La sionización de Occidente
Tribuna universitaria
Occidente se ha rendido ante Israel. Políticos de derecha proclaman abiertamente su fascinación, mientras el mantenimiento de relaciones diplomáticas y carteras de compraventa de armamento demuestran la velada cercanía de otros llamados de izquierdas
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Occidente se ha rendido ante Israel. La fascinación ha cundido no solo entre políticos de derecha, que la proclaman abiertamente. El mantenimiento de relaciones diplomáticas, y a menudo —o por demasiado tiempo—, de abultadas carteras de compraventa de armamento con aquel país, demuestran la velada cercanía de otros llamados de izquierdas. Ello a pesar de la abierta voluntad genocida de sus dirigentes, cuyas víctimas, según algunos estudios, podrían contarse por cientos de miles en el actual proceso. Cabe pensar que semejante adscripción radica en la excepcionalidad democrática de Israel en su entorno (lo que no deja de constituir una macabra paradoja). Pero si diéramos por buena esta hipótesis —que es la que suele argüirse—, no se explicarían otros hechos también chocantes, como la buena sintonía que las democracias occidentales mantienen asimismo desde hace décadas con las monarquías feudales de la región. En estos casos, ese detalle acerca del régimen político parece que nunca importó.
La cuestión es que Israel constituye probablemente la expresión más depurada de las contradicciones límite de nuestro mundo. Régimen democrático, en efecto —aunque se halle en declive—, pero sustentado sobre una religión atávica, que afirma aún el principio de territorialidad ligado a un pueblo o una raza. Formalmente desde 2018, pero de hecho desde su fundación por despojo de la población árabe palestina en 1948, el Estado se basa en el principio de judeidad, étnica y religiosa, ligada, por tanto, a la "promesa" respecto a la "Tierra Prometida" tomada capciosamente del Antiguo Testamento. No obstante, la vinculación explícita de una religión a un pueblo o territorio determinado, que por esa razón se siente "elegido", fue superada hace más de dos mil años por el cristianismo, elemento vertebrador fundamental del mundo occidental.
Nos encontramos, pues, frente a un Estado nacido de forma artificial, arraigado, sin embargo, en una tradición territorializada ancestral. En efecto, gracias al proceso de limpieza étnica llevado a cabo por sus milicias en 1948, la nueva nación fue proclamada unilateralmente, contraviniendo así el plan previsto por las Naciones Unidas. Pero si el nuevo Estado se constituyó de forma artificial fue, sobre todo, porque respondía a los planes británicos de contar con influencia en Oriente Medio en un momento de declive de su imperio colonial, para lo cual había estimulado la inmigración judía masiva en el enclave desde los años veinte. La vinculación del nuevo Estado-nación con una raza determinada reforzó definitivamente sus fundamentos racistas, fenómeno que de ninguna manera había sido abolido con la guerra.
Resulta patente, pues, que los fines imperialistas de Israel se han ligado estrechamente a justificaciones de carácter religioso… se sea religioso o no. De hecho, como ha estudiado Anne Waeles, el nacionalismo laico se ha apropiado del discurso mesiánico —tergiversándolo— para "brindar un suplemento de legitimidad al proyecto [sionista]. […] Y ello pese al ateísmo de la mayoría de los pioneros del sionismo y pese a su desdén por los judíos religiosos". Así pues, atavismo creyente y ateísmo es otra de las combinaciones contradictorias del moderno Estado israelí, erigido a la vez sobre el fundamentalismo religioso y el nihilismo. Y digo nihilismo no porque no se crea en lo trascendente, sino por la abierta instrumentalización de un mensaje religioso para fines imperialistas y supremacistas.
El sionismo ha asimilado de hecho, sin problema alguno, dos formas de nihilismo esencial: la capitalista y la de nuestras democracias. En estas últimas, la justicia está conformada por aquello que responda a la voluntad de la mayoría. La ocupación del territorio palestino y la opresión de sus habitantes es ampliamente respaldada por la población y los partidos israelíes, incluidos los de izquierdas. Lo mismo ocurre con la guerra contra Irán. En el resto del espectro democrático del mundo se vota ampliamente a partidos de todo color que sostienen este estado de cosas. Es la voluntad popular la que crea las leyes, mientras que la justicia se remite a que se cumplan. Las leyes pueden deshumanizar —y de hecho normalmente lo hacen—, porque su fuente no son nuestras dimensiones humanas —a estas las da ya todo el mundo por extinguidas—, sino preferentemente nuestros intereses. Este es el nihilismo esencial, y capitalismo e imperialismo se le ajustan como un guante.
En definitiva, Israel constituye, por las razones expuestas, una combinación monstruosa de elementos dispares: sionismo y capitalismo; democracia como mera alternancia de poder; laicismo combinado con la religión del Talión, que ha perdido hasta su primitivo sentido de la proporción, ya que mueren miles de palestinos por un solo israelí. Los elementos que constituyen hoy el sionismo no cabe encajarlos de ninguna manera: todo es contradictorio.
Semejante amalgama solo puede sobrevivir a través de la violencia. Mientras Israel persigue su valorización a través de la conquista, desvaloriza ciegamente a sus víctimas. Podría decirse que este híbrido de racismo, imperialismo, fanatismo y nihilismo es el monstruo más singular de nuestro tiempo. Como suele ocurrir con lo monstruoso, es justo lo que nos fascina. Y no cabe duda de que ha fascinado a Occidente.
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