El almendro que enseñó a un dron a regar: así trabaja la ciencia cordobesa contra futuras sequías

Un equipo de investigadores del CSIC ha dedicado cuatro años a medir cuánta agua necesita cada almendro de una finca. Para ello han utilizado un láser capaz de analizar los árboles con precisión.

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El CSIC dedica cuatro años a medir, uno por uno, cuánta agua necesita cada almendro / CSIC

Hay una finca de almendros a las afueras de Córdoba donde, durante cuatro años, un dron ha sobrevolado las copas con una misión que habría parecido de ciencia ficción hace apenas una década: escanear cada árbol con un rayo láser y construir su retrato en tres dimensiones. No para tomar fotos bonitas. Para saber exactamente cuánta agua necesita cada uno. El lugar se llama Cortijo La Reina. Los protagonistas son un equipo de investigadores del Instituto de Agricultura Sostenible del CSIC, con sede en Córdoba. Y el resultado de ese trabajo acaba de publicarse en Scientia Horticulturae, una de las revistas científicas de referencia en horticultura: la primera demostración en una explotación comercial real de que repartir el agua según el tamaño real de cada almendro puede aumentar la productividad sin gastar ni un litro más.

Para entender de qué va la investigación hay que entender primero cómo funciona el riego en la mayoría de las explotaciones de almendro. La respuesta es sencilla: todos los árboles reciben la misma cantidad de agua, independientemente de si son grandes o pequeños, jóvenes o viejos, si producen mucho o poco. El problema es que los árboles no son iguales. Dentro de una misma parcela conviven almendros de distintas variedades, injertados sobre diferentes patrones, con edades distintas y estructuras muy diferentes. Y cada uno de ellos necesita una cantidad de agua diferente.

"Es como intentar vestir a un grupo de personas con la misma talla de ropa: algunos quedarán apretados y a otros les quedará grande. Con el agua pasa lo mismo", explica Rafael Orozco Morán, ingeniero agrónomo e investigador predoctoral del IAS-CSIC. La consecuencia de ignorar esa variabilidad es doble: los árboles grandes, los más productivos, reciben menos agua de la que necesitan y rinden por debajo de su potencial. Los pequeños reciben más de la que pueden aprovechar. Se pierde agua. Y se pierde cosecha.

Un láser que dibuja cada árbol

La solución que proponen los investigadores del CSIC pasa por una tecnología llamada LiDAR: un sensor que emite pulsos de luz láser y, midiendo el tiempo que tardan en rebotar, reconstruye en tres dimensiones la forma exacta de cada árbol. Montado en un dron, el LiDAR puede escanear un huerto entero en cuestión de horas y generar una nube de puntos con miles de datos por árbol: su volumen, su altura y, sobre todo, su ground cover, la sombra que proyecta sobre el suelo.

Así escanea el Instituto de Agricultura Sostenible del CSIC los árboles con su tecnología LiDAR

Ese último parámetro es el que manda. Cuanto más grande es la copa de un árbol, más superficie de evaporación tiene y más agua necesita. Y el LiDAR lo mide con precisión milimétrica. A partir de esos datos, los investigadores clasificaron los almendros de Cortijo La Reina en diez grupos según su tamaño real y calcularon para cada uno la dosis de riego óptima. La finca se equipó además con estaciones meteorológicas y sensores capaces de medir el nivel de estrés hídrico de cada árbol, lo que permitió afinar aún más el modelo.

Los resultados del estudio son contundentes. Comparando el método tradicional -regar todos los árboles con la misma dosis promedio- con el modelo que tiene en cuenta la variabilidad real, los investigadores demostraron que el primero infrarriego sistemáticamente a los árboles grandes y sobrerriga a los pequeños. El artículo lo describe como "ineficiencias espaciales" que el ojo humano no puede ver, pero que el LiDAR sí detecta.

Lo más llamativo es que corregir ese desequilibrio no requiere más agua: solo redistribuirla mejor. La productividad marginal (los kilos de almendra obtenidos por cada metro cúbico aplicado) mejora sensiblemente en el modelo basado en variabilidad real, y se mantiene en un rango de riego más amplio. En otras palabras, el mismo presupuesto hídrico da más cosecha.

Rafael Orozco Morán, el ingeniero agrónomo cuya tesis doctoral está detrás de este trabajo, lo resume con claridad: "Analizando la variabilidad dentro de cada sector, es posible establecer dosis de riego óptimas para cada uno de ellos y redistribuir el agua disponible de la mejor forma".

Ciencia que sale del laboratorio y entra en el campo

Lo que distingue a este estudio de muchos otros en su campo es que no se ha hecho en una parcela experimental con condiciones controladas. Se ha hecho en Cortijo La Reina, con las mismas dificultades que afronta cualquier agricultor: suelos desiguales, árboles de diferentes edades, un sistema de riego convencional y la presión de que la finca tiene que seguir produciendo mientras dura el experimento.

"Queríamos demostrar que es posible hacer ciencia de calidad en fincas comerciales, enfrentándonos a los mismos problemas que se encuentran los agricultores en el día a día", explica Orozco. La colaboración con la empresa propietaria de la finca ha sido, en ese sentido, tan importante como la tecnología misma.

Las metodologías desarrolladas en Cortijo La Reina ya se están aplicando en otras explotaciones andaluzas dentro de proyectos como Smart Almond y el proyecto IRIS2 del Plan Sequía de la Junta de Andalucía. José Antonio Jiménez Berni, director del AgroPhenoLab del IAS-CSIC, subraya que estas herramientas "identifican oportunidades reales para optimizar el riego incluso antes de adoptar tecnologías de riego variable".

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