Maya | Crítica El agua no corre dos veces por el mismo río

Resuena en el nuevo filme de Mia Hansen-Løve (Todo está perdonado, El padre de mis hijos, Un amor de juventud, El porvenir) el espíritu lejano de aquel Río de Renoir, una elusiva historia de enamoramiento fraguada desde la mirada extranjera a ese paraíso, ya bastante corrompido, que es la India, su cultura y su paisaje siempre al borde del síndrome stendhaliano.

Hansen-Løve resitúa el foco de aquella infatuación adolescente por el hombre adulto en un presente en el que resuenan el terrorismo islamista, los secuestros y asesinatos de periodistas y esa necesidad de vivir en el epicentro de la acción que, a la postre, aparta a nuestro protagonista, un reportero de guerra francés que acaba de vivir una experiencia traumática en Siria, de todas esas sutiles llamadas del amor y la belleza que se interponen en su camino de recuperación.

La Maya postadolescente (Aarshi Banerjee) que da título al film aparece así en los márgenes de su historia como ese delicado objeto que simboliza un mundo arcádico y hedonista al que Gabriel (Roman Kolinka) se resiste, el foco idealizado de una vida alejada de la tensión occidental que llama con insistencia a una sensibilidad encallecida.

No elude el filme la desmitificación de ese paraíso, aunque para ello la guionista tenga que sacarse de la manga escenas algo risibles y toscas entre adultos desencantados, especuladores inmobiliarios y extorsionadores nocturnos que también han corrompido el idílico refugio de los nuevos hippies del siglo XXI.

Lo mejor de Maya emerge siempre en las escenas y gestos de transición, en el corte seco del plano que nos traslada, sin más, de París a Goa, en la secuencia del viaje por la India fundido con el mapa y el eco de un lieder, en esas pequeñas e inesperadas bifurcaciones del relato que se liberan del núcleo para acompañar a la madre del periodista: pequeñas fugas que agujerean el explícito y en ocasiones mal dialogado tejido narrativo. También, por qué no celebrarlo, ese tramo final hilvanado por una canción de Nick Cave que encabalga despedidas y reinicios, el tono de la intimidad compartida con el regreso al campo de batalla.