Córdoba

Ingenio para combatir el hambre

  • Angelita la estraperlista. Hacía sus negocios en el entorno de la plaza de San Agustín y como muchas mujeres de la época llegó a ser detenida por la Brigadilla por comercio ilegal

Ingenio para combatir el hambre Ingenio para combatir el hambre

Ingenio para combatir el hambre

El término estraperlo es usado en España para referirse al comercio ilegal de bienes sometidos a algún tipo de impuesto o tasa por el Estado. Por extensión, es una actividad irregular o intriga de algún tipo y se usa como sinónimo de mercado negro. El origen de este acrónimo está en un escándalo político ocurrido durante la Segunda República Española, producido como consecuencia de la introducción de un juego de ruleta eléctrica de marca Straperlo, nombre derivado de Strauss, Perel y Lowann, apellidos holandeses de quienes promovieron el negocio sobornando en 1934 a altos cargos del Gobierno republicano.

En la década de los años 40 y hasta mediados de los 50 del pasado siglo, aunque abundaba la corrupción y el estraperlo en las alturas controlando el mercado negro a gran escala, la imagen popular del estraperlista, en Córdoba, solía corresponder con la de una mujer que ejercía el comercio ilegal y clandestino de artículos básicos de alimentación, arriesgándose seriamente condicionada por sus propias necesidades, en una época determinada por estrecheces y generalizadas hambrunas.

Angelita era una de las muchas mujeres que se dedicaban al estraperlo en Córdoba con venta callejera. Junto a otros tenían su radio de acción cerca del Pósito o cuartelá en el Arco Bajo de la Corredera. La Cordobesa, Encarna, Leoncio el Cojo, ellos vendían especialmente alimentos como pan blanco a cantos de Peñarroya o de avena, centeno y otros desechos; el Chaquetas, que con el achaque de vender ropa vieja tenía un trapicheo de tabaco con las famosas pastas de Gibraltar, y otros que vendían medicamentos como la penicilina, papel de fumar o tabaco verde, etc.

Angelita frecuentaba también la taberna de Pellejero, en el pintoresco barrio de San Agustín, al ser lugar de encuentro de comerciantes y vendedores y estar ubicada en una plaza de abastos hecha a base de puestos y tenderetes ambulantes en la calle Dormitorio, hoy calle Obispo López Criado. Era lugar de venta clandestina de alimentos en los años 40 hasta mediados de los 50. La taberna de Ramón el Pellejero se convirtió en una sucursal de una caja de ahorros, el mercadillo de tenderetes desapareció.

Angelita era una mujer bajita, regordeta, de mediana edad, guapa de cara y más viva que el hambre. Su oficio era vender alimentos a precios superiores a los sometidos por el control férreo de la Comisaría de Abastos, órgano que regulaba mediante los cupones de una cartilla de racionamiento personal la mayoría de las viandas necesarias cada día, como el pan, las legumbres, el aceite, café, harina, azúcar o jabón, entre otros.

La cartilla fue una normativa decretada a nivel estatal en 1936 y que estuvo vigente en las décadas de los años 40 hasta mediados de los 50 en toda España como consecuencia de la posguerra civil española y la II Guerra Mundial, con una enorme repercusión social por afectar a la totalidad de la población.

Los cordobeses, como el resto de los españoles, padecieron bastantes años una verdadera hambruna que trató de remediarse, en parte, por el racionamiento de los alimentos básicos. Funcionaba la distribución de alimentos mediante la asignación de un documento personal llamado cartilla de racionamiento, que mediante cupones y previo pago de los mismos se asignaba a cada ciudadano alimentos de primera necesidad. Era imposible adquirir de una forma legal cualquier alimento que no estuviera controlado por el Racionamiento, salvo que se acudiera al mercado negro. Con la necesidad, como siempre, apareció la picaresca. Madres y abuelas borraban con miga de pan los sellos que se colocaban como señal de haber entregado los alimentos y mandaban a las niñas más pequeñas otra vez a la cola.

Angelita fue detenida una vez por la Brigadilla, cuerpo semejante al de aduanas, con un saquillo de pan cuando venía en el tren de Almorchón, llamado también de la Sierra o ruta del estraperlo en la ciudad. Fue en el trayecto comprendido entre la carretera del Brillante y la barriada de Las Margaritas, lugar donde los traficantes lanzaban la mercancía a las vías y eran recogidas por un compinche antes de llegar a la estación de Cercadillas, donde estaba el depósito de trenes. Debido a su proximidad a la estación, los Olivos Borrachos tuvieron mucha fama en la época del estraperlo. Cuando los trenes hacían maniobras y pasaban junto a las casas que están muy cerca de las vías, había gente que se subía a los vagones para sustraer la carbonilla, que era muy útil en las cocinas en aquellos años de posguerra. Cercadillas estaba en el meollo de todo el estraperlo que entraba en Córdoba por vía férrea. Por la línea Madrid-Algeciras, que empezaba en Gibraltar.

Pasados los años, esta mujer contaba que fue descubierta por un miembro de la Brigadilla que se hacía pasar por mendigo viajando en el tren, con objeto de descubrir los productos de primera necesidad que las estraperlistas transportaban. Fue condenada a cárcel durante varios años por la ilegalidad de aquel acto para escarmiento propio y de sus compañeras. Algunas, asustadas, dejaron el negocio. Contaba Angelita llorando amargamente las vejaciones que tuvo que soportar en aquellos años de hambre, falta de libertad y sufrimiento.

El 1 de junio de 1952 desapareció un símbolo de la miseria de la posguerra en España, pues la cartilla de racionamiento dejó de tener vigencia.

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