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Crítica 'Sparrows'

Vómito nórdico

sparrows. Drama, Croacia-Dinamarca-Islandia, 2015, 99 min. Dirección y guión: Rúnar Rúnarsson. Fotografía: Sophia Olsson. Música: Kjartan Sveinsson. Intérpretes: Ingvar E. Sigurdsson, Rade Serbedzija, Atli Óskar Fjalarsson y Rakel Björk Björnsdóttir.

O mienten las estadísticas o el cine. Porque es difícilmente comprensible que los países nórdicos, con los mayores niveles de calidad de vida y por ello los modelos que todos quieren seguir, lleven décadas vomitando tristeza, nihilismo y desesperación sobre el resto de los pobrecitos mortales que están a mucha distancia de sus envidiables situaciones. Dicen que el clima y el puritanismo luterano tienen que ver con esto. Pero hay que insistir en que las estadísticas lo desmienten. Según las últimas Islandia, de donde esta película nos llega (con apoyos daneses y croatas en la producción: ¡alegría!), es uno de los 10 países con mayor calidad de vida del mundo y cuando a los islandeses se les pregunta sobre su nivel de satisfacción general con la vida dan un 7,5 que los sitúa por encima de la media europea.

Será que no les han preguntado al niño y al papá de esta película. El joven está desubicado, perdido, atormentado. El papá está amargado y bebe como una esponja. Ambos viven, o como se le llame al destrozo cotidiano que se hacen, en una remota región desolada de la que el joven había logrado huir pero a la que debe regresar bajo la tutela de su etílico progenitor, con el que no tenía contacto desde hacía años (porque los papás se habían divorciado con mal rollo, claro). La reducida comunidad -en la que las señoras maduras tienen una peculiar forma de dar el pésame a los jovencitos cuando se les muere la abuelita- está dividida entre adultos amargados que le dan al frasco y jóvenes amargados que, además de al frasco, le atizan a las pastillas. ¿Quién da más?

Sparrows es tan triste y tan lenta que se comprende que le dieran la Concha de Oro en San Sebastián. Tiene buenas interpretaciones, una severa fotografía, un aire de seriedad y profundidad. Pero todo huele a impostura. Hay culturas, como la nuestra, que han cultivado el tópico de la alegría y la grasia, y otras, como las nórdicas, que cultivan el de la tristeza y el desgarro. Igualmente falsos ambos, aunque el ceño fruncido y la mirada dolorida de los segundos les haga parecer más sinceros.

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