Notas al margen
David Fernández
Los europeos no sabemos ni qué decir
Hasta 1956 nadie había fotografiado toda España desde el aire, ese año Franco y el líder del mundo libre firmaban unos acuerdos que supusieron la normalización de la dictadura por su condición anticomunista, la construcción de las bases de Morón y Rota, la renovación económica después de una autarquía que provocó más hambre que la Guerra Civil y el vuelo de la Army Map Service para cartografiar el país. Los aviones norteamericanos sacaron 60.000 fotografías que se pueden consultar en muchos fondos –los de la Junta, por ejemplo–, y Estados Unidos esperó, pacientemente, dos décadas a que el dictador muriese para apoyar una Transición democrática que vigiló para que no ocurriera como en el Portugal de la Revolución de los Claveles.
El conocido como vuelo americano ha sido invocado hace unas semanas por el director de Costas de la Demarcación Atlántica de Andalucía para demostrar que la playa de los Caños de Meca, entre Barbate y Trafalgar, no es más que una playa mareal, que se pierde y se gana según las mareas, y como prueba de cargo ha mostrado las fotografías que en su día hicieron los americanos en 1956. Lo hace en una respuesta a varios diputados que sostenían que la pérdida de la playa de los Caños se debía a factores no naturales y solicitaban, por ello, más arena. En la respuesta del Gobierno se da cuenta de que la única alteración que ha sufrido la playa es la construcción de algunas casas sobre el acantilado y la instalación de chiringuitos permanentes, que es en sí mismo un oxímoron. Costas se ha cansado de echarle la arena que los temporales se lleva cada año y que, además, sepulta un rico arrecife de rocas, pargos y pulpos.
El mismo vuelo americano se invoca en un estudio final de carrera de Ingeniería para medir el impacto que ha tenido la construcción del espigón Juan Carlos I, el del muelle de Huelva, sobre las playas cercanas, entre ellas, la de Matalascañas y, en efecto, la infraestructura ha contribuido a una regresión de los arenales y a un avance del mar, aunque el efecto decae a medida que se distancia del puerto. Matalascañas no sólo pierde su playa por ello, los restos de una vieja torre de vigilancia de piratas, esa roca conocida como el Tapón, ya indican dónde se situaba la costa hace tres siglos, pero lo que es indudable es que la construcción de otros espigones para dominar el mar terminará por causar alteraciones anexas. Lo que hagan, háganlo con más cuidado, y échenle un vistazo al vuelo americano antes de seguir toqueteando la costa, porque se le caerán las lágrimas por los paraísos perdidos.
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