Responso a Verlaine | Crítica

Un corazón disuelto en músicas

  • En 'Responso a Verlaine', Arturo Ramoneda compone una nueva y razonada antología del gran poeta nicaragüense, heraldo del Modernismo y genio renovador de las letras en español, Rubén Darío

Rubén Darío en el teatro Odeón de Buenos Aires, en 1912 Rubén Darío en el teatro Odeón de Buenos Aires, en 1912

Rubén Darío en el teatro Odeón de Buenos Aires, en 1912

En sus palabras iniciales, Arturo Ramoneda recuerda no solo la naturaleza heráldica de Rubén, cuya poesía acaudilla, a uno y otro lado del Atlántico, la llama frívola y erudita del Modernismo; sino el destacado relieve intelectual del poeta, que marchó en paralelo a su acendrado cosmopolitismo. No hay una figura española que pueda igualársele, en aquella hora final del XIX, en esta doble faceta de su apostolado pagano y musical y su designio panamericano. Ahí se hallan, diseminadas, las razones que alertarían el juicio de Valera, tras su lectura de Azul. Pero también, y sin que acabe de revelarse explícitamente, la novedad estética que ocultaba dentro de sí la llama modernista, y que no es otra que la remoción y el goce cultural de la Historia.

Rubén ya no enjuicia moralmente el arte anterior, sino sólo espléndida variedad estética

Quiere esto decir que a Rubén, como a su maestro Verlaine (“Padre y maestro mágico, liróforo celeste”), no le afligen ya la banderías estéticas que llegan al Romanticismo y su predilección por la ojiva gótica, en la que aún militaba Ruskin. En Rubén, y en ese complejo movimiento que se llamó el Modernismo, lo que subyace es una Historia cultural, una Historia del Arte. Lo cual implica que Rubén ya no enjuicia moralmente el arte anterior, sino sólo espléndida variedad estética. Y eso es lo que hallaremos en todo su obra: el amor a la imaginación y a su originalidad expresiva. Se trata, en consecuencia, de un recorrido cultural, de una apropiación artística del ayer, como no se había hecho antes, y que Borges y Schowb y Apollinaire llevarán al orbe de lo improbable y lo fantástico. Antes, en cualquier caso, se ha debido producir este interludio musical que trae Rubén para el vasto ámbito de lo español, donde el mundo comparecía en su total extensión, geográfica, temporal y mítica.

No mucho después, las vanguardias atormentarían el idioma en pos de una inhumanidad pujante y esquemática. En Rubén, sin embargo, es el caudal del hombre y la cultura, el vario fruto de las razas, el que se desordena y marcha alegremente ante el lector, como un joven corazón disuelto en músicas. Es la vida, es la lengua en su más alta expresión, henchida y favorable.

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