Monumental catástrofe ganadera

Fria de San Isidro | Decimoctavo festejo del abono

Una vez más se dio que una tarde de expectación derivase a una de decepción

Sólo el segundo toro de Juan Ortega colaboró de alguna manera con el torero

El diestro Juan Ortega en su faena durante la corrida de la Feria de San Isidro
El diestro Juan Ortega en su faena durante la corrida de la Feria de San Isidro / Kiko Huesca / Efe
Luis Carlos Peris

27 de mayo 2022 - 08:37

Corrida de expectación que, como en tantas y tantas tardes, derivó a tarde de decepción por culpa de la catástrofe que resultó ser el envío de Juan Pedro Domecq. Una corrida magníficamente presentada, incluso digamos que desmesuradamente presentada para proceder de donde procede, pero que no mostró una sola gota de bravura a excepción del quinto, que era, curiosamente, el de peores hechuras y con el que Juan Ortega pudo mostrar algo de su indudable calidad.

La historia está plagada de repeticiones y cuando vimos este cartel y en este día se nos vino a la sesera algo que ya ocurrió. Era 26 de mayo de 1967 y se anunciaba en Las Ventas un cartel absolutamente sevillano, justamente como el de ayer. Y la pregunta que nos hacíamos era si esto saldría con el brillo que salió aquello. Y es que aquello de hace la friolera de cincuenta y cinco años fue memorable. Se anunciaba una corrida de Benítez Cubero para Diego Puerta, Curro Romero y Paco Camino. Como adobo picante se daba que Curro, el día anterior, se había negado a matar un toro de Cortijoliva porque parecía estar toreado. Curro pasó la noche en el estaribé, pero se vistió de luces y formó un lío junto a Diego y a Paco. Los tres a hombros por la calle de Alcalá y la pregunta era si los toros de Juan Pedro posibilitarían que Morante, Ortega y Aguado rememorasen aquella apoteosis sevillana.

La corrida de Juan Pedro Domecq lució una gran presentación sin gota de bravuraLa tarde fue cayendo según salía un manso tras otro, provocando la ira de Las Ventas

Y la pregunta empezó a encontrar respuesta según iban saliendo toros, racheaba el viento y los rostros de los toreros iban desencajándose. Hay que ver cómo cambian las cosas y cómo una tarde tan ilusionante va de una decepción a otra sin solución de continuidad. Con decir que ese mago de la tauromaquia que es Morante no encontró opción en ningún momento. No sé si puede decirse dentro de un contexto tan claramente negativo como fueron los juampedros, pero de todo lo malo, fue el lote del orfebre cigarrero lo peor de cuanto apareció. Ni siquiera tuvo opción con el capote y ya es raro, pues este torero siempre encuentra toro con el percal. Desilusionándose paulatinamente, en ambos toros hubo de abreviar y el público se enfadó, pero no mucho, ya que las iras del iracundo público venteño ya tenía su diana, el ganadero.

Juan Ortega anda en un bucle peligroso y esta corrida era uno de esos cartuchos que no se pueden desperdiciar. La temporada no le va boyante al trianero y tenía al lote de Juan Pedro entre ceja y ceja para cambiar el duro. Y él, que tiene el duro, estuvo a punto de cambiarlo en el único toro que medio pareció bravo. Fue en el quinto y el dicho viejo de que no hay quinto malo sobrevoló en la vertical de nuestros deseos. Y Juan, que había encandilado con unas verónicas soberbias a su primero creyó encontrar su asidero en Sabalero, su segundo toro. Brindó a Agustín Díaz Yanes y fue metiéndolo en el canasto con ese temple que guarda en su muleta. Quiso y hasta pudo en ocasiones para una labor de más pinceladas que redondeces y una serie al natural estuvo a punto de justificar toda una tarde, pero cuando el toro parecía servirle, dejó de transmitir sensación de nada, matándolo de una gran estocada.

Pablo Aguado también se estrelló en esa especie de muro de las lamentaciones que fue el envío ganadero. Casi como su compañero Ortega, él tampoco lleva la temporada como todos los que creemos en él desearíamos. Saludó a su primero con verónicas marca de la casa, pero cuando se llega al último tercio, el toro deja ver su falta de clase. Pablo insiste, pero el pozo está seco, por el izquierdo también resulta imposible y a matar se ha dicho. En el que cierra plaza y con los tendidos hechos un clamor contra el ganadero está muy por encima de Loquillo, que así se llamaba el angelito. Y eso es todo lo que dio de sí uno de los carteles que más expectación habían levantado y que Sevilla esperaba deseando un revival de aquel 26 de mayo de 1967, pero no pudo ser, nuestro gozo fue a parar a un pozo sin fondo.

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