• Las asociaciones de vecinos llevan años protestando a causa del inexistente mantenimiento de estas 11 infraestructuras declaradas como Bien de Interés Cultural

Conservación del patrimonio

La vegetación devora los molinos del Guadalquivir en Córdoba

Molino de San Rafael semioculto por la capa vegetal. Molino de San Rafael semioculto por la capa vegetal.

Molino de San Rafael semioculto por la capa vegetal.

Miguel Ángel Salas

A lo largo del cauce del río Guadalquivir a su paso por la ciudad califal existe un inmenso patrimonio que todo cordobés conoce. La magnitud de los monumentos de la Mezquita-Catedral, el Puente Romano y su arco son un emblema histórico a nivel mundial. Pero el Paseo de la Ribera esconde muchos otros edificios que forman parte de la cultura y de la historia de Córdoba.

En concreto, sobre el río envejecen 11 molinos que comienzan en los alrededores del Puente Romano, con el de San Antonio, de Enmedio, de Pápalo y de la Albolafia, conectados por la azuda árabe de Culeb. Más adelante, junto al puente de San Rafael, se hallan los molinos de la Alegría, de San Rafael y de San Lorenzo, conectados por la azuda árabe de la Alhadra, y al lado del puente Abbás Ibn Firmás, el molino de Casillas. Más allá del casco urbano se ubican el molino de Martos y, cerca del Camino de Carbonell, se encuentran los molinos de Lope García y de Carbonell.

En total, son 11 infraestructuras que pasaron por distintas propiedades, desde católica tras la reconquista cristiana, hasta de bien público por el Ayuntamiento de Córdoba, pasando por ser propiedades privadas de empresarios que aprovechaban la buena localización e influencia del Guadalquivir para obtener beneficio de las instalaciones.

Casi todos estos inmuebles eran molinos harineros construidos durante los siglos XIII al XVI. En el siglo XIX, varios de estos edificios se convirtieron en pequeñas centrales hidroeléctricas. Fue entonces cuando las piedras de moler y los mazos de batanes de las antiguas aceñas fueron sustituidos por las grandes turbinas de hierro fundido. Actualmente, salvo el molino de la Alegría, hoy museo Paleobotánico de la ciudad, y el molino de Martos, actual museo Hidrológico, el resto no está en uso.

Molino de la Albolafia en los años 60. Molino de la Albolafia en los años 60.

Molino de la Albolafia en los años 60. / AMC

Esta inactividad ha provocado que muchos de ellos no mantenga un estado óptimo de conservación pese a ser declarados Bien de Interés Cultural (BIC) y Patrimonio Histórico Andaluz en junio de 2009. De hecho, así los define el BOJA: “Los molinos del Guadalquivir son unas construcciones de incalculable valor histórico y etnológico, una muestra importante de la arquitectura preindustrial que se encuentra inmersa en un entorno de gran valor paisajístico y cultural, caracterizado de manera especial el paisaje del río a su paso por la ciudad de Córdoba y confiriendo una gran relevancia en la memoria identificatoria de la misma”.

Uno de los molinos más castigados de los once es el de San Rafael, construido a mediados del siglo XIX por Lorenzo Basabru, que fue utilizado como fábrica de papel de 1810 a 1840 y transformada en fábrica harinera desde 1844. Su función fue similar a la del contiguo molino de San Lorenzo y desde mediados del siglo XIX ambas construcciones quedan unidas bajo la denominación única de molino de San Rafael. Cabe destacar que no fue un molino harinero, sino un molino para la fabricación de papel hasta el año 1913, y posteriormente fue adaptado a la producción de electricidad al ser vendido a la Compañía Mengemor.

Esta dejadez del patrimonio cordobés ha sido objetivo de quejas de los vecinos de la ciudad, que han mostrado durante años un papel fundamental en la conservación de los molinos y llevan reivindicando mucho tiempo que estos se mantengan en un estado óptimo de limpieza y cuidado de sus estructuras. No obstante, las asociaciones de vecinos se topan con la inexistencia de ayudas por parte de las administraciones.

Lourdes Martínez, de la Asociación de Vecinos de La Medina, es una de las principales defensoras de la limpieza de un Guadalquivir “que da asco porque sus limos acumulan mucha materia orgánica y la maleza y la arboleda están cubriendo toda la superficie”. Esta cordobesa apasionada por su ciudad denuncia que el Ayuntamiento de Córdoba solo responde cuando las asociaciones protestan, pero no muestra una periodicidad en el cuidado de los molinos, que es lo que permite que las infraestructuras se mantengan en buen estado con el paso de los años.

“Hacía tiempo que reivindicábamos la limpieza del río y nuestra propuesta se llegó a aprobar por unanimidad en 2020 en una moción que enviamos al Ayuntamiento. Sin embargo, a día de hoy, han hecho caso omiso a esta petición, pese a que tuvo total acogida por los partidos políticos sin importar la ideología”, explica Lourdes Martínez.

