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Córdoba

La voz dormida de las represaliadas

  • Josefa Patiño Peleó por su amor y sufrió en sus carnes la falta de libertad; su historia fue llevada a la literatura y al cine de la mano de Dulce Chacón y el director Benito Zambrano

La historia de amor de Pepita y Jaime empezó recién acabada la guerra entre los muros de la cárcel de Córdoba, a la que él había llegado desde un campo de concentración. Pepita Patiño y Jaime Cuello se conocieron en 1940 mientras ella iba a la prisión a visitar a un tío suyo. Tenía 19 años, vestía completamente de negro por la muerte de su madre, rubia con unos profundos ojos azules, por lo que llamó la atención de un compañero de su tío. Jaime con 27 años, activo comunista nacido en Alcaracejos, estaba condenado a 20 años de cárcel y ya había cumplido seis. Como su tío le dijo que no tenía novio, se veían en el locutorio entre dos rejas y cuando salió de prisión con un indulto empezó a pretenderla. Fue un noviazgo fugaz, robado, ya que él se echó al monte y se unió a los maquis que operaban en la Sierra de Córdoba. Tras apenas seis meses de novios, cayó en una emboscada de la Guardia Civil y fue capturado. Al ser detenido acusado de ayudar a los rebeldes, en la comisaría de Córdoba y el Gobierno civil sufrió una mezcla de preguntas y palizas durante 36 días. Ingresó en prisión y posteriormente fue juzgado por la Ley militar y condenado a otros veinte años, esta vez sin posibilidad de indulto. Tras dos años en la cárcel de Córdoba, acabó en la Central de Burgos, de donde no salió hasta 1960.

Así las cosas, la vida de Josefa Patiño se transformó en una espera de casi 17 años, con una postal cada quince días y una visita anual a Burgos, porque su sueldo de criada no daba para más y hasta tenía que empeñar el abrigo para viajar. Fueron años de disimulos en los que Pepita contaba a todo el mundo que su marido trabajaba en Francia y acudía al penal con la angustia de que se descubrieran la falsa identidad de esposa que se veía obligada a adoptar para que la dejaran verlo.

Visitas en las que ella actuó durante algunos años como enlace entre su novio y los maquis de la Sierra de Córdoba, que aún permanecían activo. Pasaba mensajes y devolvía órdenes escritas en papel de fumar con letra diminuta, que intercambiaba escondidas en esas cajas que los presos hacían para que la familia sacara undinerillo rifándolas. Luego sacaba el papelito y con mucho sigilo lo depositaba en el sitio convenido. De este modo, se convirtió, sin estar afiliada, en el soporte fundamental de otros presos políticos y sus familiares, aportándoles también ropa y alimentos. En todos esos años, y tras su periplo carcelario en las prisiones franquistas de Córdoba, Burgos y Madrid, Pepita no dejó de seguir y esperar a Jaime.

Se quisieron casar por poderes, pero el capellán se negó si Jaime no renegaba de sus principios. Lo lograron a las pocas horas de salir él en libertad, gracias al indulto general que se dio por la muerte del papa Juan XXIII en 1960. Tras dos décadas de noviazgo presidiario, encontraron un cura al que no le importaba la condición política de Jaime ni sus ideas y les casó en Madrid. Al día siguiente, a las seis de la tarde, la pareja debía estar en Córdoba para presentarse en la comisaría. La vigilancia del régimen todavía duraría tiempo. Era un hombre deshecho a los 45 años, pero lleno de felicidad cuando por fin se vieron solos en Córdoba en su casa de La Fuensantilla. En 17 años sólo se habían dado tres besos y, encima, robados.

El cuerpo golpeado de Jaime sobrevivió únicamente 16 años en libertad. Nunca pudieron tener hijos. En 1976 murió víctima de un cáncer sin ver el nacimiento de la democracia o la legalización de su partido. Cuando esto sucedió, Pepita se sacó el carnet comunista para poder votar como él lo hubiera hecho. Y el día que legalizaron el PCE acudió con varios compañeros suyos a poner una corona de flores sobre su tumba.

Vivía en la residencia de ancianos de las Hermanas Hospitalarias de Jesús Nazareno, junto a la plaza del Cristo de los Faroles, cuando la conoció la escritora Dulce Chacón, que en 2002 publicó su historia y le inspiró el personaje central de la novela La voz dormida, un alegato contra la represión de la postguerra que venía a devolver la palabra y la dignidad arrebatadas a las mujeres del bando perdedor.

Por su historia de amor en 2012, María León recibió el Goya a la Mejor Actriz Revelación por su interpretación de Pepita Patiño en la película de Benito Zambrano La voz dormida. Cuando subió al escenario a recogerlo, se lo dedicó a "todas las Pepitas del mundo, por ser mujeres valientes, generosas, que han conseguido perdonar, pero no olvidar".

Pepita no se atrevió a ver la película porque ya había llorado todo lo que tenía que llorar, pero agradeció que se contara esta historia que, durante tantos años, vivió callada. Nacida en 1921, murió a los 91 años en agosto de 2015 tras sufrir una larga enfermedad.

Mujer valiente, de carne y hueso, no sólo fue una protagonista de una novela o de una película, sino una más de las muchas mujeres sin infancia ni juventud como consecuencia de una trágica guerra. En una de sus entrevistas dijo que "el miedo se acaba, lo que no se acaba es la vida, ni el recuerdo". "Todo fue por amor, no por política".

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