La niña de la calle Uceda, una contertulia de la generación del 98
Cordobeses en la historia
María Concepción Gutiérrez nació en la plaza del Ángel, pasó su juventud en Madrid y vivió en Galicia entre 1936 y 1939. De aquella tierra fue su compañero, de quien adoptó el seudónimo de Concha Lagos
MARÍA Concepción Gutiérrez de los Ríos y Muñoz Torreros abrió los ojos a la luz en la calle Uceda, junto a la Plaza del Escudo. Sucedía un 23 de enero de 1907, aunque sus biografías la consideran dos años menor, error que casi nunca se esforzó en corregir. Fue bautizada en San Nicolás de la Villa y cursó sus primeros estudios en Las Francesas hasta los 13 años, cuando su familia se trasladó a Madrid.
Instalados en El Escorial, la joven ingresa en la escuela de Idiomas Santo Domingo, donde estudia el antiguo Bachillerato y perfecciona sus estudios de francés, introduciéndose con placer en materias como Música o Filosofía y Letras. Mientras el siglo XX va alcanzando los convulsos años treinta, los viajes a su siempre añorado Sur comienzan a ser esporádicos y a algún que otro lugar, decisivos en su vida y su obra.
Así ocurrió con el que la llevó a Segovia y al encuentro con el que sería su marido y único compañero de su travesía sentimental, el arquitecto y fotógrafo gallego Mariano Lagos Carsis , de quién adoptó el seudónimo de Concha Lagos.
A mitad de los años treinta, tras el estallido del golpe de Estado, eligen la tierra de él como refugio. Los paisajes plomizos de Galicia, contrapunto del recuerdo azul del Sur, quizá consolidaran en su corazón esa perenne presencia de la tierra natal que le inspiró algún verso de El Cerco: "Mi infancia fue un prodigio de luces y horizontes/…regresaba a mi mundo/…bendiciendo la tierra de mis pasos primeros/ en ella frutos, soles, aromas y ¡la casa!".
Pasados los tres años fatídicos, regresan a Madrid y se instalan definitivamente en la Gran Vía. Corrían los años cincuenta. Su casa-estudio comienza a ser frecuentada por intelectuales y personajes del mundo de la cultura, mientras se consolida su posición y su vida lejos de una Córdoba que sigue presente en su obra: Cruzados nuestros caminos/ como barcos en el mar/ Tú siempre rumbo a tu norte/ yo, hacia mi Sur a soñar (Arroyo claro, 1958).
Su compañera de letras y amiga personal Juana Castro evoca su figura en aquel tiempo: "Mantenedora de un salón literario del siglo XVIII, como madame Recamier" recordando la presencia de escritores, algunos de ellos "en aquel tiempo de escasez económica" y cita a Gerardo Diego, Aleixandre, Ortega, Gómez de la Serna, Guillén, Valle Inclán, entre otros grandes, algunos de la generación del 98.
Los encuentros derivan en la Ágora de los viernes. La tertulia que daría título a la primera colección de poesía y a una revista literaria, que serían sus primeros trabajos como editora.
En 1954, había publicado el primer poemario, Balcón. Un año después aparece Al Sur del recuerdo al que siguen numerosas canciones y poemas para niños, quizá para los que nunca llegó a engendrar.
Mientras el siglo va alcanzando los años sesenta, se hacen más frecuentes las colaboraciones en el diario Ya o ABC y en revistas tan prestigiosas como CuadernosHispanoamericanos o Laestafetaliteraria, logrando ser la primera mujer incluida en la colección Cantalapiedra, con Lasoledaddesiempre.
En esta década su creación poética, como la luna y sus mareas -tan unidas al mundo femenino- sigue acariciando las orillas de su añorado sur, con vaivenes de intensa nostalgia. Quizá porque, como apunta María José Porro, "Concha Lagos presta su voz a los temas del Sur, de ese Sur del que nunca se llegó a alejar definitivamente. Con perfecto dominio del lenguaje, utiliza con mesura los recursos retóricos. Su lenguaje es exacto, cuidado, pudiendo descender a niveles coloquiales/… o remontar su vuelo a un vocabulario litúrgico-religioso…". Concha Lagos frecuenta los círculos intelectuales de Madrid mientras el grupo Cántico habita la ciudad de su niñez y la generación del 50 se mueve por otros territorios poéticos, no del todo ajenos a la poesía de esta cordobesa que no quedó, finalmente, adscrita a ninguno de los movimientos de su tiempo; aunque sí presente entre las antologías y reseñas de los críticos.
La Academia de Córdoba le guardó un lugar en su sede y la Junta de Andalucía la distinguió con la Medalla de Oro y el título de Hija Predilecta. Pero, hasta entonces, fueron dos mujeres, comprometidas en la igualdad entre sexos -María José Porro y Juana Castro- las que se han venido ocupando de mantener viva su presencia. En estos días, la primera de ellas organiza el seminario Concha Lagos en el panorama literario de su tiempo, auspiciado por la Diputación Provincial; la segunda, se ocupó de aliviar, con constantes visitas a la residencia madrileña de Las Rozas, la posible soledad que sintiera en los últimos días de una vida que se apagó sin tragedia ni dolor. En su Madrid de acogida murió, el 6 de septiembre de 2007.
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