Tribuna de opinión

Sin tiempo para contemplar

  • No volvamos a lo mismo, a las prisas, a las aglomeraciones, al consumo, al bullicio

Sin tiempo para contemplar Sin tiempo para contemplar

Sin tiempo para contemplar

En esta etapa de desconfinamiento de unas vacaciones largas y forzosas se respira en el ambiente la preparación de las vacaciones veraniegas, la playa. Parece que estamos cansados de descansar. Estoy leyendo un libro del filósofo Byung-Chun Han, La sociedad del cansancio, en la que hace un original análisis de los motivos de la fatiga del hombre del siglo XXI.

Hoy, día de la Santísima Trinidad, celebramos la vida contemplativa, cantada por Fray Luis de León: “¡Qué descansada vida / la del que huye del mundanal ruido, / y sigue la escondida senda, / por donde han ido / los pocos sabios que en el mundo han sido…” Jornada en la que recordamos a los monjes y monjas retirados voluntariamente del mundo para contemplar a Dios y rezar por nosotros. Para alcanzar la paz y la serenidad es necesario pararse, sosegarse, abrirnos a la ventana de la vida, del mundo. Observar y dejarnos mirar por el Creador. Leer en el libro de la creación y de nuestras vidas.

Hacernos las últimas preguntas que son las que nos hacen sabios. Descubrir en nosotros el rastro del Creador, la gran verdad, en palabras de San Josemaría: “No lo olvidéis: el que no se sabe hijo de Dios, desconoce su verdad más íntima, y carece en su actuación del dominio y del señorío propios de los que aman al Señor por encima de todas las cosas”.

Sin esa sabiduría que da la contemplación que nos muestra lo que somos, nuestra vida se deshumaniza, pierde el norte y nos encierra en un laberinto que, como el de Creta, solo se sacia devorando nuestras vidas, como el Minotauro. Solo en la contemplación de la verdad y de la belleza encontraremos esa descansada vida que tan pocos han logrado.

Dice Byung-Chun Han en su libro: “Los logros culturales de la humanidad, a los que pertenece la filosofía, se deben a una atención profunda y contemplativa… Esta es reemplazada por una forma de atención por completo distinta, la hiperatención…” perdemos el don de la escucha “que se basa justo en la capacidad de una profunda y contemplativa atención, a la cual el hiperactivo no tiene acceso”. Así aislados y desconectados de la realidad, perdido el sentido de lo trascendente, de Dios y de lo familiar, todo lo tenemos que hacer nosotros, todo es volátil, flotante. Esto tiene buena apariencia, es moderno, halaga al hombre, pero es causa de su cansancio. En realidad, lo que nos agota es estar haciendo siempre de Dios reconstruyéndolo todo.

Según nuestro autor, “la moderna pérdida de creencias, que afecta no solo a Dios o al más allá, sino también a la realidad misma, hace que la vida humana se convierta en algo totalmente efímero. Nunca ha sido tan efímera como ahora… Nada es constante y duradero. Ante esta falta de ser surgen el nerviosismo y la intranquilidad”.

Cómo contrasta esta triste actitud del hombre cansado con las palabras del Evangelio: “Tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”. No son las ideologías ateas las que salvan al hombre, las que hacen mejor la sociedad, tampoco nuestro mucho quehacer, el trabajo desnudo, horizontal, sin otro sentido que satisfacer nuestro ego y posibilitar los caprichos, lo que engrandece al hombre. Esto acaba produciendo hastío y aburrimiento.

“Ahora uno se explota a sí mismo figurándose que se está realizando; es la pérfida lógica del neoliberalismo que culmina en el síndrome del trabajador quemado”. “El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad”.

Esta sociedad del rendimiento no es una sociedad libre, somos esclavos de nosotros mismos, nos agotamos persiguiendo la eficacia, el continuo trabajo por conseguir más, por tener más, y gastar más produce un gran cansancio, acaba con almas quemadas, con hogares vacíos.

No deberíamos olvidar la enseñanza de la crisis del coronavirus. El tiempo dedicado a la familia, el bien que nos ha hecho reflexionar, rezar, contemplar. Enfoquemos el descanso como ocasión para crecer en humanidad, para leer, para querer a los nuestros dedicándoles nuestra atención y nuestra mirada, descubriremos muchos tesoros ocultos. No volvamos a lo mismo, a las prisas, a las aglomeraciones, al consumo, al bullicio ensordecedor que atonta y mata el pensamiento.

Seamos conscientes de lo precario de nuestra situación real, un pequeño virus ha detenido la marcha del mundo. Volvamos a Dios, cuidemos la contemplación, el esfuerzo por captar lo bueno y lo bello, lo verdadero. Demos al trabajo su sentido de colaborar en la gran obra de la Creación, de hacer que resplandezca. Por falta de sosiego caemos en la barbarie. En vez de gozar del mundo y descubrir todas sus virtualidades, nos creemos dioses y lo estropeamos, nos podemos agotar deambulando por oscuros laberintos que inventamos. Tiempo para admirar, contemplar, disfrutar.

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