Literatura

Pilar Pedraza, la Mater Tenebrarum de nuestras letras

  • La editorial Valdemar ha vuelto a colocar en nuestras librerías 'Arcano Trece', un volumen de evocadores relatos de la autora toledana con la muerte como tema central

La profesora y escritora Pilar Pedraza (Toledo, 1951). La profesora y escritora Pilar Pedraza (Toledo, 1951).

La profesora y escritora Pilar Pedraza (Toledo, 1951). / D. S.

Hay diversas vías de acceso a la obra de Pilar Pedraza –yo lo hice a través de sus ensayos–, pero creo que los cuentos crueles de Arcano Trece (Valdemar) serían una manera óptima de internarse en este jardín umbrío, pues ofrecen en abanico sus muchos intereses e inquietudes y, quintaesenciados, sus temas predilectos: lo femenino y las diferentes representaciones de lo femenino, en especial ciertos estereotipos perpetuados por las artes como los de la bruja o la belle dame sans merci; los cultos populares, la superstición, la leyenda; el mito, el misterio y el miedo; los íncubos y los súcubos; la anomalía, el monstruo o lo monstruoso (una monstruosidad tanto física como conceptual); el dictado y la dictadura de la carne, sus heridas y desgarros; la pasión en todas sus expresiones; las inagotables posibilidades dramáticas de la noche, las tinieblas y el susurro, etcétera. Todo ello sostenido por una prosa de un gran poder evocador, sigilosa, felina, sensual.

En unas declaraciones recogidas por Norberto Luis Roberto en su introducción a La pequeña pasión (Cátedra), Pilar Pedraza declaraba: "Me considero una escritora transgresora, que únicamente sigue su instinto hacia el lado oscuro del alma humana horrorizada por los convencionalismos y la corrección política". Esta inclinación hacia lo oscuro y lo oculto la ha convertido en la gran Mater Tenebrarum de nuestras letras, una maga de la ficción que ha recogido y renovado para nosotros lo más selecto de la tradición gótica. Lo viejo y lo nuevo se entremezclan en las páginas de Arcano Trece.

El lector se reencontrará con brujas, vampiros y licántropos, que no son exactamente los de antaño, sino las versiones debidamente remozadas de aquéllos. Ángela, la aspirante a bruja que aparece en dos relatos, es una niña –inquietante, como todas las niñas de Pedraza– que usa la brujería para conseguir su independencia; en Días de perros, el potencial licántropo es un mendigo que pide limosna a la entrada de una iglesia; la vampira entrevista en Mascarilla acepta una sesión de maquillaje gratis en unos grandes almacenes. Los escenarios de antaño –camposantos, caserones, desvanes, sótanos, bibliotecas, catedrales– conviven con otros más inmediatos, como las carreteras solitarias, las fábricas abandonadas y los cines de medianoche que recorre La chica de la moto en el relato homónimo.

El volumen toma su nombre del decimotercer arcano del tarot, la muerte, que no es una cosa sola, sino muchas. La muerte aparece como acechanza, punto final, pero también como punto y seguido en Las novias inmóviles, una exquisita nouvelle en torno a muertos recompuestos y devueltos a la vida encima de una mesa de laboratorio, que luego recorren el mundo como sombras fantasmales, sobre la cual se proyecta el mito del moderno Prometeo y la leyenda del Gólem.

La muerte puede ser también una zona de tránsito, tal como plantea el relato Balneario, o un acto de liberación, según se entrevé en Anfiteatro, una sugerente incursión en la leyenda de las mujeres pantera, que inspirara una magistral película de Jacques Tourneur, muy querida por nuestra autora. La muerte se nos muestra como campo de batalla en el que se repiten los lances de la vida, pero puede ser asimismo un objeto de culto u objeto estético, según vemos en Tres Ayes del Águila Mejicana. La muerte es abismo y musa. Y es, en todo momento, el misterio último y definitivo.

En torno a este poderoso punto magnético, orbitan trece ficciones que nos envuelven en tinieblas milenarias, miasmas enigmáticos, nubes que parecen de tormenta, pero que no son de tormenta. Unas ficciones intrigantes, inquietantes, recorridas por un sentido del humor muy saludable. Un humor negro, negrísimo, tanto como esas sombras que Pilar Pedraza invoca continuamente.

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