Estaba en casa, pero... | Crítica El misterio de las cosas

Entre citas y referencias a Ozu (el propio título) o Bresson (el asno balthazariano que aparece en el prólogo y el epílogo del filme, la esencial depuración del plano o cierto estilo interpretativo neutro), la novena película de la alemana Angela Schanelec (Marseille, Orly, Der traumhafte Weg), una de las voces más singulares de aquella Escuela de Berlín hoy atomizada en sus autores de cabecera (Arslan, Petzold, Grisebach), propone un reto a su espectador para descifrar las claves, interrogantes y huecos que componen y rellenan su narrativa fragmentaria y elíptica en torno a una mujer y madre (Maren Eggert, habitual de la cineasta) enfrentada a una nueva vida tras la muerte de su marido y la fuga y la reaparición de su hijo.

Eso lo sabremos o deduciremos mucho más adelante, al fin y al cabo la estructura de este filme tan hermoso y puro en su superficie como críptico en su contenido se mueve entre escenarios aislados y deslavazados que van construyendo poco a poco su aliento poético y simbólico, su tempo y su juego teatral sobre (la inversión de) los roles familiares, la infancia desamparada, la incomunicación a través del lenguaje, el papel del arte, la crisis femenina, la maternidad o la fuerza del amor como temas que atraviesan estos cuadros otoñales berlineses tocados por notas y destellos de color en los que la naturaleza aparece también como arcadia y espacio de referencias pictóricas.

Estaba en casa, pero… observa con calculada y distante estilización (el encuadre: el universo) ese proceso de conversión del duelo, la angustia y los gestos de la vida cotidiana en escenarios para la representación, para el humor incluso, aunque no sea éste precisamente el fuerte de Schanelec. Las referencias shakespearianas, volcadas aquí hacia los niños que interpretan Hamlet y se coronan como reyes, o las conversaciones sobre la propia condición especular del drama, basculan entre imágenes de hermosa elocuencia figurativa (una madre sosteniendo a su hijo) y episodios recurrentes (la compra-venta de una bicicleta de segunda mano) en los que se detiene o atasca la vida misma. Las respuestas, en cada mirada.