Infancia berlinesa hacia mil novecientos y Calle de sentido único| Critica

Misterio y enumeración del mundo

  • Periférica publica dos breves y sugerentes obras de Walter Benjamin dedicadas al que quizá fuera su único tema, la naturaleza y la significación de la ciudad, recogida en imágenes de infinita y dúctil sugerencia 

Imagen del escritor y filósofo berlinés Walter Benjamin Imagen del escritor y filósofo berlinés Walter Benjamin

Imagen del escritor y filósofo berlinés Walter Benjamin

Periférica publica dos breves y significativas obras de Walter Benjamin, de intencionada sugerencia, donde lo que se pretende, a la manera elusiva que acostumbra, es una suerte convocatoria y enumeración del mundo, de su mundo, del Berlín de primeros del XX, y ello en dos estadios distintos, separados por una radical cesura: la Gran Guerra, que sumió a la Alemania derrotada en una crisis económica y social de la que saldría, como sabemos, otro conflicto armado. Aún así, tanto el Berlín modernista que se contiene en la Infancia berlinesa hacia mil novecientos, como la Calle de sentido único donde se reconstruye, al modo sincopado del publicista, la ciudad de entreguerras, responden a una misma forma de concebir la literatura y a un mismo proceder estético. Un proceder estético que pudiéramos vincular fácilmente con Warburg y su pathosformel, pero cuyo linaje, como veremos, es más vasto e intrincado.

Ginzburg tiene escritas páginas de enorme perspicacia sobre el saber indiciario y sus implicaciones artísticas. Desde la gran literatura policial de Conan-Doyle al método psiconalítico de Freud, lo que Ginzburg destaca es una forma de conocer el todo a través de la parte, la enfermedad a través del síntoma, de la que Benjamin y sus Pasajes son uno de los grandes ápices del XX. En este sentido, es necesario recordar que Freud extrajo su método del crítico de arte italiano y senador del Reino, Giovanni Morelli. Y también debe destacarse que dicho proceder es el mismo que emplearán, con notable inteligencia, tanto el esteta John Ruskin como su devoto discípulo y contradictor, Marcel Proust, cuyo mecanismo -de orden psicológico- se recogía en la figura del bizcocho mojado en té, a partir del cual la memoria reobraba su misteriosa e inagotable magia. Ruskin, en fin, creía en la posibilidad de reconstruir una época, un orbe cultural, a través del detenido examen de un capitel. Proust, más modesto, sólo quería recobrar, no tanto el mundo de Guermantes, sino su memoria de él, de naturaleza necesariamente esquiva. Esta es la misma mecánica que empleará Freud, aplicada al inconsciente y a la interpretación de los sueños. Sueños cuya aparente arbitrariedad, cuyo uso dislocado de las imágenes, encubridoras del recuerdo, usará De Chirico en su pintura.

Benjamin busca fijar el mundo de la ciudad, aún sin historia, en una imagen concreta que lo solemnize en la memoria humana

De Chirico, al desplazar el significado de las imágenes, buscaba ver los objetos por primera vez, desde una extrañeza originaria. Y eso es lo que Benjamin parece pretender en su Infancia berlinesa hacia mil novecientos. La nueva consideración, llena de una cordial ajenidad, del viejo mundo. Un viejo mundo, el de Benjamin, que no es sino el mundo vertiginoso de la ciudad, aún sin historia, sin una imagen concreta que lo solemnize y lo naturalice en la memoria humana, como ocurre con la milenaria vida del agro. Es aquí, como decíamos, donde Benjamin se aproxima a un lugar común de aquella hora, que Warburg llevaría a su extremo clásico: la existencia de formas míticas, anteriores o externas a la historia, que de algún modo prefiguran o expresan nuestros sentimientos. Eso es lo que buscaba, secuencialmente, la pathosformel, y eso es lo que busca, de forma expresa, Benjamin, en esta Infancia berlinesa..., escrita en 1932. Cuatro años antes, su Calle de sentido único parece buscar la impresión/expresión de la ciudad por la vía de los nuevos mecanismos de promoción y producción masivas. Lo cual, como sabe el lector de Benjamin, no es otra cosa que la ambiciosa y fantasmal requisitoria -otra vez las huellas, los indicios- que se practica en la obra de los Pasajes.

Como resultado lógico de tal forma literaria -el fragmento- y de dicha concepción estética de la imagen, a cuyo fondo quizá tiemble un arquetipo, el lector de Benjamin es, necesariamente, un lector participativo, que necesita de cierta atención, de cierta habilidad para la sugerencia, de la que emanará, en última instancia, una imagen total, pero a la manera puntillista, del Berlín de aquella hora. También, y principalmente, una imagen del propio Benjamin, que aquí nos ofrece, junto al delicado ejercicio de melancolía, una modesta teoría del conocimiento.

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