La ciudad y los días
Carlos Colón
Unos pocos, siempre unos pocos
La otra tarde me topé en la tele con la La Vida de Brian, del grupo de comediantes Monty Python, genial elenco de actores y guionistas que, sin gran fundamento, suelo referir entre los artistas desconocidos que eclosionaron en el Fringe, el Festival estival de Edimburgo (entre ellos, Mr. Bean, Robin Williams y Emma Thompson). La vi por primera vez donde se podía ver, en un cine. Fue en una sesión de tarde, diría que era primavera, con otros dos desertores de la facultad, en el que fue un negocio pionero de los multicines o multicentros, que así se los llamaba, aunque tuvieran sólo dos o tres salas. Salvo por nosotros, apenas mayores de edad, el sitio estaba vacío, lo cual no hizo escandaloso que alguno se revolcara por el pasillo lateral enmoquetado en verde, preso de convulsiones abdominales y síncope de carcajadas.
Tiernos niñatos. Correría 1982, dos años después de su estreno en Estados Unidos y Londres. Un decalaje natural de las películas extranjeras hasta que llegaban, ya dobladas, a provincias en España. Contemporáneamente, se pudo comprar en las tiendas de discos el primer LP de Police, Outlandos D’Amour; qué canciones, So Lonely y Roxanne. Modernas por romper con lo establecido. Quedaban un par de décadas para que emergiera lo de “disruptivo”, que viene a ser revolucionario vestido de MBA. La Vida de Brian, como no poco del arte que de verdad fue moderno, es hoy un clásico. En una escena de inconmensurable modernidad, un grupo de la resistencia judía al imperialismo romano debate desquiciadamente su estrategia paramilitar. En una sesión matinal infantil del coliseo, en cuyo intermedio los operarios recogen despojos humanos del acto previo.
Uno de los activistas puntualiza “o mujer”, “y ella” cada vez que sus correligionarios hablan de los derechos de “todo hombre” o “él”. Azorado, confiesa que él se siente mujer. Pide que la llamen Loreta, y declara querer ser madre. Debatiendo sobre el hecho de tener o no matriz para ser madre, acaban por reconocer tal derecho, y culpan al opresor por conculcárselo. Hoy, ese cachondeo resulta no sólo moderno o visionario (47 años ha), sino incómodo por incorrecto.
Me acordé frente a la tele del movimiento therian en curso. Una soberana chorrada narcisista. Nada que ver con el derecho a parir habiendo nacido hombre, por Dios.
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