de dibujos, y a través de ellos podía mostrar el humor y la ironía con la que veía ciertas situaciones, exagerando la realidad hasta un punto que resulta gracioso, pero siempre partiendo de algo real. Creo que las ilustraciones ayudan a expresar y a entender emociones que a veces no sabemos explicar. Por eso también hice la exposición de ilustraciones para salas de espera oncológicas: igual que a mí me ayudan a explicar cosas, a otras personas pueden ayudarles a reconocer o comunicar cómo se sienten, incluso sin tener que explicarlo con palabras.

P.Le diagnosticaron con 18 años, en un momento en el que la vida parece que empieza a abrirse. ¿Qué fue lo más difícil de afrontar siendo tan joven?

R.Lo más difícil fue la sensación de que se te escapa el tren. Con 18 años yo pensaba que la vida empezaba a abrirse y que me tocaba vivir sin límites. Había terminado el colegio, iba a empezar la universidad en Londres estudiando lo que quería y sentía que era el momento de disfrutar y de comerme el mundo. De repente apareció la idea de que no soy inmortal y de que cosas que das por sentadas, como la salud a esa edad, pueden no estar garantizadas. Fue como estar viendo la meta y, sin previo aviso, tener que dar la vuelta y volver al principio. También era extraño estar en el hospital rodeada de personas mucho mayores, porque no parecía corresponder con tener 18 años. Esa mezcla de juventud y enfermedad es algo que a mucha gente le choca cuando escucha la historia.

P.En el libro se percibe que, incluso en los momentos más duros, hay espacio para el humor. ¿Cómo le ayudó esa forma de mirar la situación durante el tratamiento?

R.El humor no era algo forzado, es la manera en la que mi familia y yo hablamos y bromeamos en el día a día. Está muy integrado en nuestra forma de relacionarnos. A mí me ayudaba a poder hablar de cosas difíciles. El humor funciona como un canal para tratar temas que de otra forma se vuelven muy densos. En el libro también aparece así, cuando la historia llega a un punto demasiado duro, surge una broma que ayuda a parar un momento y a poder seguir adelante sin perderte en esas emociones.

P.Muchas personas hablan de un antes y un después del cáncer. ¿En su caso siente que esa experiencia cambió su manera de entender la vida?

R.Se habla mucho de ese antes y después, pero a mí me parecía un peso muy fuerte sentir que tenía que cambiar y convertirme en una persona madura, una roca o una superheroína. La realidad es que sigo siendo una adolescente y todavía tengo mucho que aprender de la vida. No me gusta mucho ese discurso de que una persona enferma tiene que cambiar. Bastante es haber vivido algo así como para sentir además que tienes que ser cada día una persona extraordinaria o que no puedes enfadarte por tonterías. Yo sigo enfadándome por tonterías, aunque también sea consciente de otras realidades que quizá otras personas de mi edad, por suerte, no tienen presentes.

P.Escribe con mucha franqueza sobre momentos muy íntimos. ¿Hubo algo que dudó en contar o que decidió dejar fuera?

R.Hay temas muy profundos que cuento con mucha sinceridad, hasta el punto de que mi madre, cuando leía el libro, me decía que me estaba abriendo mucho. Para mí era importante que primara la sinceridad, porque si en unas cosas lo era y en otras no, el relato perdía sentido. El tema que más me costó decidir si incluir o no fue el de la fe. Dudé porque no quería que algunas personas se sintieran fuera y porque existe cierto estigma alrededor de la fe. Pero al final decidí incluirlo porque es mi historia y para mí ha tenido un papel muy importante en cómo he vivido todo esto.

P.Cuando terminó el tratamiento comenzó otra etapa menos visible, la de volver a la vida cotidiana. ¿Cómo fue ese regreso a la normalidad?

R.Para mí es el capítulo más importante del libro, porque del resto se habla más o menos y hay algo de información, pero de la etapa del post-cáncer se habla muy poco. Para mí fue la parte más dura y la que más desconocía, porque cada persona vive su proceso de manera distinta. En mi caso fue difícil enfrentarme, por ejemplo, a que una niña que conocí en el hospital no superó la enfermedad; a ella le dedico el libro, Patricia. También fue duro volver a la realidad de la vida a los 18 años, donde la gente hace cosas propias de esa edad, mientras yo había vivido algo que me había hecho madurar ciertos aspectos antes. Volver al mundo real fue como tirarte a un río que va muy rápido. Tienes que tener fuerza para nadar. Yo necesité tiempo para recuperarme y asentarme en todos los sentidos. Poco a poco fui reinsertándome, porque si no tienes fuerza suficiente, la corriente te arrastra.

P.A menudo se habla del paciente, pero menos del entorno que le acompaña. ¿Qué papel tuvo su familia y amigos en todo el proceso?

R.Tuvieron un papel importantísimo. Soy muy consciente de que soy muy afortunada, no solo por las posibilidades médicas o económicas, sino por tener una familia que pudo estar ahí conmigo, algo que no todo el mundo tiene. Mi familia estuvo muy presente: mi hermana pequeña se volvió un poco la hermana mayor, mi madre y yo éramos casi una extensión la una de la otra, y mis padres nunca me dejaron sola. Me acompañaban a la quimioterapia y en verano se turnaban para llevarme cada día a radioterapia. También me sentí muy arropada por mis amigos. Muchos vivían fuera, pero venían a verme y se organizaban para acompañarme

P.El libro también ofrece información práctica para quienes atraviesan una enfermedad similar. ¿Qué le hubiera gustado saber cuando recibió el diagnóstico?

R.El libro es como una bomba de información que te absorbe sin darte cuenta. Cuando me diagnosticaron, mi madre filtraba toda la información que recibíamos y se encargaba de organizar lo que yo necesitaba saber. Por ejemplo, cuando se me cayó el primer pelo, ya tenía cita para la peluca. Saber que ella controlaba el proceso me tranquilizaba y tener la peluca o productos de cuidado me daba sensación de control, aunque todo lo demás fuera imprevisible.

P.Si pudiera hablar con aquella Ginebra de 18 años, ¿qué le diría?

R.Yo siempre digo que no hay un consejo posible. Cada uno lo vive como puede. Sí le daría muchos ánimos, recordándole que aún hay cosas buenas, que no todo es blanco o negro, y que confíe en sí misma para procesar el shock y retomar el rumbo de su vida más adelante.

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