Profesor en Groenlandia | Crítica Tras las huellas de Nanook

Inevitable no pensar en Nanook, el esquimal (1922), aquel mítico y fundacional documental de Robert Flaherty, viendo este Profesor en Groenlandia cuyo título español tal vez puede llamar a engaño sobre su tono, que no es precisamente el de la comedia estereotipada sobre el choque de culturas y sí el de esas ficciones de perfil bajo empapadas de etnografía y respeto por la realidad filmada.

Hay por tanto aquí una rica y fluida hibridación entre documental y ficción, un interés sincero por esos inuit que viven en una pequeña localidad de apenas 80 vecinos en Groenlandia, por sus costumbres, su modo de vida, sus conflictos, sus relatos tradicionales, también por la manera en que estos han evolucionado en pleno siglo XXI, una vez que Dinamarca, país del que dependen administrativamente, ha intentado llevar hasta ellos los usos y modos de la sociedad occidental.

Es precisamente a través de la figura del profesor solitario (Anders Hvidegaard) cómo Samuel Collardey construye su relato de conocimiento paulatino del terreno y respeto por una cultura milenaria, pretexto ficcional, interpretado como en el resto de los casos por los lugareños convertidos en actores ocasionales, para plantear de manera episódica, didáctica y humanista los asuntos de una pequeña comunidad en la que adultos, niños y ancianos se enfrentan al eterno dilema de la tradición frente a la modernidad, a la idea de la educación y la trasmisión de valores y costumbres, a la relación primitiva y esencial con la imponente naturaleza y los animales, también a la muerte y el destino.