La esquina
José Aguilar
Óscar Puente no está para Adamuz
El ministro de Transportes, Óscar Puente, ha dado la cara sobre la tragedia de Adamuz, de la que lo único positivo que hemos sacado es que los servidores públicos dan la talla hasta en las crisis más graves y, sobre todo, que los auténticos héroes son los anónimos, la gente de a pie que se echa al campo a socorrer a quien ha sido derribado por la desgracia y no puede levantarse.
El problema de Puente es el personaje que se ha construido él mismo desde que Pedro Sánchez lo ungiera como látigo restallante contra la derecha (creo que fue en la investidura fallida de Núñez Feijóo, en 2023) y le diera como recompensa el ministerio en el que vivaqueaban Ábalos y Koldo y gracias al cual mejoraba notablemente su nivel de vida Cerdán Santos. Los dos primeros están en la cárcel y el otro ya estuvo.
¿Qué personaje? Un maestro de la crispación y el insulto, un artista de la dialéctica más incisiva y polarizadora, un ministro con mayor dedicación a los tuits virulentos que a la gestión del ministerio más inversor del Estado. Cuando la situación le exige conducirse con institucionalidad, humildad y mesura, simplemente, no le sale.
Y la gente no le cree. No confía en él. Si en el primer momento del terrible accidente habla de “suceso extraño”, se recuerda que ya había responsabilizado de otro suceso ferroviario a los rumanos que robaban cobre sin que la investigación posterior justificara la acusación. Si hace insinuaciones veladas de sabotaje en Adamuz, se transparenta su condición de hooligan del Líder que lo puso donde está, incapaz de admitir que haya hecho algo mal. Si pone en duda que la rotura de la vía férrea en el lugar del choque sea la causa del mismo, porque fue reparada en mayo y se somete a inspecciones permanentes, cuando las investigaciones avalan la hipótesis, se consagra su vocación de evasor de responsabilidades. Si a las constantes averías y retrasos de toda clase de trenes responde con aquel “Estamos en el mejor momento de la historia del tren en nuestro país” y desoye los constantes avisos de los maquinistas sobre las carencias de control y mantenimiento de la red, el ciudadano deduce que está siendo un gestor deficiente. Lenguaraz y ocurrente, pero deficiente. Si se descubre que hubo un fallo grave de comunicación sobre el segundo tren (Alvia) a cargo de la empresa pública Adif y Óscar Puente se queda tan tranquilo, la gente desconfía de su ilustre persona.
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