Los miserables | Crítica Víctor Hugo, tan lejos, tan cerca

Una imagen de la película. Una imagen de la película.

Una imagen de la película. / D. S.

Definió bien Le Monde esta película como un encuentro entre Víctor Hugo y Spike Lee. Del primero tiene, además del título, el uso de un formato popular para denunciar una situación un mal que se da por sabido, irredimible e incluso necesario como daño colateral, pero cuya realidad cotidiana se desconoce o se finge desconocer. Era tan incómodo para la próspera sociedad francesa del Primer y el Segundo Imperio de Hugo dar presencia y visualizar estos submundos de pobreza, marginación y explotación -con la cohorte de violencia y delincuencia que inevitablemente le sigue- como lo es para mucho más próspera y socialmente igualada sociedad francesa de la V República y de Macron -que dijo haber llorado viendo esta película- afrontar la existencia de estos guetos urbanos que ninguna administración sea del signo político que sea logra redimir.

Las cosas han cambiado a mejor en cuanto a igualdad, derechos y extensión del bienestar. Pero también a peor, porque se hace difícil mantener el optimismo del Hugo que clamaba: "¡Educad la cabeza del hombre del pueblo y no tendréis que cortarla!". No sé si el director ha querido enfrentarse a este pesimismo al elegir el degradado y problemático escenario suburbial de Montfermeil no sólo por ser el departamento más pobre de la Francia metropolitana y no solo por ser él de allí, también porque allí situó Víctor Hugo el encuentro entre Valjean y Cosette. Remachando de paso que en casi dos siglos las cosas no han cambiado a mejor.

De Spike Lee no he visto tantos reflejos. Nada nuevo la fusión entre cine negro y cine social que se remonta a los tiempos de Los muelles de Nueva York de Von Sternberg allá por 1928. Y tampoco esto sería una novedad porque habría que retrotraerse a las ficciones sensacionales de vinculaban las tramas delictivas o violentas con sus causas sociales: no es casual que la protonovela policíaca Las aventuras de Caleb Williams (1794) se subtitulara La cosas como son y que su autor, William Godwin, fuera un activista político que antes había escrito un ensayo titulado Justicia política.

Otra imagen del filme. Otra imagen del filme.

Otra imagen del filme. / D. S.

Creo útil contextualizar esta película en una larga tradición porque, siendo en gran parte original por su inmersión en uno de esos barrios periféricos y marginales que parecen condenados a cerrarse sobre sí mismos sin posibilidad de cambiar, no es tan original como se ha dicho. Se integra en los llamados films de banlieue que en su etapa reciente tiene El odio (Kassovitz, 1995) como máximo exponente. Un caso de abuso policial desencadena una violenta respuesta. Obra coral, se polariza en un joven policía y la igualmente joven víctima.

El director, Ladj Ly, salido como Kim Chapiron y Romain Gavras del colectivo Kourtajmé apadrinado por el Vicent Cassel de El odio, conoce bien el territorio que ha habitado y filmado en documentales como 365 días en Clichy-Montfermeil. Por ello lo mejor de su película, su debut en el largometraje desarrollando un cortometraje anterior del mismo título, es su aspecto documental, su precisión al retratar un submundo que parece haber encontrado su estabilidad en una perversa forma de autogestión y supervivencia, en un indeseable equilibrio de poderes a uno y otro lado de una ley que allí es ficción o abuso. El desarrollo de la trama y el tratamiento de los personajes no está tan acertado, sobre todo en su segunda parte. Lo más difícil en el cine de ficción es soldar la realidad filmada con el realismo de la ficción. Pese a ello es una obra notable.

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