De hecho, en octubre de 2020, una tormenta destrozó una de las alcantarillas a la altura del molino de Martos y las aguas fecales salieron al río. Tras las peticiones de varias asociaciones hacia el Consistorio para que se encargara de la limpieza, este mandó personal a solucionar el problema, pero la actuación de limpieza fue “un paripé porque seguía todo igual de sucio”, protesta.

Panorámica molino del molino de San Antonio en el Guadalquivir en torno a los años 80. Panorámica molino del molino de San Antonio en el Guadalquivir en torno  a los años 80.

Panorámica molino del molino de San Antonio en el Guadalquivir en torno a los años 80. / Manuel Huertas

La Plataforma por Córdoba, también lleva reivindicando durante años que el Ayuntamiento lidere la restauración arquitectónica de los molinos del Guadalquivir, “no para darle un uso museístico concreto, ni para añadirle extraños volúmenes contemporáneos como se ha hecho con el molino de Martos, sino para recuperar el paisajismo histórico-patrimonial del río que es la postal universalmente reconocida de Córdoba”, indica el colectivo. 

Esta plataforma considera como principal problema que las administraciones derivan millones de euros para retirar lodos que luego vuelven a llenar el río en cuanto no se realizan actuaciones globales contra la erosión en toda la cuenca o para desmochar vegetación. “Sobre ese dinero no se ha mantenido un control ni se ha dedicado una miserable partida de esos desorbitados montantes a restaurar los molinos, y es por eso que insistimos en que el Ayuntamiento debe restaurar los edificios de los molinos, pero también debe actuar y conseguir la implicación de otras administraciones”, expone la plataforma.

Lo que afecta realmente es que existe una duda en relación a la responsabilidad sobre la conservación de estos edificios. Al ser considerados Bien de Interés Cultural, los molinos están dentro de los bienes patrimoniales que son competencia de la Junta de Andalucía. Sin embargo, la gestión está cedida al Ayuntamiento de Córdoba, como ocurre con los molinos de Martos, San Antonio y de la Alegría.

Por ello, a la hora de ajustar la responsabilidad para conservarlos, se crea un conflicto entre tres competencias. Por una parte está el Ayuntamiento, que gestiona los inmuebles a través del Instituto Municipal de Gestión Medioambiental (Ingema), la Junta que mantiene el patrimonio, y la Confederación Hidrográfica del Guadalquivir (CHG), que se encuentra transferida a la Junta. “La solución está en el acuerdo de todas estas instituciones y empresas y en saber conjugar la conservación del patrimonio monumental con el patrimonio natural”, admite Manuel Huertas, historiador que ha trabajado durante muchos años en el mantenimiento de la ribera.

Y es que, el principal problema que tiene el deterioro de los molinos se refleja en su río, que ya no mantiene la fuerza y el cauce de años atrás. La construcción de los puentes de Miraflores en 2003 y el puente de Abbás Ibn Firnás en 2011 han provocado que el río tenga menos drenaje, por lo que el caudal del Guadalquivir arrastra cada vez más limo que acaba formando islas en las cuales anidan las aves.

A este consenso a tres bandas, se le añaden, por tanto, las asociaciones ecologistas, que luchan porque no se altere el ecosistema de la fauna que habita en el río a partir de esas islas de limo que crean arboleda que no es autóctona. “Estos grupos ecologistas, bajo pretexto, alteran el curso del río provocando daños ambientales”, asegura Manuel Huertas.

Precisamente, los ecologistas se apoyan en que la zona entre ambos puentes, Miraflores y San Rafael, se considera Monumento Natural, y eso le concede una base legislativa protectora que impide variar el entorno. No obstante, el molino de San Rafael, uno de los más deteriorados, no entra dentro de tal jurisdicción, por lo que las administraciones locales tienen permitido actuar en su limpieza sin importar la vegetación del entorno.

Molino de San Rafael cubierto por la maleza. Molino de San Rafael cubierto por la maleza.

Molino de San Rafael cubierto por la maleza. / Juan Ayala

La arboleda creada por las isletas es la que ahoga a los molinos. Además, sobre ellos se crea una importante capa de vegetación que los ensucia y los deteriora. De hecho, la limpieza de estas estructuras es sencilla, pues apenas consta de retirar esa capa vegetal y de afianzar la estructura. Sin embargo, llevar una periodicidad sobre el mantenimiento conlleva gasto de personal mientras estos bienes de interés cultural no se explotan y no generan ningún beneficio económico.

Este importante patrimonio ha constituido durante siglos un elemento paisajístico de Córdoba y del Guadalquivir, llegando a potenciar su entorno natural. Incluso las paradas de los molinos han creado ecosistemas de aguas estancadas, islas y caudales rápidos donde se forman extensos cañaverales, sotos y bosques de galerías que albergan una gran diversidad de aves como el calamón, la focha común, la gallineta y una larga lista de especies.

Pese a ello, la administración local hasta ahora no ha apostado por la conservación de los molinos, una seña de identidad de la ciudad (tanto es así que incluso en el escudo de Córdoba aparece el de la Albolafia). Estas infraestructuras están fuera del programa turístico, pese a que son un valioso patrimonio y, mientras que los vecinos luchan por mantener viva su historia, algunos de ellos, como el de San Rafael, están siendo devorados por la naturaleza.

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